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Reading: «Hemingway 1937»: incluso en la guerra, una mano misteriosa sigue conduciendo el bien
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Entrevistas

«Hemingway 1937»: incluso en la guerra, una mano misteriosa sigue conduciendo el bien

RCL
Last updated: junio 30, 2026 1:10 pm
RCL
Published: junio 30, 2026
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Luis Javier Moxó Soto/ReL:

En «Hemingway 1937» Aquilino Cayuela regresa a la Valencia republicana para mostrar, en clave de novela negra, cómo el siglo XX dejó al descubierto el rostro más monstruoso del mal ideológico entre purgas, propaganda y crímenes que arrollan a inocentes y culpables.

La investigación de Telesforo Gantín y la mirada en formación de Luis Mellado del Corso se despliegan en una atmósfera moral irrespirable, donde la guerra civil desfigura los parámetros humanos y éticos pero no logra apagar del todo el combate por el bien.

En ese claroscuro, la amistad, la lealtad y la caridad se enfrentan a la impersonalidad del crimen y a la mezquindad ideológica, dejando entrever una mano misteriosa que acompaña y cura a quienes perseveran —como pueden— en la justicia: una esperanza cristiana sobria, pero real, en plena indigencia moral.

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-En «Hemingway 1937» la Guerra Civil es escenario, pero el foco parece ser la indigencia moral del presente: ¿qué nos dice aquel invierno de Valencia sobre nuestra desmoralización contemporánea?

-Realmente cuando concebí estas novelas (Der Sandmann 1936 y Hemingway 1937) quería plantear cómo un sagaz detective, un buen policía, podría desarrollar su investigación bajo un clima de máxima tensión, en este caso, bajo una guerra civil y un clima moral, político y social enormemente alterado.

Este es el escenario de la trama, siguiendo los cánones de la novela negra. Una gran tensión añadida que envuelve una serie de investigaciones criminales en el marco de una situación de guerra que desplaza todos los parámetros humanos y morales en medio de un estado de confusión, que afecta a la historia y los personajes.

Sin ser una novela que busque moralizar o comprometerse con nada, sí guarda relación con el presente, a modo de advertencia, sobre los rasgos totalitarios que perseveran en la política desde la década de 1930 hasta hoy.

-Usted ha escrito que «la moralidad está atenuada» y que la ética vive «horas bajas»: ¿qué puede contar una novela negra sobre el bien y el mal que ya no logramos escuchar en el ensayo filosófico?

-Una novela permite ilustrar mejor, al menos representar de una forma muy viva, esa lucha entre el bien y el mal que entraña la reflexión moral. En las raíces de la novela policial de la literatura moderna encontramos Crimen y castigo de Dostoievski; en el juez Petróvich encontramos uno de los primeros detectives de la literatura junto a Auguste Dupin de Edgar Allan Poe.

Mi personaje de Telesforo Gantín tiene algo de estos clásicos en un momento de atmósfera moral irrespirable por causa de la guerra y la lucha ideológica que se libraba en ese momento, agravado por las purgas estalinistas que se extendieron a España en 1937.

En este sentido, la novela ofrece una inmersión en la cara oculta del siglo XX desde un ángulo que ha sido poco tratado en la literatura reciente.

-Retrata la Valencia republicana desde testigos, sobre todo de ese bando, pero sin ajuste de cuentas ideológico: ¿qué lección moral extrae de mirar la Guerra Civil sin trincheras, desde las víctimas «atropelladas por la Historia»?

-Aparte de sus personajes protagonistas, aparecen muchas voces históricas, reales y ficticias, que vivieron el momento y recojo aquí sus testimonios: Hemingway, en primer lugar; John Dos Passos; Iliá Ehrenburg o Robert Capa, entre otros.

Arrollados todos por la barbarie de la ideología durante las purgas estalinistas de 1937, que no solo se desarrollaron en la Rusia soviética, sino también en la España republicana. Caracterizo, a lo largo de la trama, los rasgos de mal ideológico que atenazaban a aquellas personas y que, con formas más sutiles, hoy también padecemos.

-Entre «¿Providencia o destino?» y esta novela en tiempos de guerra, ¿cómo conjuga la Providencia cristiana con la arbitrariedad del horror sin caer ni en ingenuidad piadosa ni en cinismo trágico?

-Ambas novelas mías, «Der Sandmann 1936» y ahora «Hemingway 1937″, mantienen un trasfondo providencial, mostrando cómo, aun en las peores circunstancias —como una guerra civil o vivir bajo la experiencia del totalitarismo más negro—, una mano misteriosa conduce y cura las vidas de aquellos que perseveran en el bien o que, por lo menos, lo intentan con todos sus errores y defectos.

-Su obra filosófica defiende al más frágil frente a la violencia tecnológica y política: ¿qué rostro concreto de la vulnerabilidad humana ha querido rescatar en estos personajes asediados por la guerra?

-Lo que ocurrió en la España de 1937 y después marcó la vida de todos aquellos que lo vivieron, en un bando y en otro. En una guerra, especialmente si es civil y si son las ideologías las que motivan las armas, los niveles de arbitrariedad e incluso de crueldad alcanzan unas cotas difíciles de superar.

Las pobres gentes, los ofendidos y humillados son, en este estado de cosas, multitud. Bajo una situación así casi nadie está a salvo y los rasgos monstruosos de la humanidad afloran como en ningún otro momento.

-Profesor de ética y filosofía política, novelista negro, lector de testigos de la Guerra Civil: ¿qué rasgo de su propia biografía intelectual se reconoce mejor en el mundo oscuro de «Hemingway 1937»?

-A nivel literario he buscado recoger la literatura que más me ha forjado como escritor, desde Cervantes hasta el propio Hemingway que da título a la obra y que es coprotagonista. Es cierto que Hemingway y toda esa generación, que es la de mi padre, me ha interesado mucho. Tuvieron que coger un bando tras la Gran Guerra en una Europa desmoralizada.

Esta lucha ideológica se cebó con España llevándola a una guerra civil que ha marcado nuestra historia y nuestra literatura. Deseaba reconstruir la vida de Hemingway en España durante 1937, lo que me llevó a documentar y leer todo ese contexto, que es apasionante. Hay muchas cosas increíbles que cuento en la novela y que son ciertas, siempre entreveradas con la ficción de la trama.

En todas las novelas son numerosos los rasgos autobiográficos que manifiestan a un autor; puede que en esta serie de novelas sobre Telesforo Gantín, mi «alter ego» se refleje más en Luis Mellado del Corso, el narrador y acompañante en las andanzas detectivescas del protagonista.

En el joven Luis, que es un pícaro canónico de la literatura española, un muchacho en proceso de formación, se pone de manifiesto ese combate moral de alguien que aspira al bien en sus años de aprendizaje. Un antihéroe que aspira al heroísmo, un descarriado que persigue enderezarse. Es en parte desvergonzado y tramposo y en otra parte un denodado buscador del bien y la justicia, aun en circunstancias muy adversas: un reflejo del claroscuro de la existencia humana.

-En una trama de espionaje, sangre y propaganda, ¿dónde se esconden los destellos de esperanza cristiana que usted sigue defendiendo en sus ensayos sobre la crisis moral de Occidente?

-La propia estructura dramática de la narración resalta la esperanza cristiana. Un drama despliega originariamente el combate de la fe y de la realización humana, que se ve contrastada con un montón de adversidades y avatares que nos ponen a prueba.

Así mismo, la mirada de un adolescente en formación confrontado con la hiriente realidad de una guerra y un régimen de terror totalitario, de un lado desdramatiza y de otro aumenta la intensidad de los acontecimientos.

La amistad, la lealtad y la caridad aparecen contrastadas con la mezquindad, la impersonalidad del mal y el crimen. Es también un reflejo de mi gran admiración por Dickens, los rusos del siglo XIX y sus grandes novelas.

La esperanza cristiana se entrevé en lo más troncal de estas historias que combinan lo policial y el misterio con el drama clásico.-

30.06.2026/ReL

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