Rafael María de Balbín:
Los antiguos decían: Si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepara la guerra. Parece una apología de la guerra, pero en realidad no lo es.
Ciertamente la guerra es un mal y causa de muchos males, a no ser una guerra defensiva y el único recurso cuando se hayan agotado todos los medios pacíficos. Y teniendo en cuenta el poder destructivo de las armas actuales, raramente los beneficios de una guerra serán mayores que los perjuicios.
A falta de una autoridad mundial que tenga la capacidad de evitar las guerras, no se puede negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa.
<<El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y a actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra>> (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2307).
La enseñanza del Evangelio es una enseñanza de paz: los pacíficos serán bienaventurados y llamados hijos de Dios. Jesucristo nos da su paz y nos deja su paz. Y el saludo del Resucitado es un saludo de paz.
Si quieres la paz, prepara la guerra. ¿La guerra contra quién? ¿Contra las demás personas? ¡Qué disparate, que unas personas maten a otras! Que unos ancianos manden a morir a millares de jóvenes.
La guerra no hay que hacerla contra los demás, sino contra uno mismo, contra nuestras malas mañas: el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la lujuria la ambición, la mentira. Ahí están las causas de las guerras.
Jesucristo vino a darnos y dejarnos la paz de Dios. Pero también nos dijo que no había venido a darnos la paz, sino la guerra. ¿Cuál guerra? La guerra personal contra el pecado y las insidias del Diablo. Y por paradoja: esa guerra es la que lleva a la paz, de las personas, de las familias, y de las naciones.-


