Nadie gana, todos pierden

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Elias Farache:

Las elecciones del 27 de octubre de 2027 arrojaron un resultado bastante previsible. Los bloques enfrentados no pueden juntar los sesenta y un escaños necesarios para lograr la coalición. Las intensas negociaciones que se prevén, cuando no muy largas y desgastantes, lucen muy complicadas. Se necesitan demasiadas concesiones y retractarse de muchas posiciones que constituyeron la base de promesas electorales de una reñida campaña. 

La oposición no pudo consolidar una ventaja aparente en las encuestas, cuando los cuatro partidos que conforman el bloque no se decidían por un líder del bloque y tartamudeaban su apoyo irrestricto a Gadi Eisenkot. Cada uno de los partidos integrantes presentó con mucha vehemencia su negativa a sentarse en una coalición con Benjamín Netanyahu, o con los ultraortodoxos, o con los árabes. Siendo así, y con solo 47 escaños obtenidos sni contar la eventualidad negada de una coalición con los votos árabes, las cosas son difíciles.

El Likud logra un resultado mejor de lo esperado, con Nentanyahu mejor parado de lo previsto. Sus 27 escaños lo sitúan como el partido más votado, pero no lo suficiente como para consolidar al bloque de gobierno. Al momento de escribir esta nota, no se sabían de avances en las conversaciones entre bloques, ni entre los componentes de los bloques. El fantasma de nueva convocatoria a elecciones ronda con mucha fuerza en el ambiente, aún antes del llamado del presidente Isaac Herzog a los partidos para dar un mandato de formar gobierno al líder del bloque que estime con más opción.

El voto árabe fue muy alto, el más alto de la historia electoral israelí. Una coalición que se base en el voto árabe resulta en algo traumático para la sociedad israelí. No se trata de vetar a la importante población árabe israelí. Tiene que ver con la posición de la dirigencia política del sector que no fue nada solidaria con lo ocurrido el 7 de octubre de 2023, que se niega a condenar a Hamas y declarar que se trata de una organización terrorista. Todo esto antes de entrar a considerar los temas de reconocimiento del derecho de los judíos a un estado, o las lealtades a causas que adversan la existencia misma de Israel, o el futuro de Gaza y Hamas.

Mientras la dinámica electoral de Israel sigue su errático curso, los temas de vida o muerte para el país siguen latentes. El presidente Donald Trump anuncia, este fin de semana, la aparente decisión de reanudar las hostilidades contra Irán tan pronto finalice la elección de medio término pautadas para el 3 de noviembre. El despliegue de defensa de los americanos en varios sectores del globo hace presumir que temen la capacidad de retaliación iraní en proporciones nunca vistas. Esto viene a demostrar que, las denuncias que por décadas han venido haciendo Benjamín Netanyahu acerca de la peligrosidad de Irán en varios ámbitos, tienen una impactante y peligrosa veracidad.

El ciudadano israelí sigue sometido a una fuerte presión desde adentro y desde afuera. Una larga negociación para formar coalición, un nuevo proceso electoral, supone un país que termina paralizado, con efectos en todos los aspectos del país: economía, defensa, educación. Una reanudación de la guerra con Irán significa un estado de tensión indescriptible con idas y venidas a los refugios, destrucción y nerviosismo. Sin contar que los demás frentes están solo en reposo, no eliminados ni tampoco profundamente dormidos: Hizbolá, los huties en el Yemen, los atentados dentro de Israel, la Autoridad Palestina y sus confusas posiciones.

Los bloques enfrentados parecen muy distantes entre sí. Las posiciones asumidas parecen muy difíciles de conciliar, los egos salen a flote y el tema de sacar a Benjamín Netanyahu del panorama político israelí es una tarea que ha tomado demasiado tiempo, desgatado a todos y sin beneficios reales ni aparentes. Pero Bibi sigue siendo el factor de unión y desunión todavía. Como mencionásemos varias veces, las elecciones no significan que los problemas de Israel desaparecen. Simplemente pasan, por un muy breve tiempo, a un segundo plano.

Es evidente que nadie ha ganado. Benjamín Netanyahu y el Likud se llevan una medalla por tener más votos, Gadi Eisenkot se presenta como un líder confiable, los partidos individuales mantienen presencia. Los árabes dan una sorpresa que no parece poder capitalizarse. Los ultra ortodoxos deslucen y se ven perdidos. 

Es evidente que cuando nadie gana, todos pierden. Ni siquiera se trata de un empate.

Elías Farache S.

1 de noviembre de 2026

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