Excelencia de la persona

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Rafael María de Balbín:

 

 

La criatura humana no se explica por sí misma, sino por su dependencia de origen y de fin:

           

<<La perfección que en Dios se encuentra en perfecta identidad con su esencia, en la criatura implica composición. Por eso en la criatura todo rechazo del fin o de la operación que al fin conduce, es siempre un replegarse sobre sí misma, una búsqueda demencial e inútil de la perfecta identidad que sólo a Dios conviene. La criatura no es su fin: entre una y otro median la relación —que marca su origen y su destino— y su obrar libre. Por tanto, debe alcanzar aquel fin —por el que ha sido creada y que es el sentido mismo de su ser— con una operación, con un actuar libremente ordenado. Si la criatura fuese su propio fin, si su acto de ser y su esencia fuesen idénticos, ella misma sería, como Dios, su norma, la regla y la medida de sus actos. Pero no lo es>> (Cardona, C., Metafísica del bien y del mal. Universidad de Navarra, Pamplona, 1987, P. 46).

 

El ser de la persona es un ser peculiar y excelente. Su grandeza no se halla sólo a nivel psicológico. Lo más profundo y característico de la persona se halla a nivel ontológico. <<Es la propiedad privada de su acto de ser lo que constituye propiamente a la persona, y la diferencia de cualquier otra parte del universo. Esta propiedad comporta su propia y personal relación a Dios (…………) que sigue al acto de ser, a la efectiva creación de cada hombre, de cada persona, señalándole ya para toda la eternidad como alguien delante de Dios y para siempre, indicando así su fin en la unión personal y amorosa con El, que es su destino eterno y el sentido exacto de su historia personal en la tierra y en el tiempo>> (p. 62).

 

La peripecia humana se desarrolla en libertad: <<El hombre sabe ya quién es, de dónde viene y a dónde va, y sabe que para ir debe querer: sabe que es una empresa confiada a su libertad. Dios le llama y le auxilia, pero ha hecho al hombre amoroso y requiere su amor para la unión de amistad a que le destina. Sólo amorosamente se llega al Amor. A Dios sólo se le puede conocer si se le ama, porque Dios es Amor>> (p.65).

 

La excelencia del ser personal cuenta con el amor, a diferencia de los seres no inteligentes ni libres (que no son personas): “La persona humana, inmersa inicialmente en el devenir temporal, por el conocimiento y el amor libre trasciende la concreción de su aquí y de su ahora, y aun de todo el orden creado, y llega al primer Principio de todo el ser, que es Dio[1], en riguroso (Sto. Tomás, C. G. 11, 87) conocimiento científico (ciencia: conocimiento cierto por causas)>> (Idem).

Hay un retorno al origen, por el conocimiento y el amor:

<<La persona se entiende a sí misma como término real y directo de la libre acción creadora divina, se ve como objeto de amor personal divino. Comprende que Dios le ama personalmente: Dios, al darle personalmente el ser, le llama con amor, y con amor debe corresponder. Así el hombre comprende que su vida debe consistir en un retorno: de manera que cada acto concreto —que, como tal, no puede ya ser nunca indiferente— sea un paso en esa dirección. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!»[2]” (P. 65). (J. Escrivá de Balaguer, Camino, n. 814).-

 

(rbalbin19@gmail.com)

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