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Lecturas recomendadas

El Vaticano, la Unión Europea y América Latina ante la tragedia del pueblo cubano

El Pueblo cubano necesita verdaderos amigos, firmes y valientes defendiendo la libertad y la justicia.

José Daniel Ferrer, líder opositor, ex preso político cubano:

El sentido más profundo de la misión profética de la Iglesia es, no bendecir el orden injusto, sino iluminarlo, cuestionarlo y, cuando sea necesario, denunciarlo con valor.

La tragedia cubana ha llegado a un punto en que el silencio internacional ya no puede ser presentado como prudencia diplomática. La miseria creciente, la represión política, la existencia de presos de conciencia que sobrevivenen condiciones infernales, la falta de alimentos, medicinas y libertades básicas, obligan a una definición moral clara. La Unión Europea, el Vaticano, la Iglesia Católica en Cuba y los gobiernos democráticos de América Latina, deben decidir de qué lado quieren estar: del lado de un pueblo empobrecido y reprimido, o del lado de una dictadura que ha convertido la necesidad humana en instrumento de control político.

Cuba no necesita discursos ambiguos ni fórmulas diplomáticas vacías. Cuba necesita apoyo efectivo a su democratización, libertad inmediata para los presos políticos y ayuda humanitaria entregada directamente a la población necesitada, sin pasar por las manos corruptas del régimen comunista.

A Jesús no se le hubiera ocurrido multiplicar los panes y los peces para entregárselos a Herodes o a Pilato, con la esperanza ingenua de que ellos los repartieran justamente entre los hambrientos. El Evangelio no muestra a Cristo confiando la compasión al poder opresor. Lo muestra tocando directamente al enfermo, defendiendo al humillado, alimentando al hambriento, denunciando la hipocresía y poniéndose del lado de las víctimas.

Ese es el sentido más profundo de la misión profética de la Iglesia: no bendecir el orden injusto, sino iluminarlo, cuestionarlo y, cuando sea necesario, denunciarlo con valor. Al referirse a Herodes, Jesús dijo: “Vayan y díganle a ese zorro”. Esa frase conserva una fuerza moral inmensa. No fue una expresión de odio, sino de claridad profética frente a un poder astuto, represivo y corruptor.

Los profetas bíblicos tampoco fueron diplomáticos complacientes del poder. Fueron perseguidos, encarcelados, calumniados y asesinados porque hablaron en nombre de la verdad. Denunciaron al rey injusto, al juez corrupto, al rico indiferente y al sacerdote cómplice. Su fidelidad a Dios se expresó en la defensa de los pobres, de los cautivos, de los oprimidos y de los inocentes.

Por eso resulta tan grave que, ante una dictadura como la cubana, algunos gobiernos europeos repitan que “reclaman en privado” el respeto a los derechos humanos. Esa fórmula, después de décadas de brutal represión, suena cada vez más a excusa.

Reclamarle en privado al régimen castrocomunista por sus crímenes sería como llamarle la atención en voz baja a Al Capone por sus asesinatos, sus extorsiones y sus redes criminales, sin ejercer presión real, sin sanciones, sin denuncia pública y sin ponerse al lado de las víctimas.

Las tiranías se burlan de esos diálogos secretos. Los utilizan para ganar tiempo, dividir a sus críticos, lavar su imagen internacional y seguir reprimiendo. El pueblo cubano no ve los frutos de esas conversaciones privadas. Lo que ve son cárceles llenas, familias desesperadas, niños sin leche, ancianos sin medicinas, hospitales en crisis, apagones interminables, salarios miserables y una élite gobernante que conserva todo tipo de privilegios mientras exige sacrificios al resto de la nación.

La Unión Europea debe revisar con seriedad su política hacia Cuba. No basta con hablar de “diálogo y cooperación”. El diálogo con una dictadura que encarcela, golpea, destierra y mata lentamente a sus opositores solo tiene sentido si produce resultados concretos: liberación de presos políticos, respeto a las libertades fundamentales, reconocimiento de la sociedad civil independiente y mecanismos transparentes para la entrada de ayuda humanitaria.

El Vaticano y la Iglesia Católica en Cuba, por su parte, tienen una autoridad moral que no puede reducirse a la prudencia institucional. La prudencia cristiana no puede ser complicidad y cobardía. La caridad cristiana no puede convertirse en complicidad administrativa con el opresor. La Iglesia está llamada a consolar a las víctimas, pero también a defenderlas; a alimentar al hambriento, pero también a denunciar las estructuras que fabrican hambre; a visitar al preso, pero también a exigir justicia para quien fue encarcelado por reclamar libertad.

Los gobiernos latinoamericanos también tienen una responsabilidad histórica. América Latina no puede seguir tolerando que, en nombre de ideologías fracasadas, se justifique la opresión del pueblo cubano. Ningún gobierno verdaderamente democrático debería callar ante la existencia de presos políticos en Cuba. Ningún presidente que hable de justicia social debería mirar hacia otro lado mientras una sádica dictadura empobrece a todo un país y luego culpa a otros de sus graves errores.

La ayuda humanitaria debe llegar directamente a parroquias, organizaciones independientes, redes comunitarias confiables, familias vulnerables, ancianos, madres, niños y presos. Debe ser supervisada por organismos internacionales, iglesias y entidades de la sociedad civil no subordinadas al régimen. Entregarla sin control al régimen equivale a poner los alimentos y las medicinas en manos del mismo aparato que utiliza el hambre, el miedo y la dependencia como herramientas de dominación.

Cuba necesita verdadera solidaridad. Pide que el mundo democrático no financie, legitime ni normalice relaciones con sus verdugos. Pide que se escuche a las víctimas antes que a los victimarios. Pide que los presos políticos no sean usados como mercancia. Pide que la Iglesia recuerde que su lugar natural está junto al crucificado de la historia, no junto a los palacios de quienes crucifican.

Hay momentos en que la neutralidad se convierte en pecado grave. Hay circunstancias en que callar ante graves injusticias te convierte en cómplice. Cuba vive uno de esos momentos.
Si Europa, el Vaticano, la Iglesia Católica y los gobiernos de América Latina no se ponen claramente del lado del pueblo cubano; si no condenan abiertamente al régimen criminal que lo oprime; si no exigen la libertad de los presos políticos; si continúan hablando de diálogos privados mientras la tiranía se burla de ellos y el pueblo sigue sufriendo, entonces la historia será implacable.

El pueblo cubano recordará quiénes estuvieron a su lado y quiénes prefirieron la comodidad que facilita la ambigüedad. Recordará quiénes ayudaron a los hambrientos y quiénes entregaron los panes y los peces a Herodes y a Pilato. Recordará quiénes hablaron como profetas y quiénes actuaron como fariseos.

Porque ante una dictadura que destruye a una nación, no basta con parecer compasivo. Hay que ser justo. Y la justicia, cuando se trata de Cuba, empieza por llamar a la tiranía por su nombre y ponerse, sin cálculo ni miedo, del lado de sus víctimas.-

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