La izquierda a examen y el dolor de los pueblos: Por qué América Latina gira a la derecha

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La causa de los vulnerables no admite cheques en
blanco a ninguna ideología

El pasado 26 de junio, al concluir mi presentación en el Congreso
Internacional de Filosofía «De animal y lo divino» en Comillas, el profesor
Ricardo Pinilla Burgos planteó una consideración que me parece vital
rescatar si no queremos quedar atrapados en el dogmatismo ideológico.
Más que una simple pregunta, Ricardo me invitaba a reflexionar sobre el
hecho de que Jesús de Nazaret jamás se dejó encasillar en una
tendencia política concreta. Me recordaba cómo en la historia reciente
nos encontramos con situaciones donde gran parte del clero y de la
comunidad eclesial lucharon hombro con hombro contra poderes
dictatoriales que oprimían a su pueblo —como ocurrió de manera tan
nítida en la Nicaragua del somocismo—, pero cómo, una vez que la
izquierda llegó al poder, esa misma Iglesia terminó siendo censurada,
perseguida y desterrada, como dolorosamente vemos hoy bajo el
régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Recuerdo que en ese instante le respondí categóricamente algo que hoy
quiero traer a estas páginas: no podemos firmar un cheque en blanco a
ninguna ideología, por más bien que suene teóricamente. Y escribo estas
líneas precisamente desde ahí: no desde la acera de enfrente ni desde la
distancia cómoda de quien juzga sin involucrarse, sino desde el corazón
mismo de quienes hemos creído, creemos y seguiremos creyendo que
otro mundo es posible; de quienes sabemos que la opción preferencial
por los pobres es innegociable y que la justicia social es el nombre
moderno del amor evangélico. Precisamente por eso, porque nos duele
en las entrañas la causa de los vulnerables y la dignidad de los
crucificados de la historia, no podemos permitirnos el lujo del silencio ni
la complacencia.

América Latina atraviesa un terremoto político de proporciones históricas.
El avance de opciones conservadoras, de ultraderecha y de "mano dura"
ya no es una anécdota electoral: es un seísmo que reconfigura el mapa
continental.

Lo vemos en el regreso del fujimorismo al poder en el Perú tras una
parálisis institucional insostenible; en el fenómeno libertario de Javier
Milei en Argentina arrastrado por el ahogo económico; en el consolidado
proyecto de Daniel Noboa en Ecuador prometiendo seguridad frente al
crimen organizado; en la hegemonía del centro-derecha
en Uruguay y Paraguay; en el ascenso de las derechas radicales
en Chile y Colombia; en el modelo de excepción de Nayib Bukele en El
Salvador —cuya fórmula de mano dura fascina a media región—; y
en Brasil, donde a pesar del retorno de Lula al gobierno, la sombra del
bolsonarismo sigue intacta, dominando el Congreso, articulando un
poderoso movimiento sociocultural y amenazando a una izquierda
desgastada que suda para mantener la gobernabilidad.

Ante este escenario, la tentación más fácil para la intelectualidad
progresista y para buena parte del cristianismo comprometido es
escudarse en el diagnóstico de siempre: la manipulación mediática, el
"pánico moral" orquestado por las élites o la innegable garra geopolítica
de Estados Unidos, que presiona a cada país a su manera para
mantener su hegemonía regional.

Ese análisis contiene verdades indiscutibles, pero es dolorosamente
incompleto. Si queremos ser fieles al Evangelio y a la realidad sangrante
de nuestros pueblos, debemos atrevernos a mirar al espejo y formular la
pregunta que quema: ¿Por qué la izquierda no ha dado la respuesta
esperada? ¿Por qué millones de hombres y mujeres empobrecidos están
buscando refugio en proyectos de derecha?
La causa del Pueblo por encima de las siglas

Jesús de Nazaret jamás firmó un cheque en blanco a ningún poder de
este mundo. Su mirada no se detenía en los eslóganes ni en la retórica
de los gobernantes, sino en los frutos concretos y en el sufrimiento de la
gente de a pie. La ciudadanía latinoamericana no vota por una repentina
conversión al libre mercado: vota golpeada por la realidad cotidiana.

Cuando miramos lo ocurrido en los últimos años, es preciso reconocer
con honestidad profética tres heridas abiertas que han desgastado la
credibilidad de muchos proyectos progresistas:
1. La incapacidad para resolver lo cotidiano: Las familias no comen
ideología. La inflación desbocada, el desempleo, la ineficiencia de los
servicios públicos y la irrupción del crimen organizado han sumido a
los barrios populares en un estado de angustia permanente. Cuando

una madre no sabe si su hijo regresará vivo a casa o si mañana podrá
llenar la cesta de la compra, el discurso del "orden y la seguridad" no
suena a teoría política; suena a necesidad vital de supervivencia.
2. El cáncer de la corrupción: Nada traiciona más la causa de la
emancipación ni causa mayor escándalo ético que ver a quienes
llegaron al poder en nombre de los descalzos enriquecerse en los
despachos del Estado. El desengaño ante la corrupción transgresora
ha asfaltado la autopista por la que hoy avanza la derecha.
3. El dolor insostenible de Cuba y Venezuela (y el papel de los imperios): Es
en el análisis de Cuba y Venezuela donde cierta izquierda pierde su
autoridad moral al caer en la trampa del sesgo ideológico. Nadie niega
que la mano de Washington aprieta de formas distintas y devastadoras
a ambos países: en Cuba, mediante un criminal, inútil e inmoral
bloqueo económico que asfixia a familias enteras y que debe
denunciarse sin ambages desde el Evangelio; en Venezuela, mediante
sanciones y maniobras de injerencia geopolítica. Pero admitir eso no
puede ser el comodín para justificar la tiranía ni para tapar el sol con
un dedo. En Venezuela, el éxodo masivo de millones de hermanos que
huyen de la miseria, la represión y el colapso de un régimen que se
dice socialista es sencillamente indefendible. Y en Cuba, la agresión
externa no justifica la falta de libertades políticas, la persecución de la
disidencia ni la represión a los jóvenes que piden pan y dignidad en las
calles. Totalitarismo es totalitarismo, y el sufrimiento del pueblo no
cambia de naturaleza según quién ejerza el control o apriete el gatillo.

La trampa mortal del capitalismo salvaje y el modelo
neoliberal

Comprender el cansancio y la desesperación del pueblo no significa, bajo
ningún concepto, validar ni bendecir las soluciones que hoy propone la
ola conservadora. El diagnóstico del dolor de la gente no puede
confundirse con una rendición ante el ídolo del mercado.

El capitalismo salvaje y el modelo neoliberal en su versión más feroz —la
que promete la desregulación absoluta, la privatización de bienes
comunes esenciales como el agua, la salud o la educación, el
desmantelamiento de las coberturas sociales y la criminalización de la
protesta popular— representan una trampa mortífera. Es un sistema
fundado en la idolatría del dinero, que convierte los derechos sagrados
de las personas y el ecositema en mercancías y que, como no se
cansaba de advertir el papa Francisco, es una economía «que mata»
porque descarta a los débiles y devora la Casa Común.

El giro hacia la ultraderecha no es la medicina, sino un veneno peor que
agravará la brecha de la desigualdad y dejará a millones de hermanos en
el desamparo más absoluto. Precisamente por eso, porque la alternativa
neoliberal y autoritaria es incompatible con la vida abundante que
promete el Evangelio, la izquierda y los movimientos populares necesitan
hacer esta autocrítica con urgencia. No se trata de renunciar a la justicia
social ni de entregarnos al capitalismo, sino de purificar la lucha
emancipadora de la ineficiencia, la corrupción, el dogmatismo y el
autoritarismo.
Tres certezas para no perder la brújula

El compromiso cristiano con la liberación de los oprimidos no pertenece a
ningún partido ni a ningún gobierno de turno; pertenece a la entraña
misma de nuestra fe. Para mantener encendida la esperanza en esta

hora convulsa de América Latina, nos sostienen tres certezas
innegociables:
1. El Evangelio es el único absoluto: Nuestra lealtad no está empeñada
con ningún régimen ni con ningún sistema económico, sino con el
Reino de Dios y su justicia. Denunciar la opresión, la corrupción o el
autoritarismo, lo cometa quien lo cometa y se vista de la ideología que
se vista, no es hacer el juego a la reacción: es ser fieles al Dios de la
Vida.
2. Los derechos de los pobres no se negocian: La lucha por la tierra, el
techo, el trabajo digno, la salud y la educación no es una concesión
ideológica ni un favor estatal, sino un mandato evangélico supremo
que ningún dogma neoliberal ni ninguna manipulación política podrán
borrar jamás.
3. Los regímenes pasan, el Pueblo permanece: Los gobiernos, las
hegemonías políticas, los imperios económicos y las mareas
ideológicas van y vienen. La Iglesia de Jesús no debe medir su
fidelidad por su cercanía a los pasillos del poder, sino por su capacidad
de ser cobijo, voz y abrazo para quienes sufren.

América Latina no necesita caudillos ni mesías —de ningún signo— que
exijan fe ciega a costa de la libertad, la justicia y la dignidad. Necesita
una política que vuelva a escuchar el clamor de los pobres y de la tierra
con humildad, eficacia y honestidad transparente. Mientras los de abajo
sigan pagando los platos rotos de los grandes discursos y los abusos del
capital o del Estado, los creyentes seguiremos ahí, en las periferias del
dolor, recordando con el maestro Gustavo Gutiérrez y con el papa Francisco
que donde hay un ser humano golpeado, allí está Cristo exigiendo justicia y
abriendo caminos de verdadera liberación.-

Jesús Lozano Pino (RELIGION DIGITAL, MADRID)

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