Más de 60 usuarios acuden cada semana a Al paso, una asociación de Villafranca del Castillo que trabaja con personas con discapacidad, dificultades de aprendizaje y problemas emocionales y de conducta
La emoción de Nacho al llegar a las instalaciones de la asociación Al Paso se percibe antes incluso de que comience la sesión. Tiene 19 años y lleva más de doce acudiendo a esta asociación de Villafranca del Castillo, donde realiza terapias asistidas con caballos. Con una mezcla de felicidad y excitación, saluda a sus terapeutas habituales y se acerca a Maui, su montura desde hace un par de años. Le da un beso y comienza la rutina que se repite cada miércoles, sábado y domingo: cepillar al animal, preparar el material, ponerse el casco y entrar en la pista. En el mismo picadero, pero unos minutos antes de la llegada de Nacho, Antonio ha terminado una de sus actividades con Mango. Tiene diez años y lleva cuatro acudiendo al centro. Desde hace algún tiempo, intenta aprender los colores a lomos de Mango, pero las lecciones se han ido adaptando a las necesidades del momento. Ambos están diagnosticados con Trastorno del Espectro Autista (TEA), y según sus familias, el vínculo con los caballos ha supuesto un cambio radical en sus vidas.
No todos los usuarios de la asociación han llegado hasta allí por el mismo motivo ni todos reciben la misma terapia. En Al paso trabajan con personas con diversidad funcional motora, cognitiva o sensorial, dificultades de aprendizaje y trastornos de conducta, además de desarrollar intervenciones relacionadas con las emociones y el comportamiento. La asociación diferencia entre hipoterapia, dirigida a quienes no tienen autonomía suficiente para actuar sobre el caballo, y equitación terapéutica, para quienes sí pueden ejercer alguna acción sobre él. En ambos casos, la finalidad no es deportiva, sino que, el animal se utiliza como recurso para trabajar objetivos concretos pactados con antelación.
«El caballo es un recurso terapéutico, pero la intervención se tiene que dar con la suma del caballo y de un profesional», explica Mara Solano, directora de Al Paso y fisioterapeuta. En la pista puede haber, por tanto, actividades muy diferentes. Un usuario puede trabajar el equilibrio o el control postural; otro, puede practicar la atención, la memoria, la coordinación o la orientación espacial. También se plantean ejercicios vinculados a aspectos emocionales, sensoriales y sociales. La asociación cuenta con un equipo interdisciplinar de profesionales del ámbito sanitario y educativo que permiten adaptar las sesiones a las necesidades de cada usuario.
Mara lleva desde 2007 trabajando con este tipo de terapias y conoce bien la diferencia entre montar a caballo y utilizarlo dentro de una intervención. «Subir a un niño solamente encima de un caballo y dar una vueltas no nos va a hacer nada», explica. Antes de comenzar, los profesionales valoran a cada persona y establecen qué quieren trabajar. Después se decide cómo será la sesión y qué caballo puede encajar mejor. El movimiento del animal, el contacto con él, el entorno natural y los ejercicios planteados por el terapeuta se combinan para alcanzar los objetivos marcados. La asociación atiende actualmente a algo más de 60 usuarios y mantienen la actividad los siete días de la semana, con sesiones de unos 45 minutos.
«Para nosotros es una alegría, porque es ver a tu hijo disfrutar de una actividad a la vez que trabaja en su desarrollo»
Cuando Nacho llegó a la asociación, con seis años, apenas tenía lenguaje, le costaba relacionarse con otras personas y mantener la atención, aunque había algo que sí conseguía despertar su interés: los animales. Así fue como la familia descubrió la equinoterapia y decidió probar: «Desde el primer momento fue increíble el vínculo que hizo». Doce años después, Nacho acude tres veces por semana. Los objetivos han ido cambiando y ahora las sesiones incorporan cuestiones relacionadas con la autonomía, las normas y la realización de tareas. Su madre asegura que desde que acude a las sesiones Nacho la actitud de Nacho es más tranquila y relajada. «Él estaba enfadado con el mundo, que no está hecho para él, descubrir algo que lo calmaba y hacía feliz fue un subidón para nosotros», recuerda, haciendo referencia a toda la familia. Esta actividad terminó formando parte de la propia rutina familiar, un esfuerzo económico y personal que, como indica su madre: «Nos ha dado la vida».
Antonio lleva cuatro años recorriendo un camino parecido, aunque con otra historia. Su madre, Carmen, explica que al principio los horarios no encajaban y que tuvieron que esperar hasta que quedó libre una plaza los sábados. Durante los primeros tres años acudía una vez por semana y ahora lo hace dos. El coste, cuenta, ronda los 500 euros por esas dos sesiones semanales, una cantidad que reconoce que no todas las familias pueden asumir. Para su madre, la importancia de esta actividad reside en que Antonio no debe permanecer sentado en una consulta ni enfrente de una mesa, como ocurre con otras terapias a las que debe de acudir. «Para nosotros es una alegría, porque es ver a tu hijo disfrutar de una actividad a la vez que trabaja en su desarrollo», explica Carmen.



María G. Piñeiro/ABC España


