Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
Las contradicciones de la vida y de las sociedades chocan con la percepción que tenemos de los acontecimientos y del comportamiento de los ciudadanos. Se dijo hasta la saciedad que era un peligro que podía degenerar en un caos violento el que se abrieran las puertas del país para que los que están fuera puedan volver y para que los que están tras las rejas por el simple delito de disentir hayan sido sometidos a los más crueles tormentos.
Para quienes viven en el exterior se tiende a tener una opinión distorsionada de la realidad venezolana. Se cuestiona la “pasividad” de la gente que habita nuestro suelo como una falta de valentía y de búsqueda de cambio. No nos podemos medir con lo que ha ocurrido y está ocurriendo en muchos países. Las protestas que abundan en las calles de las ciudades del mundo nos muestran día tras día las escenas dantescas de encapuchados desaforados que destrozan todo lo que encuentran a su paso. Vernos en el espejo de las manifestaciones irracionales en ciudades como París, Barcelona o Roma son la consecuencia de un mundo en cambio que pone en primer lugar la guerra y el poder del más fuerte como el camino de la paz. Nada más lejano a la realidad. Es legítimo protestar por tantas necesidades o por el hastío de no verle futuro a la vida. Pero el vandalismo no conduce a la solución. Al contrario, termina por dañar o destruir lo que sirve a la población de menores recursos. Por allí no van las cosas, aunque se utilicen argumentos baladíes que no convencen a nadie.
Por contraste, en Venezuela el vandalismo, la represión y la muerte han sido las armas de quienes nos han gobernado. El colectivo patrio, sin necesidad de campañas que llamen a la cordura y la sensatez nos ha dado y sigue dando lecciones. Queremos un cambio radical en el que no sea el populismo y la siembra del miedo la que nos tenga presos y destruyan los mejores sueños de paz y esperanza. Es una virtud contenida que no valoramos suficientemente. La racionalidad priva sobre las salidas que no dejen heridas difíciles de sanar. Es lo que estamos viviendo sin darnos cuenta para discernir el futuro que soñamos.
La falta de protagonismo personal y comunitario que nos ha mantenido maniatados durante el último cuarto de siglo no ha sido estudiado y asimilado en lo que tiene de positivo. No se trata sin más de proclamar la libertad y el derecho a la dignidad de la vida. Las elecciones son útiles cuando se cumplen normas que aseguren el respeto a la voluntad popular. Hay que elegir nuevos magistrados, pero quienes nos están sirviendo de conductores son, precisamente, quienes nos quitaron el derecho a vivir en paz, convirtiéndonos en esclavos, en soldados que solo tenemos derecho a hacer lo que nos permiten quienes se sienten dueños del poder y maestros de la verdad y la convivencia.
Lo que no se da se pierde. Hay que dar cada uno nuestra cuota de sacrificio y de entrega. No podemos seguir esperando en mesianismos que nos han traído más pobreza y miserias. Tampoco en esperar con los brazos cruzados a ver si nos tutelan y nos hacen el trabajo que nos toca. Esto no se puede lograr solos. El trabajo en equipo, el respeto al otro, la fortaleza que da el saber que hay valores y virtudes que no los podemos hipotecar bajo ningún concepto.
Es hora de actuar con paciencia, pero con un norte claro. La venganza no sana, ni el miedo nos libra de la responsabilidad personal y comunitaria. La búsqueda de la unidad en la diversidad nos invita a descubrir caminos que hay que trillar para lograr la verdadera paz e igualdad. La experiencia de este siglo, traumático para todos los venezolanos nos marca un sendero por el que no podemos volver a cruzar. Tenemos la fuerza moral y espiritual animada por la fe de la mayoría de nuestro pueblo que con sus tradiciones y su generosidad nos ha permitido sobrevivir en estos tiempos de carencias fundamentales. Sigamos la senda de la paz que no es comodidad ni cobardía pero que iluminada por la historia nos ha hecho superar lo que parecía imposible. Cultivemos más y más las virtudes más sentidas de los venezolanos para que atravesemos este desierto que nos alumbre un futuro mejor para todos. Seamos protagonistas y no simples espectadores esperando que otros nos saquen la pata del barro. Que la dirigencia tanta la desviada como la que busca abrirnos caminos entienda y nos tome en cuenta a todos para que seamos cultores de aquella ecología integral que abarca personas y entornos en el que no solo la economía guíe nuestra vida. Lo que no se comparte se pierde y es hora de corregir yerros y volver al camino deseado.-
31-10-26


