Beatriz Briceño Picón, humanista y periodista:
Llevo años buscando la forma de hacer más nuestro, más claro, el término gratuidad que cada vez se no hace más urgente. De repente un doble sismo de 7.2 y 7.5 nos movió el piso a todos. Para muchos será algo que marcará para siempre las historias familiares. Jamás lograremos dos relatos idénticos. Pero lo que sí es cierto, es que la sensibilidad de miles ha llevado a desarrollar un movimiento de solidaridad nacional e internacional sin precedentes en nuestro país, que nos invita a profundizar en esa levadura de gratuidad de la que están hechos los voluntarios con fe.
Los más responsables dirigentes del mundo siempre han dictaminado que la forma más eficaz de cambiar la sociedad es haciendo que cambien los hombres y mujeres que la componen. Y uno de los modos, después que reconozcamos la dignidad humana que da vida a los principios de solidaridad, subsidiaridad y bien común, es que descubramos la importancia del trabajo, como vocación, y la opción humana del voluntariado. Es decir, la ayuda libre, generosa, comprometida, gratuita, desinteresada, sin afán de lucro, a quienes lo necesiten. No solo en las tragedias naturales sino en las que son fruto de injusticias, discriminaciones en sociedades que se llaman civilizadas.
Esta es una realidad muy amplia, que surge en todos los países, pero que conviene ir afinando desde la familia, la ciudadanía, el compromiso social y la fe. La visión trascendente que nos da la fe, aporta al voluntariado una dimensión muy superior a la simplemente humana de tejas abajo, bien sea familiar o social. Y aquí surge la levadura de la gratuidad que no tiene que ver con lo gratuito sino con lo que mueve el corazón. Gratuito es lo que se regala a quien no puede adquirirlo o a quien puede ser un futuro comprador; pero lo que se recibe desde la gratuidad tiene el sello del agradecimiento a la vida o a Dios, por parte del sujeto o persona, que proporciona la ayuda o del que se encarga de ponerla en otras manos.
Es lamentable que, en ciertos momentos de la historia, muchos voluntariados se han convertido en coartadas para el dejar hacer de los poderes públicos. Alguien contaba que había escuchado a una maestra que llegó a decir “como ya hay voluntarios que lo hacen…; eso que lo hagan los voluntarios” Y así lo que debería ser iniciativa de suplencia, de subsidiaridad, se convierte en algunos momentos en lo único que se puede hacer y en lo único que, en definitiva, se hace.
Son muchas las personas en la actualidad, que dedican su impagable tiempo de forma voluntaria al servicio de los demás. Mujeres y hombres que, de forma solidaria, hacen trabajos sencillos o especializados para fortalecer una comunidad. Médicos, abogados, ingenieros y otros profesionales, que dedican algunas horas a la semana a instituciones que atienden a quienes no reciben asistencia social o no tienen para pagar una consulta privada. Personas que se ofrecen para acompañar a ancianos o niños pequeños, con objeto de que sus hijos o padres puedan disponer de tiempo para diversas necesidades o un rato de esparcimiento, etc. Algunos voluntarios se formaron en sus hogares, viendo a sus padres atender a pobres, inmigrantes o simplemente personas sin ayudas familiares. Otros recibieron en sus centros de estudio o trabajo estímulos para labores de servicio social y millones se han convertido en levadura de gratuidad en sus parroquias, iglesias y universidades donde, descubriendo la realidad de Dios en sus vidas, no han podido dejar de apoyar al prójimo necesitado como el samaritano de la parábola. Entre los católicos practicantes hay muchos que, al recibir la Eucaristía, descubren que la misericordia, en todas sus formas, es la única respuesta que pueden dar a los demás después de tanta grandeza.
Estos meses me propongo seguir ahondando en todo lo que la levadura de gratuidad, puede ayudarnos a cambiar el mundo. Por lo pronto es importante que los voluntarios católicos profundicen en esa riqueza que nos regala nuestra fe cuando ilumina con el amor de Dios las obras de misericordia espirituales y materiales: Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia. Dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre éstas, la limosna es no solo testimonio de caridad sino práctica de justicia. Los oprimidos por la miseria son objeto de un amor preferencial por parte de toda la Iglesia.
Hay quienes valoran especialmente, entre las obras de misericordia, la labor de formación para quienes, siendo bautizados, nunca recibieron una sólida formación doctrinal y espiritual en sus hogares. Algunos de estos católicos, de pantalón corto, como alguien los ha llamado, pueden ir a los voluntarios del corazón, como yo veo a esos nuevos samaritanos, para desmenuzar el testamento del Papa Francisco en su Encíclica Dilexit nos y la Exhortación apostólica Dilexit me del Papa León XIV. Aparte de descubrir el océano del amor del corazón de Cristo y acoger la invitación a estudiar la Doctrina Social de la Iglesia, pueden encontrar en esos textos la fuerza para renovar la formación de todos los voluntarios con esa levadura de la gratuidad.-
Beatriz Briceño Picón
Humanista y Periodista


