Rafael María de Balbín:
El Papa San Juan Pablo II aborda este tema en su discurso del 10-IV-1986.
«El vínculo esencial de Verdad-Bien-Libertad se ha perdido para una gran parte de la cultura contemporánea y, por tanto, reconducir al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la misión de la Iglesia, para la salvación del mundo. La pregunta de Pilatos ‘¿Qué es la verdad?’ emerge aún hoy de la desconsolada perplejidad de un hombre que con frecuencia ya no sabe quién es, de dónde viene y a dónde va. Y asistimos así no raramente al temible precipitar de la persona humana en situaciones de autodestrucción progresiva. Si quisiéramos oír ciertas voces, parece que no se debería ya reconocer lo indestructiblemente absoluto de ningún valor moral>>.
El relativismo cuestiona la fuerza de la ley moral:
<<Más aún, algo más grave todavía ha sucedido: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de lo verdadero es negada, confiando a la sola libertad, desarraigada de toda objetividad, la misión de decidir autónomamente lo que es bien y lo que es mal. En el campo teológico, este relativismo se convierte en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no pensando ya, en el fondo, que la ley de Dios sea siempre el único verdadero bien del hombre>>.
<<Es necesario por eso que en la Iglesia se reconstruya una rigurosa reflexión ética.Esta es una tarea que se podrá cumplir sólo con determinadas condiciones, algunas de las cuales merecen ser recordadas brevemente>>.
El bien moral tiene una peculiar excelencia
<<En primer lugar, es necesario que la reflexión ética muestre que el bien-mal moral posee una específica originalidad en relación con los otros bienes-males humanos. Reducir la cualidad moral de nuestras acciones relativas a las criaturas al intento de mejorar la realidad en sus contenidos no éticos, equivale, al fin, a destruir el concepto mismo de moralidad. La primera consecuencia, en efecto, de esta reducción es negar que, en el ámbito de aquellas actividades, haya actos que sean siempre y de todas formas en sí mismos y por sí mismos ilícitos. He llamado ya la atención sobre este punto en la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia. Toda la tradición de la Iglesia ha vivido y vive basándose en la convicción contraria a esta negación. Pero también la razón humana misma, sin la luz de la Revelación, está en condiciones de ver el grave error de esta tesis>>>.
La importancia del bien moral afecta a todas las religiones:
<<Esta tesis es el resultado de presupuestos profundos y graves, qe afectan al corazón mismo no sólo del Cristianismo, sino también de la religión como tal. Que exista un bien-mal moral no reductible a otros bienes-males humanos es la consecuencia necesaria e inmediata de la verdad de la creación, que funda en su ultimidad la dignidad propia de la persona humana>>.
La ley moral natural está presente en toda persona humana:
<<Llamado, por ser persona, a la comunidad inmediata con Dios; destinatario, por ser persona, de una Providencia del todo singular, el hombre lleva escrita en su corazón una ley que no se ha dado a sí mismo, sino que expresa las inmutables exigencias de su ser personal creado por Dios, finalizado en Dios y en sí mismo dotado de una dignidad infinitamente superior a la de las cosas. Esta ley está constituida no sólo por orientaciones generales, la precisión de cuyo contenido esté condicionada por las varias y mudables situaciones históricas>>.
Hay normas morales con valor absoluto:
<<Existen normas morales que tienen un preciso contenido inmutable e incondicionado. (… ) Negar que existan normas que tienen tal valor puede hacerlo sólo el que niega que exista una verdad de la persona, una naturaleza inmutable del hombre, últimamente fundada en aquella Sabiduría creadora que da su medida a toda realidad. Es, por tanto, necesario que la reflexión ética se funde y se arraigue cada vez más profundamente en una verdadera antropología, y ésta, por último, en aquella metafísica de la creación que está en el centro de todo pensar cristiano. La crisis de la ética es el ‘test’ más evidente de la crisis de la antropología, crisis debida a su vez al rechazo de un pensar verdaderamente metafísico. Separar estos tres momentos —el ético, el antropológico, el metafísico— es un gravísimo error. Y la historia de la cultura contemporánea lo ha demostrado trágicamente».-


