La vida se entrena cada día: fe, familia y vestuario en el año del Mundial.
En la banda, mientras España se prepara para una nueva final mundialista en Nueva York, Luis de la Fuente Castillo parece un técnico más: cuaderno en la mano, mirada serena, gesto sobrio.
Pero su autobiografía recién publicada, «La vida se entrena cada día«, y sus confesiones de fe dibujan otro perfil: el de un hombre que ha llegado a lo más alto convencido de que el talento sin trabajo no basta, y de que el trabajo sin familia y sin Dios se queda radicalmente incompleto. Para millones de españoles es “el seleccionador”; para los lectores creyentes, es además un católico que afirma sin tapujos que el Señor le da paz, seguridad, calma, tranquilidad y confianza, y que Dios está también en el mundo del fútbol.

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Un libro confesional en el año del Mundial
El pasado 6 de mayo, en un acto celebrado en el centro de Madrid y arropado por la cúpula de la Federación Española de Fútbol y por sus editores, Luis de la Fuente presentó oficialmente «La vida se entrena cada día«, la primera autobiografía de un seleccionador español publicada precisamente en el año de un Mundial. El texto resume un itinerario inusual: lateral izquierdo en Athletic, Sevilla y Alavés; formador de jóvenes en clubes modestos; delegado; seleccionador de España en categorías inferiores —campeón de Europa sub‑19 y sub‑21, oro mediterráneo y plata olímpica— y, por último, seleccionador absoluto con Nations League 2023 y Eurocopa 2024 en su palmarés antes de afrontar el reto del Mundial de Estados Unidos, Canadá y México.
El título del libro es ya un programa de vida. La vida se entrena cada día no es solo una frase motivacional, sino la síntesis de su manera de entender el fútbol y la existencia. Explica que el entrenamiento no es solo esfuerzo físico: es un ejercicio de perfeccionamiento, de voluntad de ser “un poco mejor cada día”, de competir con uno mismo. Por eso sus charlas al final de cada sesión tienen casi un estribillo: “señores, mañana hay que ser mejores”. Y no les pide nada que él no viva: sus jugadores saben que madruga para ir al gimnasio, que cuida su vida, que predica con el ejemplo. Las páginas del libro cuentan cómo se gestiona un grupo bajo máxima presión y cómo se mantiene la certeza de que ningún nombre está por encima del equipo, en un recorrido hecho de paciencia, convicciones firmes, decisiones difíciles y confianza en los suyos.
La coletilla con la que cierra sus charlas —‘señores, mañana hay que ser mejores’— funciona casi como una pequeña regla de vida, más cercana a un examen de conciencia que a un eslogan de vestuario.
Del patio de Haro al barro del fútbol profesional
El libro abre la puerta a una infancia que hoy parece lejana a los focos. Luis era entonces simplemente “el hijo de la Berti”, un muchacho riojano que jugaba al fútbol en la era, contra la pared, con piedras como portería y barrios enfrentados cada sábado a las cuatro de la tarde. Su padre, marino mercante, podía pasar más de un año fuera de casa, lo que convirtió el hogar en un ambiente matriarcal donde la madre y los cuatro hermanos se unieron con fuerza. De esa casa salieron la educación en el trabajo, el orden, la cortesía, el respeto por todos, el rechazo al mal gesto y el compañerismo vivido como algo natural.
Aquella casa sencilla, con un padre lejos y una madre al frente, fue su primera escuela de fútbol… y de fe.
Cuenta que hasta los quince años no tuvo entrenador: eran “autodidactas totalmente”, chicos que jugaban todo el día en la calle. Debutó con quince años en Tercera con el Haro y, camino al pueblo, con las luces de Vitoria al fondo, se dio cuenta de que tenía que marcharse de su casa para perseguir el sueño de llegar a Primera División. Ese momento de lágrimas silenciosas, que narra con delicadeza, marca el inicio de una vida en la que el éxito nunca ha sido barato: lesiones, parones, cambios de club, la espina de no haber sido internacional absoluto, decisiones duras que ya como entrenador le obligaron a dejar fuera de convocatorias a amigos por fidelidad a la selección. Ese tramo, narrado “en un ejercicio de total transparencia”, muestra que detrás del seleccionador hay un hombre que ha conocido la incertidumbre, el cansancio y la pérdida, y que ha tenido que reinventarse apoyándose en una fortaleza interior que no atribuye solo a sí mismo.
Antes de aprender sistemas tácticos, aprendió algo más difícil: tratar bien a todo el mundo, no hacer un mal gesto, vivir el compañerismo como algo natural.
En Sevilla, ya a los veintisiete, reconoce que hizo “clic”: entendió que muchas de sus lesiones tenían raíz en una vida desordenada. Aprendió a cuidarse, a ser profesional, a aceptar que nadie regala nada. Allí, junto al cambio de mentalidad, conoció a su mujer, una sevillana con la que ha formado una familia que él describe como “privilegio” y sostén. De Haro al Sánchez‑Pizjuán y de vuelta al norte, su biografía mezcla disfrute y nostalgia, éxitos y despedidas, pero se mantiene atravesada por una certeza: los valores recibidos en casa han sido las piedras angulares de su desarrollo como jugador, entrenador y seleccionador.
La fe elegida: entrenamiento invisible que sostiene cada jornada
Luis de la Fuente habla de su fe con una naturalidad que sorprende en el mundo del fútbol. Viene de una familia católica, pero subraya que él eligió ser católico en serio después, como adulto, tras una fase de juventud en la que creyó poder con todo y aparcó muchas cosas. “Llegué a darme cuenta de que sin precisamente la familia y sin la fe no podía vivir”, ha confesado; y que esa opción fue libre, razonada, fruto de momentos de reflexión sobre el “por qué sí y por qué no”. Elegir la fe le dio, dice, “mucha más fortaleza y seguridad”.
Cada mañana se levanta dando gracias a Dios por estar vivo y sano, consciente de que han muerto amigos más jóvenes que él. No se considera fanático ni fundamentalista, pero sí creyente desde el convencimiento, la inteligencia y la serenidad. En diálogo con medios católicos ha resumido así su experiencia: el Señor le da paz, seguridad, calma, tranquilidad y confianza, justo lo que más falta hace cuando se dirige un grupo de jóvenes sometidos a una presión mediática constante y se afrontan partidos que pueden cambiar el ánimo de un país entero. Está convencido de que “Dios está en todos los sitios, también en el mundo del fútbol”, y que cualquier lugar —un vestuario, una sala de prensa, una banda de estadio— es buen espacio para relacionarse con Él.
Cuando dice que Dios está también en el mundo del fútbol, está recordando que ningún ámbito de la vida queda fuera del alcance de la gracia.
Esa fe no es, para él, superstición. Se persigna antes de los partidos, reza cada día, visita imágenes concretas —el Cristo de la Expiración, el Cachorro, en Sevilla; la Virgen de la Vega, patrona de Haro—, pero insiste en que no confía en amuletos ni manías. “Lo mío no es superstición, es fe”, ha explicado: si reza hoy o mañana es porque lo lleva haciendo desde hace años. Reza por salud y trabajo para todos y no oculta que le tranquiliza saber que toma decisiones “con cierta iluminación, con el apoyo de Dios”. Su devoción es personal pero no se queda encerrada: anima a otros a formarse, a no avergonzarse de su fe y, incluso, a apuntarse a la clase de Religión para conocer mejor el Evangelio.
Su oración diaria es el calentamiento de la confianza: ahí se juega la paz que luego se nota en los partidos grandes.
En este contexto, el “entrenamiento invisible” del que habla en su libro tiene para el lector creyente un significado profundo. No es solo cuidar la alimentación, el descanso o la cabeza, sino alimentar la vida interior: oración, sacramentos, agradecimiento, lectura de la Palabra. La paz que describe no es ausencia de problemas, sino la serenidad de quien se sabe en manos de Alguien más grande que cualquier marcador.
La fe, elegida en libertad tras una juventud llena de pruebas, se ha convertido en su verdadero plan de juego para la vida.
Buena persona antes que estrella: liderazgo cristiano
Si hay una frase que resume su ética es ésta: “cuando selecciono a un jugador, exijo que sea buena persona”. Y no es una expresión vaga. Define “buena persona” como alguien con principios, solidario, generoso, capaz de trabajar en equipo con capacidad de sufrimiento, que antepone el grupo a la individualidad. Ha conocido compañeros egoístas, que pensaban solo en sí mismos, y sabe que el equipo lo nota. Prefiere que juegue otro antes que quien pone su lucimiento por delante del bien común. En su experiencia, “normalmente los grandes jugadores son jugadores de equipo”: cracks que, puertas adentro, son buenos compañeros.
Su liderazgo responde a una lógica cristiana del servicio. Repite que “estás para servir, no para servirte de tu posición” y que el capitán está para ayudar en todo lo que pueda. El concepto de ayuda, dice, “tiene que estar en todos los liderazgos”. En un episodio que cuenta, tras un error grave con el material, reunió a los capitanes y les dijo que lo fácil era buscar un responsable y fulminarlo, pero recordó una frase de su padre: “hay que ser fuerte con el fuerte y débil con el débil”. Ante utilleros hechos polvo, que no paraban de llorar y se sentían culpables, optó por sostenerlos y no por aplastarlos. Esa elección de misericordia frente al castigo ejemplar ilustra bien su modelo de autoridad.
También desdramatiza la derrota. No cree en el fracaso cuando uno ha dado todo. Explica que en el fútbol se pierde más de lo que se gana y que se puede perder siendo mejor que el rival. Lo innegociable, por tanto, no es el resultado, sino el esfuerzo, el sacrificio, el empeño, el trabajo en equipo. La derrota, asumida con madurez, puede convertirse en aprendizaje: “naturalizar la derrota te libera y eso te hace arriesgar más, ser más libre, jugar mejor”. Esa visión encaja con su fe: las victorias y las derrotas no definen su vida ni su valor; son parte de una historia mayor en la que lo decisivo es la fidelidad diaria.
En un deporte que idolatra el resultado, él insiste en que lo innegociable no es ganar siempre, sino esforzarse siempre.
España como comunidad: familia, bandera y selección
Luis de la Fuente no ve la selección solo como un conjunto de jugadores, sino como una imagen de la sociedad: “un lugar globalizado”. Describe la multiculturalidad, la disparidad de creencias religiosas y las diferencias ideológicas presentes en el vestuario, pero subraya que todo está atravesado por un fuerte sentimiento de pertenencia. “Cala el concepto de unión, de defender algo que nos identifica”, explica. Lo importante es que todos buscan el bien común porque son conscientes de lo que representan.
Desde niño vivió los partidos de España como algo especial: en Haro, cuando jugaba la selección, la familia preparaba cenas y se sentaban con su padre frente al televisor. Ahora, como seleccionador, insiste en que es “el entrenador de todos”, que no le condiciona en absoluto el club de procedencia de los jugadores y que no se hipoteca con nadie: mantiene una relación cercana con muchos de ellos y con sus familias, pero precisamente por esa cercanía sabe que su honestidad está en convocarlos o dejarlos fuera por criterios estrictamente deportivos.
En cuanto a España, su bandera y su himno, se declara “español, católico y taurino” sin complejos. Defiende que decir que le gusta su país y que se emociona con la bandera no es ofender a nadie, siempre que se respete igual lo que otros sienten por el suyo. Le duele que defender los propios símbolos parezca sospechoso y cree que la clave está en vivirlo en libertad, sin agresividad y con pleno respeto a todas las sensibilidades.
Tiempo añadido: una segunda oportunidad en Nueva York
Con todo este bagaje —biográfico, espiritual, ético— llega Luis de la Fuente al Mundial de Estados Unidos, Canadá y México. No oculta que acepta la responsabilidad de dirigir una de las selecciones candidatas a ganar la copa. Considera legítimo pensar que España tiene “capacidad para pelear hasta el final” y confiesa que ve a sus jugadores como “los mejores del mundo”. Pero incluso esa convicción está atravesada por realismo: sabe que, aun siendo superior, se puede perder, y que precisamente esa fragilidad obliga a cuidar todos los detalles, desde la preparación física hasta el entrenamiento invisible de la fe y la vida interior.
Reconoce que la vida le está ofreciendo una “segunda ocasión” de vivir sueños que se le escaparon como futbolista. Nunca fue internacional absoluto, pero, como seleccionador, ha conquistado una medalla olímpica, ha levantado una Nations League, ha acudido a una Eurocopa y la ha ganado, y ahora afronta una final mundialista en Nueva York este domingo 19 de julio. Por eso saborea más cada momento: hoy es plenamente consciente del privilegio que supone pisar esos escenarios internacionales, y también de que lo más decisivo se juega en otro lugar, en la fidelidad cotidiana, en la familia y en la fe que entrenan su alma cuando nadie mira.
El resultado de la final dirá si España borda su segunda estrella o si la victoria se escapa, pero el propio título de su libro parece anticipar la lectura creyente que él hará del torneo: la vida se seguirá entrenando cada día.
Incluso si llega la segunda estrella, sabe que la verdadera luz no viene del escudo, sino de Aquel que le acompaña en cada decisión.
El éxito que de verdad importa no se mide en copas ni en estrellas bordadas en la camiseta, sino en santidad, en servicio y en amor a los suyos. Y quizá esa sea la verdadera novedad que ofrece Luis de la Fuente al mundo del fútbol: recordar, desde un banquillo y con naturalidad, que Dios está también en el vestuario, que está en todos los sitios y que, cuando se le deja, puede convertir un deporte de masas en escuela de vida cristiana.
Si se gana o se pierde en Nueva York, el compromiso queda: seguir entrenando la vida cada día delante de Dios y de los suyos.

Luis de la Fuente, seleccionador de España, apoyando su liderazgo en la familia, la fe y la exigencia diaria.-
ReL


