El 15 de mayo de 1912, en Hilltop Park, cayó la primera ficha de un dominó que acabaría provocando uno de los episodios más insólitos en la historia del béisbol. Aquella tarde, los New York Highlanders recibían a los Detroit Tigers, y el ambiente estaba envenenado desde hacía días. National Catholic Register cuenta este curioso episodio.
Ty Cobb, la gran estrella de Detroit, llevaba toda la serie soportando insultos, abucheos y ataques racistas por parte de un aficionado local, Claude Lueker, un antiguo operario de imprenta nacido —como Cobb— en Georgia.
¿Juegas al béisbol?
Lueker no se limitó a increpar: durante cuatro partidos descargó una tormenta de epítetos racistas que acabaron por hacer estallar al jugador. Cobb subió a las gradas y golpeó brutalmente al aficionado, sin detenerse ni siquiera cuando otros espectadores le suplicaron que parara porque Lueker era discapacitado. La frase que se le atribuye —»¡Me da igual que no tenga pies!»— se convirtió en símbolo de aquel estallido.
Ban Johnson, presidente de la Liga Americana, presenció el incidente desde las gradas. Esa misma noche citó a Cobb en su hotel y, tras escucharlo, anunció una suspensión indefinida. La reacción del vestuario fue inmediata: aunque muchos no soportaban a Cobb, coincidieron en que los insultos habían cruzado cualquier límite. El 17 de mayo, en Filadelfia, los Tigers votaron ir a la huelga hasta que su compañero fuera readmitido.
Johnson respondió con dureza: si Detroit no se presentaba a jugar, el propietario Frank Navin pagaría 5.000 dólares por partido. Navin, furioso, amenazó a sus jugadores con alinear un equipo de suplentes. Y así comenzó la carrera contrarreloj que desembocaría en el partido más extraño jamás jugado en las Grandes Ligas.
El 18 de mayo, el mánager Hughie Jennings recibió la orden de formar un equipo alternativo en cuestión de horas. Los entrenadores Joe Sugden (41 años) y Deacon McGuire (48) aceptaron volver a vestirse de corto, pero no bastaba. No existía aún la posibilidad de llamar a jugadores de AAA de un día para otro. Jennings necesitaba cuerpos. Muchos.
Ahí entró en escena Connie Mack, el legendario propietario de los Philadelphia Athletics, que recordó que el equipo universitario de St. Joseph College había sorprendido a sus reservas en un amistoso meses atrás. A través del periodista Joe Nolan, exalumno del centro, se intentó contactar con los jugadores… pero el equipo estaba fuera de la ciudad.
Nolan llamó entonces a la puerta de Aloysius «Allan» Travers, un estudiante de 20 años, violinista de la orquesta universitaria y asistente del equipo de béisbol tras no haber logrado entrar como jugador. Travers informó que el equipo no estaba disponible, pero Nolan insistió: ¿conocía a alguien que pudiera jugar?
A falta de alternativas, Travers hizo lo único que podía hacer: salir a la calle y reclutar desconocidos. Caminó por el norte de Filadelfia preguntando a cualquiera que pareciera mínimamente atlético:
-«¿Juegas al béisbol?».
-«Un poco.»
-«¿Quieres jugar hoy para los Detroit Tigers?».
Así reunió a un grupo de aficionados, jugadores de ligas menores e incluso boxeadores. Entre ellos estaba Billy Maharg, que años después aparecería en el escándalo de los Black Sox de 1919. Ninguno imaginaba que terminaría jugando en las Grandes Ligas ese mismo día.
Los suplentes entraron al Shibe Park como simples espectadores. Cuando Ty Cobb fue expulsado nada más empezar el encuentro, sus compañeros lo siguieron al vestuario, dejando claro que la huelga iba en serio. Navin ordenó subir al equipo improvisado.
Los titulares, solidarios, cedieron sus uniformes, guantes y zapatos. En el vestuario, los recién llegados firmaron contratos de un día. Travers, que jamás había lanzado, fue nombrado abridor porque cobraría un extra. Jennings le dio un consejo desesperado: lanzar curvas para evitar que cada bola fuera enviada al otro lado del estadio.
Connie Mack, que inicialmente pensaba posponer el partido, cambió de opinión al ver que 20.000 aficionados habían pagado su entrada. Era una oportunidad perfecta para mejorar estadísticas.
El resultado fue inevitable: los Athletics aplastaron a los Tigers 24-2. Travers lanzó un juego completo, permitió 26 hits, dio 7 bases por bolas y terminó con una efectividad de 15.75. Aun así, logró ponchar a un bateador rival, un detalle que se convertiría en anécdota legendaria.
Los aficionados exigieron reembolsos; Mack los rechazó. Otros, especialmente los seguidores de Detroit que habían comprado entrada para ver la farsa, terminaron animando a los improvisados héroes.
Tras el partido, Ban Johnson amenazó con suspender de por vida a los huelguistas. Cobb pidió a sus compañeros que volvieran a jugar. La huelga terminó. Travers regresó a su vida normal.
La suspensión «indefinida» de Cobb duró solo 10 partidos. Travers, por su parte, tuvo que explicar a su madre por qué aparecía en el periódico como «rompehuelgas». Solo se calmó cuando él le mostró los 50 dólares que había ganado.
Años después, en 1926, Travers fue ordenado sacerdote. Murió en 1968, a los 75 años. Sigue siendo recordado como uno de los peores jugadores de la historia de la MLB… y el único sacerdote que jugó en ella.-



