Tiene once años y asegura que hubo algo que nunca perdió: la serenidad gracias a su fe.
«Siento que he vuelto a nacer. Me noto distinta, como si dentro de mí hubiera brotado una luz que no sabía que tenía»
Durante 32 horas, María Fernanda Rivas permaneció inmóvil bajo una mezcla de hormigón, vigas y cristales tras el derrumbe parcial de un bloque de viviendas en Mérida, provocado por los fuertes temblores que sacudieron la región el pasado 24 de junio.
Sin agua, sin luz y sin saber si los equipos de emergencia lograrían llegar a tiempo, la niña de 11 años asegura que hubo algo que nunca perdió: la serenidad que atribuye a su fe.
Consciente y sonriendo
Las imágenes de su rescate se difundieron rápidamente en redes y medios internacionales. Cuando los bomberos consiguieron abrir un pequeño hueco entre los restos del edificio, encontraron a María Fernanda consciente… y sonriendo.
—¿Cómo estás, María?
—Estoy tranquila.
Aquel breve diálogo se convirtió en uno de los momentos más esperanzadores de una tragedia que dejó decenas de familias sin hogar y varios edificios gravemente dañados.
Días después, mientras continúa recuperándose de las lesiones, la menor ha explicado qué fue lo que la sostuvo durante aquellas interminables horas atrapada en un espacio mínimo.
«Siento que he vuelto a nacer. Me noto distinta, como si dentro de mí hubiera brotado una luz que no sabía que tenía«, contó en una entrevista concedida a un medio local. «Es un milagro que yo no imaginaba».
María Fernanda sufrió contusiones en la espalda, cortes en brazos y piernas y una fractura en el tobillo. Los bomberos explican que quedó atrapada en un pequeño «triángulo de vida», una cavidad que evitó que la estructura colapsara por completo sobre ella.
Pero para la niña, el verdadero milagro no fue solo sobrevivir, sino mantener la calma.
«No me desesperé. No me puse nerviosa. Eso es lo que más me sorprende, porque normalmente soy muy inquieta», recuerda. «Sentía que tenía que confiar».
Durante las horas de encierro pensó en su madre, en sus compañeros de clase y en su habitación, que intuía destruida. También rezó. «Dios fue quien me ayudó a estar tranquila. Sentía que no estaba sola», afirma.
María Fernanda interpreta así la sonrisa con la que salió de entre los escombros. «No sentía el dolor. Era pura adrenalina. Salí con una sonrisa enorme porque sentí que Dios había enviado a sus ángeles para darme fuerzas«.
Ahora vive temporalmente con unos familiares mientras su madre intenta reconstruir su vida. Todavía arrastra algunas secuelas emocionales: las primeras noches no podía dormir boca arriba, la misma postura en la que permaneció atrapada.
Aun así, cuando habla del futuro, lo hace desde la ilusión. Sueña con ser ilustradora o guionista, y crear historias que transmitan esperanza a otros.-



