París, 15 de julio de 2026
Frente a una elección de ruptura, renovemos nuestro compromiso al servicio de la vida.
Este 15 de julio de 2026 marca una ruptura grave en la historia de nuestro país. Al elegir legalizar la eutanasia y el suicidio asistido, los diputados han inscrito en la ley francesa la posibilidad de provocar la muerte. Esta elección rompe con la larga tradición del cuidado, cuya vocación es aliviar el sufrimiento y acompañar a cada persona hasta el término natural de su vida.
Desde hace cuatro años, junto con los obispos de Francia, hemos participado de manera seria y responsable en el debate sobre el final de la vida, mediante la expresión de nuestras convicciones y en diálogo con todos. Apoyados en la experiencia multisecular de la Iglesia en el acompañamiento a personas enfermas, moribundos y sus familias, hemos querido compartir nuestras reflexiones sobre la dignidad de toda vida humana. El Presidente de la República había anunciado un debate sereno, informado y respetuoso, pero es evidente que los intereses políticos, ideológicos y, sin duda, incluso económicos, disfrazados con palabras engañosas, vencieron esta ambición. Una cuestión tan esencial para nuestro pacto social merecía, sin embargo, que las consecuencias humanas, médicas, éticas y sociales de la eutanasia y del suicidio asistido fueran plenamente consideradas.
Los efectos de una legislación de este tipo aún no se pueden medir, pero ya se vislumbran. Nuestra relación con la vulnerabilidad, la vejez, la discapacidad o la enfermedad cambiará. El vínculo de confianza entre las generaciones, pero también entre los profesionales de la salud, los pacientes y sus familias, se deteriorará, y la mirada de la sociedad sobre la fragilidad se verá dañada. Los más pobres corren el riesgo de ser los primeros en pagar el precio: al no querer ser una carga para sus hijos o nietos, las personas mayores en situación de precariedad podrían sentirse empujadas a partir. Además, la experiencia de otros países muestra que los criterios de acceso a la ayuda para morir tienden siempre a ampliarse, en detrimento de los cuidados paliativos.
Más allá de la desaprobación, esta votación del 15 de julio nos llama, por tanto, a un compromiso renovado junto a las familias, el personal sanitario, los voluntarios, los cuidadores cercanos, las asociaciones y los capellanes, para dar testimonio de que otra vía es posible: la de una presencia fiel y un acompañamiento atento que alivie los sufrimientos físicos o psicológicos, sin abandonar jamás a nadie.
La Conferencia de los Obispos de Francia expresa su profunda gratitud a todos aquellos que, cada día, sirven a las personas enfermas, discapacitadas, ancianas o en el final de su vida. Asimismo, anima a los centros de salud católicos a ser testigos fieles de la indispensable atención ética al respeto de los valores humanos fundamentales, absteniéndose de comportamientos claramente ilícitos desde un punto de vista moral, en virtud de la dignidad de toda vida humana.
Por último, seguirá con atención los recursos anunciados ante el Consejo Constitucional, así como las contribuciones voluntarias de las asociaciones, con el fin de que se garantice, en particular, el respeto a la ética de las instituciones comprometidas en el acompañamiento de personas al final de la vida y que excluyen el recurso a la eutanasia o al suicidio asistido.
Los católicos de Francia seguirán, junto con muchos otros hombres y mujeres de buena voluntad, creyentes o no, sirviendo a la vida. Lo harán animados por la firme esperanza que les da el Evangelio, sin espíritu de resignación ni de confrontación, convencidos de que la grandeza de una sociedad nunca reside en dar la muerte a los más frágiles o permitirles que se la den, sino, al contrario, en acompañarlos, mediante una fraternidad real, hasta el final. Porque el Cristo en quien creen ha venido para que el mundo tenga vida.-
Cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella, presidente de la Conferencia de los Obispos de Francia
Monseñor Vincent Jordy, arzobispo de Tours, vicepresidente de la Conferencia de los Obispos de Francia
Monseñor Benoît Bertrand, obispo de Pontoise, vicepresidente de la Conferencia de los Obispos de Francia


