Misionero, escritor y acompañante espiritual, falleció el 26 de octubre a los 91 años. Deja una obra de formación y encuentro en La Habana y el recuerdo de una vida dedicada a servir, escuchar y confiar en los demás
El padre Manuel Uña Fernández, O. P., ha muerto a los 91 años. El dominico zamorano, que entregó casi tres décadas de su vida a Cuba, falleció el lunes 26 de octubre. Con él se pierde un misionero que hizo de la palabra un servicio, de la escucha una forma de cercanía y de la confianza en los demás un modo de construir Iglesia.

Hay unas palabras suyas que hoy sirven mejor que cualquier elogio para despedirlo: “En Cuba, he deseado dar lo mejor a todos, pero este pueblo que tanto quiero ha sido quien me lo ha dado todo, no me ha podido dar más: su confianza y su cariño”. Las escribió al cumplir 86 años, cuando la vejez lo invitaba a mirar atrás sin dejar de buscar cómo seguir sirviendo. No hablaba como quien presenta una cuenta por los servicios prestados, sino como quien reconoce una deuda de amor.
“Para servir a todos”
Nació en Tardemézar de Vidriales, Zamora, el 10 de junio de 1935. Ingresó en la vida dominicana, tomó el hábito en 1952 y completó su formación filosófica y teológica en Granada. Fue ordenado sacerdote en Guadix el 15 de marzo de 1959. Poco después escogió un lema que acompañaría su trayectoria: “Para servir a todos”.
Ese “todos” ayuda a entenderlo. Su vocación no se agotó en las responsabilidades que fue recibiendo, aunque las desempeñó en ámbitos muy distintos. Pasó por Almería, fue prior del convento y rector de la basílica de Nuestra Señora de la Candelaria, en Tenerife, y amplió sus estudios de Teología en la Universidad de Santo Tomás de Roma. También ejerció como provincial de los dominicos de la Bética.
Pero su propia memoria concedía un lugar especial al aprendizaje recibido fuera de las aulas. “En la década de los 60, conviviendo con los obreros en Almería, ellos me fueron diciendo cómo esperaban que fuera el sacerdote”, recordaba. Hay mucha verdad pastoral en esa confesión: no sólo predicar a los demás, sino dejar que los demás enseñen al predicador qué es lo que necesitan de él.
Cuba, una pertenencia
En 1993 pidió ser destinado a Cuba y llegó al convento de San Juan de Letrán, en La Habana. Allí abrió una etapa decisiva. Fundó y dirigió el Aula Fray Bartolomé de las Casas en 1995 y el centro del mismo nombre en 1998. La formación, la cultura y el encuentro se convirtieron en parte de su trabajo misionero.
Su estancia tuvo una interrupción entre 2000 y 2004, cuando regresó a España para ejercer de nuevo como provincial. Después volvió a La Habana, donde permaneció hasta finales de 2021. No fue una visita prolongada ni un destino cumplido con distancia, porque dedicó a la isla casi treinta años de su vida y acompañó a miles de personas.
Su vínculo con Cuba no se explica sólo por lo que hizo allí. También por lo que dejó que Cuba hiciera en él. Al celebrar sus 86 años, escribió: “Durante 28 años, en San Juan de Letrán, he sido y soy muy feliz”. Lo decía con los trabajos vividos a cuestas, no desde una existencia ajena a las dificultades.
Acompañar sin ocupar el centro
En su trayectoria como director espiritual y acompañante, la escucha fue inseparable de la confianza. Fray Felicísimo Martínez destacó precisamente su “capacidad ilimitada para confiar en los demás” y recordó a cuántas personas había incorporado a sus proyectos pastorales y, especialmente, a la obra de San Juan de Letrán.
Confiar es una manera de reconocer al otro. Significa no reducirlo a sus límites ni adelantarse a decidir por él. En Manuel Uña, esa disposición permitió que sus iniciativas no fueran únicamente la prolongación de una voluntad individual.
Por eso resulta tan apropiada la imagen del sembrador con la que quiso contar su vida. Sembrar exige trabajo, pero también aceptar que el crecimiento no pertenece por entero a quien deposita la semilla. Hay que preparar, cuidar y saber esperar. Para un acompañante espiritual, esa paciencia vale más que la pretensión de tener siempre una respuesta.
El libro que dedicó a sus memorias, Vivir a corazón abierto. Memorias de un sembrador, fue presentado en San Juan de Letrán en abril de 2021. El título deja entrever cómo deseaba mirar su recorrido: sin blindarse, reconociendo lo recibido y lo entregado.

El escritor que custodiaba otras vidas
Su labor de escritor incluyó también el trabajo de investigación. En El padre Vázquez. Un dominico universal reconstruyó la biografía de fray Francisco Vázquez, nacido en Olloniego, Asturias, en 1868 y fallecido en 1956. La obra fue presentada como fruto de una investigación rigurosa y meritoria.
Escribir sobre otro fraile era también una forma de servicio, porque significaba rescatar una trayectoria, reunir su memoria y ofrecerla a quienes no habían podido conocerla. El predicador prolongaba así su palabra en el libro, con otro ritmo y otra responsabilidad.
No todo en su escritura era investigación o memoria biográfica. También dejó páginas de espiritualidad nacidas de objetos y experiencias cotidianos. Una de las más hermosas es la reflexión que dedicó a su bastón de caña de bambú. En ella encontró una parábola de la ancianidad y de su propia vocación.
La lección de un bastón
El bastón había sido un regalo de sus hermanos. Manuel Uña observaba que el bambú es resistente, que puede inclinarse sin romperse y que sus cañas se sostienen unas a otras. Su fragilidad física no lo llevaba a encerrarse, sino a buscar un lenguaje para comprender esa nueva etapa.
“Hoy siento la llamada a ser un instrumento vacío de mí mismo, como Jesús que se hizo uno de tantos”, escribió. Y pidió a quienes lo querían que lo ayudasen a dejarse “tallar”. A sus 86 años, seguía hablando como alguien dispuesto a aprender.
No pretendía disimular el paso del tiempo. Buscaba vivirlo con verdad: “Necesito ser silencio, hacerme silencio”. Lo que durante décadas había expresado mediante la predicación, la formación y el acompañamiento encontraba ahora otra cadencia. La palabra no desaparecía; necesitaba una hondura distinta.
En aquella misma reflexión citaba a Dulce María Loynaz: “El que no ponga el alma de raíz, se seca”. La frase parece escrita para nombrar su pertenencia a Cuba, donde puso tiempo, pensamiento, oración y afecto. Y recibió una confianza que, al final, consideraba su mayor regalo.

El regreso a su tierra
Tras sus últimos años en La Virgen del Camino, su despedida reúne los lugares que marcaron su vida. Los funerales están previstos este miércoles 28 de octubre a las 12:30 en La Virgen del Camino y a las 16:00 en la iglesia de Tardemézar de Vidriales, antes de su inhumación en el cementerio de su pueblo natal.
Vuelve a la tierra donde nació después de haber echado raíces al otro lado del océano. Quedan sus libros, la obra formativa que impulsó y las personas que encontraron en él a alguien dispuesto a escuchar.
Al cumplir 86 años escribió que quería “continuar siendo fiel y feliz”. Quizá sea la despedida más justa para el padre Manuel Uña, un hombre que no entendió la fidelidad como endurecimiento ni la felicidad como comodidad. Un fraile que quiso servir a todos y que, al hacer balance, prefirió dar las gracias.-


