Rafael María de Balbín:
Este autor presenta una visión sugerente de la potencia activa, cuya perfección y alcance superan con mucho a la potencia pasiva (Juan José Sanguineti. Metafísica y Persona Año 10 — Enero-Junio 2018 — Número 19).
<<En su raíz, explica Tomás de Aquino, el dominio sobre los opuestos estriba en que la inteligencia humana no está coartada por una forma o un grupo de formalidades, sino que está enteramente abierta al ser trascendental, por lo que domina entre todas las formas de ser, con una máxima amplitud que permite la libertad electiva (p.37). El hombre es libre porque con su voluntad e inteligencia está abierto a la amplitud universal del bien y la verdad, trascendentales del ente>> (p.38).
Esta amplitud, intelectual y volitiva, le da a la persona humana enormes posibilidades:
<<Por eso no se agota nunca en lo que hace, sino que siempre puede re-considerarlo, examinarlo y hacer nuevas cosas. El alma intelectual, en cuanto es comprensiva de los universales, tiene potencia para cosas infinitas (p.39). Se llega así a la conclusión de que la libertad, siempre entendida en unión con la inteligencia y sin perder de vista su orientación a la verdad y al bien–que en el hombre puede fallar–, es lo más poderoso del universo. Escribe el Aquinate citando a San Bernardo: “El libre arbitrio es lo más poderoso que existe por debajo de Dios” (Liberum arbitrium est potentissimum sub Deo)>> (p.40).
Extensivamente cabe hablar también de la potencia divina:
<<En este sentido, la potencia de la libertad –intelectual, voluntaria– entendida en su pureza y en su máxima amplitud, es atribuible en grado sumo a Dios. Con respecto a la creación del universo, y a otras obras de Dios en el mundo, tal potencia es concretamente su Omnipotencia>> (p.41).
Sin embargo, aparecen algunas dificultades:
<<El tema se vuelve metafísicamente (y teológicamente) más arduo si consideramos la libertad con la que Dios se ama necesariamente a Sí mismo, sin que tenga “potencia” para no hacerlo. No se trata de una necesidad física, ni lógica. Es la necesidad como perfección del amor. Algo análogo se puede plantear respecto a la “imposibilidad de pecar” de que gozan los bienaventurados que ven a Dios, en el contexto de la teología tomista (p. 42). Tomás de Aquino resuelve este problema, entre otros argumentos, señalando que Dios no puede hacer lo que no puede querer (p. 43), y además aduciendo que ciertas cosas que implican potencia según el nombre, en realidad son defectos: de potencia, así como hay muchas negaciones que se incluyen en afirmaciones. Como cuando se dice que algo puede fallar, según el modo de hablar parece aludirse a una potencia, pero en realidad esto implica más bien un defecto de potencia>> (p. 44).
La persona humana es libre y ello implica escogencia:
<<La libertad humana implica indeterminación y por consiguiente opción–decisión– ante bienes finitos, o en todo caso ante Dios si la voluntad humana aún no lo posee plenamente en presencia y visión de amor. Por eso la libertad implica poder escoger con gratuidad y generosidad entre bienes finitos opcionales –a veces para donar algo por amor–, o bien poder escoger entre muchas vías posibles para llegar a bienes necesarios. A esto se añade también la posibilidad de escoger mal. Pero la opción entre el bien y el mal no es lo más característico de la libertad, sino más bien un defecto de la libertad humana: “Querer el mal ni es libertad ni parte de la libertad, aunque sea cierto signo de libertad”>> (p.47).
El poder de Dios no es comprensible con parámetros humanos:
<<El poder sumo de Dios, en esta línea, no debe verse en términos cuasi-físicos o de fuerza impositiva, meramente voluntarista, super-técnica, como a veces suele pensarse en términos ockhamistas, sino más bien como la generosidad de un amor sapiencial que crea las cosas, las fortifica con poderes propios y las hace creativas por participación según diversos grados. Señala Wood: “Dios es el Uno y el Otro vinculados por el Amor [alusión a la Trinidad]. La creación es la sobreabundancia del poder divino en virtud de la generosidad del amor divino en la Otreidad dentro de Dios”. Esta generosidad hace que Dios, con su Omnipotencia, cree seres a su vez potentes, capaces de obrar, de perfeccionarse y de perfeccionar a otros, cuyo grado máximo es la libertad creada del hombre>> (p.48).
El poder de la persona humana deber ser arnonizado con las libertades de los demás:
<<Los límites del poder con respecto a los demás son especiales, porque a la complejidad se añade la libertad personal. Un dominio puramente técnico, médico, económico, jurídico, militar, policial, sobre las personas, si no está mediado por la relación ética fundamental de respeto y amor, es deshumanizante. La pretensión de controlar a la gente principalmente con medios compulsivos degenera en tiranía y violaciones, lo que tiene consecuencias negativas en la educación, la política y en todo tipo de ámbitos sociales. Las personas, si son subordinadas, no deben ser dominadas, sino gobernadas. Jugamos aquí, de nuevo, con dos sentidos de la palabra dominio, uno positivo, en el sentido de “señorío” o dominio moral-político, y otro negativo, como control sobre los demás al margen de su libertad (dominio esclavizante) Al pasar al hombre en cuanto ser personal, la potencia más característica es su libertad, que debe comprenderse en estrecha unión con la inteligencia y la voluntad como capacidad de amar y, en consecuencia, de tomar decisiones buenas>> (Idem).-
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