León XIV en Montevideo: el niño no nacido ya pertenece a la familia humana y su dependencia de la madre no rebaja su dignidad

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En su primer discurso del viaje, ante autoridades, sociedad civil y cuerpo diplomático, el Papa recorrió los relieves del monumento a Artigas para hablar del bien común, la vida no nacida, la familia, el trabajo, los enfermos y el suicidio. Y recordó que la neutralidad del Estado no exige encerrar la fe en la vida privada

León XIV inició en Montevideo su quinto viaje apostólico internacional, que lo llevará a Uruguay, Argentina y Perú, con un encuentro con las autoridades del Estado, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. En la plaza situada ante el Edificio José Artigas se reunieron dignatarios políticos y religiosos, empresarios y representantes de la sociedad civil y de la vida cultural del país.

Tras el discurso del presidente uruguayo, Yamandú Orsi, el Papa agradeció la invitación y el recibimiento, y dijo que había aceptado con alegría la propuesta de visitar Uruguay. Saludó a los representantes de las instituciones de la República y a las naciones acreditadas en el país, y se dirigió a todos los uruguayos, dondequiera que se encuentren. Explicó que durante su estancia desea conocer distintos lugares del país, familiarizarse con su historia y encontrarse con hombres y mujeres que participan de la vida nacional en condiciones muy diversas. Un lugar especial, dijo, lo ocupa Florida, donde se venera a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, patrona de Uruguay. Al comienzo de su visita, puso bajo su protección a todas las personas con las que se encontrará, y recordó que la Madre de Dios marcó un capítulo decisivo de la historia del país y sigue uniendo hasta hoy a distintas generaciones de uruguayos.

La Redota y el origen de la autoridad

Partiendo de la historia uruguaya, León XIV evocó el Éxodo del Pueblo Oriental de 1811, conocido también como la Redota. El monumento a José Artigas, que preside la plaza donde se celebró el encuentro, le ofreció un punto de partida concreto: en su pedestal hay relieves de bronce del escultor Angelo Zanelli que representan escenas de aquella marcha histórica. El Papa fue deteniéndose en algunas de sus figuras para abordar, a partir de ellas, cuestiones fundamentales de la vida social de hoy.

En lo alto del monumento, observó, Artigas aparece solo sobre su caballo. Más abajo, en el relieve frontal, se lo ve en cambio en medio de sus hombres, como parte de la multitud. Ese detalle trae a la memoria las palabras que el prócer pronunció poco después ante los representantes orientales en el Congreso de abril de 1813: «Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana». Con esa frase, explicó el Papa, Artigas unió el origen de la autoridad política con la responsabilidad de quien la ejerce: la autoridad se recibe de una comunidad concreta y debe rendirle cuentas.

León XIV recordó que en 2025 Uruguay pudo celebrar cuarenta años de democracia ininterrumpida, en los que distintos gobiernos se han sucedido por decisión de los ciudadanos. La autoridad pública, dijo citando la constitución pastoral «Gaudium et spes» del Concilio Vaticano II, encuentra su razón de ser en el servicio al bien común y debe ejercerse dentro del orden jurídico y respetando la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos. Por eso tienen especial valor los cauces institucionales que permiten participar en la vida pública, delimitan con claridad las competencias de cada institución y garantizan la elección de quienes reciben la tarea de gobernar.

Al bien común pertenece también, prosiguió, la responsabilidad de transmitir a las generaciones venideras los bienes de que hoy se dispone. Recordó a su predecesor Francisco, que en la encíclica «Laudato si» dejó escrito que «la noción de bien común incorpora también a las generaciones futuras». Esa responsabilidad se expresa sobre todo en las decisiones sobre el uso de los recursos naturales y de las fuentes de energía. El Papa señaló que Uruguay ha transformado en las últimas décadas la estructura de su generación eléctrica, que hoy descansa casi por completo en fuentes renovables, gracias a decisiones a largo plazo y a la colaboración de distintos sectores sociales. Ese progreso, advirtió, trae consigo nuevos desafíos para el transporte, la producción y el uso responsable del suelo, el agua y la energía. Pensar a largo plazo significa administrar los bienes disponibles de modo que no se comprometan las posibilidades de las generaciones futuras.

El niño no nacido ya pertenece a la familia humana

La mirada hacia el futuro, sin embargo, no puede dirigirse solo a los recursos naturales, sino también a las personas que habitarán el país: a las condiciones en que podrán nacer y crecer y a las oportunidades que tendrán a lo largo de su vida. El Papa subrayó que la evolución demográfica de Uruguay hace esta cuestión especialmente concreta. En uno de los relieves de bronce, señaló, aparece una mujer que sostiene a un niño en brazos y, mientras la columna sigue avanzando, lo envuelve con un gesto protector.

Esa imagen, dijo León XIV, conduce a la vida humana en sus comienzos, y por tanto a la vida del niño que aún no ha nacido. Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo. Su completa dependencia de la madre no disminuye ni su dignidad ni su derecho a ser protegido. Jesucristo mismo, recordó el Papa, asumió en su Encarnación esa condición de dependencia humana. Acoger una vida nueva exige, por tanto, que el padre y la madre asuman juntos su responsabilidad, que la familia sostenga al niño y que se creen condiciones sociales que permitan a ambos educar y cuidar a sus hijos. La protección de la vida no nacida y el apoyo a quienes la acogen, afirmó, son inseparables.

La familia sigue siendo el primer ámbito en el que cada persona es acogida y aprende a convivir con los demás. El Papa recordó que San Juan Pablo II, que también visitó Uruguay, resumió esa importancia fundamental de la familia en una frase que no ha perdido vigencia: «¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!».

Educación y trabajo al servicio del hombre

En otra parte del monumento se ve a unos niños que caminan junto a los adultos. Pertenecen ya al pueblo, señaló el Papa, antes de poder intervenir en sus decisiones o contribuir con su trabajo, y los niños de aquella generación asumirían después la responsabilidad de continuar la vida común. Por eso el cuidado de los más pequeños incluye necesariamente la garantía de una educación adecuada. El hogar, la alimentación y la presencia de adultos que acompañan aseguran los primeros años; la educación prolonga esa tarea, desarrolla las capacidades del niño, forma su juicio y lo prepara para participar libre y responsablemente en la vida social, como enseña la declaración «Gravissimum educationis» del Concilio Vaticano II.

La formación recibida, añadió, debe abrir a la vez posibilidades concretas de entrar en el mundo laboral, de aplicar lo aprendido y de alcanzar la autonomía con el propio esfuerzo. El trabajo es un camino por el que cada persona puede desarrollar sus capacidades y contribuir al bien de los demás. León XIV recordó la enseñanza fundamental de San Juan Pablo II en la encíclica «Laborem exercens», según la cual el trabajo está al servicio del hombre y no el hombre al servicio del trabajo. Ese criterio, dijo, conserva todo su valor ante los rápidos cambios tecnológicos y el desarrollo de la inteligencia artificial. Las nuevas tecnologías deben ampliar las capacidades humanas, facilitar las tareas y abrir nuevas posibilidades, pero hay que impedir que el trabajador quede reducido a un simple engranaje prescindible del proceso productivo.

La dignidad no depende de la productividad

Entre las figuras del monumento a Artigas, prosiguió el Papa, hay también una anciana encorvada que se apoya con esfuerzo en un bastón. Junto a una de las carretas, varias personas se juntan y se dan la mano, y algunas parecen más interesadas en ayudarse mutuamente que en avanzar lo más rápido posible. También quienes necesitan ayuda forman parte de ese pueblo, subrayó, y su pertenencia no depende de su fuerza física, de su autonomía ni de su capacidad de hacer una aportación económica o social. Tampoco hoy puede medirse el valor de una persona por su productividad, por su trabajo o por su capacidad de valerse por sí misma. León XIV recordó que en su encíclica «Magnifica humanitas» formuló expresamente este principio: la dignidad fundamental de cada ser humano no puede adquirirse ni merecerse, ni tiene que ser demostrada.

Las figuras de bronce, observó, conservan sus rostros y sus gestos, pero no revelan nada de lo que sucedía en su interior durante el camino compartido. Algo parecido puede ocurrir en la vida social de hoy: hay personas que comparten el trabajo, las calles o incluso la propia casa sin saber qué cargas lleva el otro. La soledad, el miedo y la desesperanza pueden llegar tan hondo que una persona ya no vea razones para seguir viviendo. Ante la dolorosa realidad del suicidio, afirmó el Papa, la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad son inseparables. Nadie debería sentirse extraño entre los suyos y sus semejantes, ni tener la impresión de que su ausencia cuenta menos que su presencia.

El propio Papa, enfermo y cuidado

Hay otras formas de sufrimiento, continuó, que se hacen visibles directamente en el cuerpo o en las circunstancias de la vida: la enfermedad, la discapacidad, el dolor físico, la pérdida de autonomía, la pobreza, el desempleo y la exclusión social pueden hacer especialmente necesaria la ayuda de los demás. En ese contexto, León XIV habló de su experiencia personal. Hace poco, contó, él mismo conoció las limitaciones de una enfermedad y recibió cuidados por los que está profundamente agradecido. Esa experiencia le hace pensar en los muchos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener a tiempo un diagnóstico o el tratamiento que necesitan. Una atención sanitaria accesible a toda persona, con independencia de sus posibilidades económicas, forma parte de las responsabilidades de toda sociedad.

Quien se encuentra en esa situación, subrayó, no pierde por ello su pertenencia a la sociedad ni nada del valor de su vida. Precisamente a causa de su debilidad debe recibir el apoyo, los recursos necesarios y el acompañamiento que necesita. El cuidado de los que sufren es una obligación de toda la familia humana, y para la Iglesia ese deber nace de manera particular del mandato de Jesucristo de reconocerlo y servirlo en los más débiles. El Papa citó el Evangelio de San Mateo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Y recordó que Benedicto XVI, en la encíclica «Spe salvi», vinculó la medida de la humanidad con la relación con el dolor y con quien sufre: «La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre». De ahí se sigue, concluyó, la responsabilidad de todos de trabajar para que cada persona pueda vivir con dignidad, recibir los cuidados necesarios y ser acompañada hasta el final natural de su vida.

La Iglesia, añadió, quiere colaborar, a través de sus diócesis y parroquias y de las numerosas personas que se dedican al servicio de los demás, con todos los que se esfuerzan por aliviar el sufrimiento humano y por acompañar a los afectados también allí donde no es posible curar ni eliminar el dolor. A esa tarea común aporta lo que corresponde a su propia misión: una esperanza que no se apaga ni siquiera cuando las posibilidades humanas llegan a su límite, y que recuerda a quienes atraviesan la prueba que su vida conserva siempre sentido y valor, que no están solos y que son amados por Dios también en las horas más oscuras.

Una economía cuyos frutos lleguen a todos

La multitud del relieve que acompaña a Artigas reúne a personas de procedencias muy distintas. Una mujer elegantemente vestida sigue a pie una carreta, mientras otros guían a los animales o cargan con sus pertenencias. Esa diversidad, dijo el Papa, forma parte de la historia de Uruguay: generaciones de hombres y mujeres de orígenes y condiciones sociales diferentes hicieron del país una patria común. Quienes pertenecen a un mismo pueblo no disponen necesariamente de las mismas condiciones de partida ni de los mismos recursos, y por eso la organización y la orientación de la economía repercuten directamente en las condiciones de vida y en las posibilidades de cada uno de construir su futuro. La creación de riqueza, las inversiones y las iniciativas económicas, tanto públicas como privadas, son necesarias para el desarrollo de un país, pero sus frutos deben traducirse en bienes y oportunidades que lleguen realmente a todos. El Papa remitió de nuevo a su encíclica «Magnifica humanitas» para recordar que lo que cuenta son las personas concretas, cada una de ellas y sus familias.

La laicidad no exige encerrar la fe en la vida privada

Al patrimonio histórico de Uruguay pertenece igualmente la convivencia de personas de orígenes y tradiciones diversos, una diversidad que hoy se manifiesta también en las convicciones religiosas y en las cosmovisiones de sus ciudadanos. El carácter laico del Estado, afirmó León XIV, tiene la tarea de garantizar un espacio en el que creyentes y no creyentes puedan convivir en libertad y respeto mutuo, y en ese marco existen valores de validez universal. La neutralidad del Estado, subrayó, no exige en modo alguno que la dimensión religiosa quede reducida a la vida privada.

El Papa recordó que el Concilio Vaticano II estableció en la declaración «Dignitatis humanae» que nadie puede ser obligado a obrar contra su conciencia, ni impedido de obrar conforme a ella, en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites. Desde esa libertad, explicó, las personas y las comunidades religiosas pueden contribuir al bien común y respetar al mismo tiempo la autonomía de las instituciones civiles.

El respeto y la convivencia dentro de una nación deben inspirar también las relaciones con los demás pueblos. León XIV citó la Constitución uruguaya, que en su artículo 6 dispone que la República procurará en los tratados internacionales la solución de las controversias por el arbitraje u otros medios pacíficos y promoverá la integración social y económica de los Estados latinoamericanos. Que Montevideo sea sede de la secretaría del Mercosur, señaló, da forma concreta a esa tarea de crear espacios de entendimiento y cooperación en la región. En un tiempo en que las diferencias pueden convertirse fácilmente en causa de conflicto, un servicio esencial de Uruguay a sus vecinos consiste en mantenerse fiel al respeto del derecho, a la negociación y a la búsqueda paciente de acuerdos.

Un pueblo que solo se ve entero

Al final de su discurso, el Papa volvió a la marcha histórica representada en el monumento. La Redota, dijo, ocupa un lugar especial en la memoria de Uruguay: recuerda a un pueblo puesto a prueba, que tuvo que dejar atrás buena parte de lo que poseía y que aun así procuró mantenerse unido en medio de la incertidumbre. Los relieves de bronce recorren los cuatro lados del pedestal, y desde un solo punto solo se distingue una parte de la multitud; para descubrir las demás figuras hay que acercarse, rodear el pedestal y fijar la mirada en cada escena. El pueblo, observó, solo se muestra en su conjunto, y en esa multitud se reconoce algo que perdura en la vida uruguaya: la responsabilidad recíproca que permite a personas de distintas generaciones y condiciones seguir construyendo una historia común.

León XIV explicó que ha venido a Uruguay como Sucesor de Pedro y como pastor, para encontrarse con la Iglesia peregrina en el país y acercarse con afecto a todo su pueblo. Recordó que las relaciones entre la Santa Sede y Uruguay se remontan a los primeros años de la independencia de la República, y evocó al Papa Gregorio XVI, que confirmó las facultades del padre Dámaso Antonio Larrañaga y lo nombró vicario apostólico de la República mediante un breve apostólico del 14 de agosto de 1832. Aquel acto eclesial, señaló, fue entendido al mismo tiempo como un reconocimiento tácito de la independencia del nuevo Estado Oriental, que entonces buscaba afianzar su lugar en la comunidad de naciones.

Con una historia de siglos marcada por la fe y el servicio, dijo el Papa, la Iglesia desea seguir ofreciendo al pueblo uruguayo lo que ella misma ha recibido: Jesucristo y la esperanza de su Evangelio. Dentro de su propia misión, quiere colaborar con todos los que trabajan por el bien común y por la dignidad de cada persona. León XIV expresó el deseo de que los días de su visita ayuden a fortalecer lo que une y a renovar la confianza con la que se afrontan las dificultades y las tareas futuras. Concluyó bendiciendo al país y con una oración mariana: que Dios bendiga a Uruguay y que la Santísima Virgen María, a quien el pueblo se encomendó en las horas de su nacimiento, siga acompañándolo en su camino a lo largo de la historia.-

(kath.net/InfoCatólica)

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