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Iglesia Venezolana

Reconstrucción cultural de Venezuela

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Last updated: marzo 4, 2026 10:51 am
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Published: marzo 4, 2026
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Mons. Ovidio Pérez Morales:

Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.

En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.

En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano, abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios; tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco siglos entre lo hispano y lo indígena.

En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político (concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y literario).

Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante corrupción, hegemonía comunicacional).

Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible, por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional, acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión. En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que sólo Dios conoce a fondo.

Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos, apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y aplicar.

Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática, ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”.-

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