Rafael María de Balbín:
El hombre está llamado por Dios a dominar la tierra, según el encargo de Dios que aparece en las primeras páginas del Génesis. Es el homo faber, constructor de herramientas materiales y organizativas. Es toda la historia de la civilización, del progreso material y de la tecnología. Es un progreso lento a lo largo de los siglos que se ha ido acelerando progresivamente, de modo manifiesto en nuestros días. ¡Qué duda cabe de la excelencia de este progreso, reflejo de la excelencia del ser humano sobre todo el resto de la creación! No hay en ello motivos para lamentarse, sino para congratularse.
A la vez e inseparablemente está el homo sapiens, creado a imagen y semejanza de Dios, dotado de inteligencia penetrante y voluntad libre, que no pueden reducirse a parámetros materialistas. El hombre está dotado de sabiduría, de conocimiento profundo de la realidad, en último término infundida por Dios, sabiduría que se apoya en el amor a Dios y a los demás hombres. Es capaz de trascender lo inmediato y material, y proyectar su vida hacia la verdad y el bien.
¿Acaso hay una oposición entre el homo faber y el homo sapiens? De ningún modo. Sería un falso y dañino antagonismo. No existe una contraposición entre el trabajo productivo y la búsqueda espiritual de la verdad y de la virtud. En nombre de los bienes del alma no hay por qué rechazar los bienes del cuerpo. El hombre entero es alma y cuerpo, material y espiritual. Los bienes del cuerpo no se contraponen a los bienes del alma. La materia no anula el espíritu, ni viceversa.
No caigamos en un materialismo, que rechace los bienes del espíritu, ni en un falso espiritualismo que se oponga al progreso material. Ni la filosofía se opone a las ciencias de la materia ni a la técnica, ni las ciencias particulares hacen superfluos los saberes del espíritu.
Pero no bastaría con señalar la compatibilidad y no contradicción entre el homo faber y el homo sapiens. Es preciso señalar la mayor excelencia de los bienes espirituales.
La búsqueda de la verdad y del bien manifiesta la excelencia humana, de la verdad y del bien en todas sus dimensiones, materiales y espirituales. El hombre debe responder siempre a varias preguntas fundamentales: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
La respuesta le viene de su Creador y Redentor, cercano a cada uno. La gran respuesta está en la gracia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, “Camino, Verdad y Vida”.-
(rbalbin19@gmail.com)


