Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
Me tomo el atrevimiento de “robarle” un trozo de su excelente ensayo A JUAN PABLO GÓMEZ COVA, para invitar a mis lectores a buscar en el Papel Literario de esta semana el texto completo pues no tiene desperdicio. Se me antoja que es una parábola muy actual. Lo que está pasando con la explotación petrolera y minera en Venezuela es una especie de maldición pues lo que debe ser riqueza para todos queda en beneficio para unos pocos sin que la mayoría de la población disfrute de ese paraíso que es nuestro suelo y subsuelo, preñado de posibilidades para todos pero que se convierte desde las perlas de Cubagua hace más de cinco siglos hasta el tutelaje de hoy en una verdadera ilusión que se convierte en desilusión. Conocer, mejor leer a los literatos de la tierra que nos proporcionan el espejo de lo que somos no es un simple juego retórico. Es parte de la memoria que nos exige darle a la identidad cultural venezolana su puesto. He aquí los primeros párrafos del ensayo de Gòmez Cova.
“En su libro Orígenes venezolanos Arístides Rojas nos cuenta el impacto que produjo en Cristóbal Colón su primer encuentro con unos buzos guaiqueríes que se zambullían en las profundidades del mar, frente a la isla de Cubagua, para emerger después rebosantes de perlas. Entre los relatos de los cronistas y la fecunda imaginación de Rojas, fue recreado el episodio del primer intercambio comercial entre guaiqueríes y europeos: el conquistador entregó como dádiva un plato de Valencia a una muchacha indígena que, a su vez, devolvió el gesto regalándole su hermoso collar de perlas”.
“El hallazgo de estas piedras preciosas propició la fundación del primer asentamiento colonial en Sudamérica: Nueva Cádiz de Cubagua. Esta recreación persistió en la memoria de Enrique Bernardo Núñez, al reproducirla en su alucinada novela Cubagua, por medio del pensamiento del ingeniero Leiziaga, cuando escucha que es probable que en Margarita haya petróleo. La codicia estimula las imágenes: “De una vez podría realizar su gran sueño. En breve la isleta estaría llena de gente arrastrada por la magia del aceite. Factorías, torres, grúas enormes, taladros y depósitos grises: ‘Standard Oil Co. 503’. Las mismas estrellas se le antojan monedas de oro, monedas que fueron de algún pirata ahorcado. Los hombres que se mueven como dormidos desaparecerían. De pronto se sintió turbado creyendo oír en el espacio un rumor humano”.
“El problema de la riqueza es que, por naturaleza, entra en conflicto con la idea de la soberanía. Todos quieren la riqueza y se la disputan, sin proponer un sereno debate sobre la legitimidad de su explotación. Cuando el mecanismo mágico de la riqueza del subsuelo hace aparición, se desatan dos demonios muy distintos: el entusiasmo y el temor (o la ilusión y la desolación). Quizás sean actos reflejos de nuestra memoria colectiva por culpa de aquella primera riqueza malograda: el obsceno y despiadado saqueo de las perlas. La posibilidad del porvenir arrastra la mácula del pecado original: el desastre fundacional”.
Así pues, en cierto modo se diría que, en Venezuela, fue el Apocalipsis en el Génesis. En el principio fueron las perlas. Después, apareció el bitumen y entonces la narrativa de ficción hundió su mirada recelosa en aquel sospechoso mineral viscoso, con una resonancia triste: “En el principio fue el mene”, dice el narrador de “Sobre la misma tierra”, en su magnífica segunda parte. El contraste entre el uso natural e ingenuo de los pobladores (usaban el bitumen para “sacarse los resfriados”, aliviar las plantas de los pies y también para el calafateo de las embarcaciones) frente a la malicia de los geólogos extranjeros que, cuando empezaron a percatarse de la magnitud del tesoro, compraban ejidos y terrenos baldíos mientras jugaban al despiste procurando que el gran secreto no se divulgara”.
“La letanía del coro trágico que siempre entonamos: “La estupenda suerte ajena junto al descuidado infortunio propio, sobre la misma tierra”. Una novela que tiene trazos muy fluidos, más allá de torpezas concretas, como la inverosímil conversión de Mr. Hardman. Pensando en aquel caluroso agosto de 1498, fue como si un fantasma engañoso ocultara su rostro de desolación y pérdida tras un antifaz de opulencia, una continua sensación de fracaso diluido en esa atmósfera, en ese paisaje idílico, en esa tierra de gracia. Sigue siendo un misterio lo que ocurrió en Cubagua: acaso una confluencia de epidemias, terremotos, agotamiento de recursos y falta de agua. La única certeza es que los ostrales (y los indígenas extractores) se habían agotado. ¿A alguien ya entonces se le habría ocurrido alguna frase análoga a “excremento del diablo” para hablar de las brillantes pepitas escondidas en las ostras? Nueva Cádiz simplemente se había desvanecido para siempre”.
Mientras no seamos capaces de superar la instrumentalización ideológica para ocultar conflictos y armonizar las situaciones de desigualdad e injusticia seguiremos dando tumbos sin encontrar el rumbo a la Venezuela que soñamos y tenemos que reconstruir desde los escombros de los que nos han saqueado y engañados permanentemente.-
18-10-26


