Raimundo Andueza Palacios, el presidente hedonista

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Eleazar López C :

 

A la criolla, Andueza Palacio era bonchón; no tanto como Castro, que
era bailador y mujeriego, pero, sin duda, nuestro reseñado era proclive
a la rochela. Le gustaban las fiestas y si no bailaba, era atacón.

De su imagen pública se puede decir que era conocido por su altura
(1,90 m) y obesidad; su grandilocuencia; y por ser adepto a las fiestas;
mujeriego y de gusto excesivo por el alcohol.

En resumen, le gustaban las fiestas, las mujeres y los palos.
Pero vamos a darle un chance al hombre…

Lo primero es que Andueza, que había nacido en Guanare en 1846,
debió ser un hábil político, porque pasó por muchos cargos, a su vez
pasando por encima de las competitivas fieras que conformaban el
zoológico de la política de entonces. Así conoció los entretelones del
poder, en lo cual comenzó siendo muy jojoto.

A los veinte años ya tuvo responsabilidades políticas, al ser primero
edecán y luego secretario del presidente Juan Crisóstomo Falcón, el
hombre del dominó como forma de hacer política.

Con motivo del traslado al Panteón Nacional de los restos mortales
del expresidente Mariscal, el entonces pichón de político comenzó a
mostrar sus dotes en la oratoria, logrando cierta relevancia por su
emotivo discurso (¡Ese muerto no ha muerto!).

Con alianzas y pagando con generosos favores, ascendió por encima
de rivales que tuvieron que rendirse ante sus diestros manejos del poder
y de la política.

Como en la Fiesta en Elorza, el 19 de marzo de 1890, Andueza
celebró la presidencia de dos años, que quiso estirarlos, pero la jugada
le salió mal con Crespo, quien, a su vez, terminó mal, muerto en la
refriega de la Mata Carmelera donde hubo 10 mil muertos.

Lo bueno de su presidencia es que su periodo es recordado por las
garantías a la libertad de prensa, así como por las obras públicas
emprendidas como consecuencia de la bonanza fiscal que trajo consigo
la mejora de los precios internacionales del café. Este clima de
abundancia le permitió una política de dádivas y ayudas económicas,
con miras a reforzar sus apoyos y configurarse como figura autónoma.

A estas alturas, sobre todo se le agradece haber terminado el Hospital
Vargas, pero sus obras incluyen el acueducto de Barquisimeto, que se
rehízo en el quinquenio de López; la remodelación del Palacio Federal
Legislativo y el decreto mediante el cual los colegios nacionales de
primera categoría, en Maracaibo y Valencia, se convirtieron en las
universidades del Zulia y Carabobo.

A ello le agregamos el tramo
ferrocarrilero Aroa-Barquisimeto y las esculturas en homenaje a José
Félix Ribas para la plaza del mismo nombre en la Victoria, Aragua,
ciudad donde, por haber allí vencido a Matos, se convirtió en el Maracay
de Castro.

Precisamente con Castro, años después de zaperocos por su
pretendido continuismo en 1892, hallamos al camaleónico Andueza
como Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de don Cipriano,
hombre de súbitos lances nacionalistas que buscaba real con
desesperación, pues las deudas desde la Independencia, sumadas a la
de los sucesivos caudillos y Guzmán, para repartir entre sus generales,
sabía que le iban a pasar factura.

En este cuadro sale favorecido Andueza por una pintoresca
circunstancia geopolítica.

Dentro de la política expansiva de “un lugar bajo el sol” del Káiser
Guillermo II, Alemania le había puesto el ojo a Margarita. Ávido de
fondos (y sin tomar en cuenta la Doctrina Monroe), Cipriano Castro
decidió presentar en consejo de ministros la venta de la isla a los
alemanes.

—¿Cómo va a ser? —se oyó un cuchicheo; pero antes de que el
asunto se sometiera a votación, se alzó la imponente figura de Andueza,
quien se opuso rotundamente a la negociación.

Gracias a esto, es que a aquel personaje parrandero y bonachón,
Venezuela le debe que los margariteños no terminaran diciendo Sohn
des Teufels, o sea, Sohn des Teufers, con la ere, que viene siendo hijo
‘er diablo en alemán.

Lo del fulano “continuismo”, anterior a eso, se entiende porque a
Andueza le había gustado tanto la cosa de la presidencia que, para el
período 1893-1895, pretendió que su Raimundo para todo el mundo
fuera aceptado por sus enemigos.

¿Y por qué no anhelar el poder?

Cuando algunos amigos, ávidos de ganar dinero, le ofrecían participar
en negocios, él los rechazaba.
—¿Para qué?… Si yo tengo el mejor negocio del mundo, que es el
Tesoro Público.

Para su frustrado segundo período, quisieron saber cómo iba a hacer
campaña, a lo que contestó:
—Mi campaña será encaramarme en la Torre de la Catedral y lanzarle
monedas y más monedas a la gente.

Otra razón por la que le gustaba el cargo se relacionaba con la
accesibilidad a las féminas, pues a más de a un amigo le decía y repetía:
—Chico, la presidencia es una delicia. La cacería se te pone en la
mira de la escopeta.-

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