El sacerdote, biblista, vicerrector del Seminario Mayor de Toledo y autor del blog «La Última Cruzada» en Religión en Libertad publica un libro sobre Daniel frente a la secularización, el mesianismo político y las nuevas idolatrías
Conocido en redes como @curadetoledo, donde reúne una comunidad de cerca de 150.000 suscriptores y seguidores —99,6 mil en YouTube, 44,1 mil en Instagram, 5,1 mil en Facebook, 697 en X y 396 en TikTok—, Valentín Aparicio Lara publica «La última cruzada. El profeta Daniel y la batalla final contra el mal» (Palabra). Sacerdote de la Archidiócesis de Toledo, vicerrector del Seminario Mayor de Toledo, profesor de Sagrada Escritura y autor del blog «La Última Cruzada» en ReL, el biblista propone una lectura de Daniel que no alimenta el miedo ante el final de los tiempos, sino que sitúa a Cristo en el centro de la historia y muestra la caducidad de todo poder que pretende ocupar el lugar de Dios.
En esta entrevista, Aparicio advierte de que “mucho peor que el paganismo que nos rodea es la secularización interna de los propios cristianos”; analiza las ideologías que prometen salvar al hombre sin Dios, denuncia las nuevas idolatrías y recuerda que, por estridente que parezca hoy el triunfo del mal, “tiene los días contados”.

Portada de «La última cruzada», el nuevo libro de Valentín Aparicio Lara: una invitación a leer a Daniel como profecía de esperanza y de victoria definitiva sobre el mal.
—El libro de Daniel es el más curioso de toda la Biblia. En primer lugar, porque hace falta saber tres idiomas para leerlo: tiene partes en hebreo, otras en arameo y otras en griego. Es una buena ensalada de diversos elementos.
En segundo lugar, porque Daniel es el profeta que predijo las dos venidas de Cristo: la primera, con su Encarnación y nacimiento; y la segunda, al final del mundo. Por eso se le considera el Apocalipsis del Antiguo Testamento.
Curiosamente, aunque las biblias modernas coloquen a Daniel entre los profetas mayores, las biblias de los primeros cristianos colocaban el libro de Daniel justo al final del Antiguo Testamento, en el paso inmediato hacia el Nuevo. Los primeros cristianos creían que sin una buena comprensión del profeta Daniel no se entendía nada del Nuevo Testamento.
El exilio de Babilonia no es sólo el escenario histórico del libro: concentra una pregunta decisiva para la fe de Israel. Sin templo, sin soberanía y rodeados de una cultura religiosa ajena, Daniel y sus compañeros deben decidir qué significa seguir perteneciendo a Dios.
—Daniel es un modelo para nosotros porque le tocó vivir en medio de un mundo totalmente pagano, donde Dios había sido eclipsado. El pueblo de Israel ha tenido diversos terremotos a lo largo de su historia. El mayor trauma sucedió cuando, en el año 586 a. C., fueron llevados al exilio de Babilonia. El Templo de Jerusalén fue arrasado y fueron llevados como prisioneros al exilio.
En Babilonia se encontraron en mitad de un ecosistema totalmente pagano que representaba un desafío para su fe: ¿cómo mantenerla en mitad de una cultura que propicia todo lo contrario? Me parece que este dilema nos resulta muy actual.
Daniel es el libro que más pistas nos da acerca de cómo evitar la mundanización o el rebajar la fe adulterándola con el wokismo que nos rodea. Mucho peor que el paganismo que nos rodea es la secularización interna de los propios cristianos. Daniel nos enseña a resistir el cambio climático espiritual de enfriamiento global del planeta.
Las visiones de Daniel emplean imágenes de reinos, estatuas y bestias para hablar de la historia cuando el poder se absolutiza. No invitan a convertir cada noticia en una profecía cumplida, sino a discernir qué ocurre cuando la política, la cultura o una ideología reclaman un lugar que corresponde sólo a Dios.
—El profeta Daniel nos habla del misterio de los últimos tiempos, de la irrupción de la famosa cuarta bestia y del reino del Anticristo. Presenta la historia como un campo de batalla entre el bien y el mal. De ahí el título de este libro: La última cruzada.
La ideología se configura como una especie de religión del Anticristo cuando se presenta como un mesianismo que pretende salvar al hombre sin recurrir a Dios. Tantos experimentos políticos de la modernidad comparten esta característica: pretenden redimir al hombre al margen de Dios, transformando la política en mesianismo.
El humanismo ateo es la religión del Anticristo, pues convierte al hombre en objeto de culto. La New Age, por su parte, es la liturgia del Anticristo. Sus prácticas terapéuticas, como el yoga o el reiki, son sus sacramentos. Proporcionan al hombre cierto bienestar espiritual, pero sin Dios.
—El mal exige ser adorado. El poder confecciona su propia liturgia, donde el hombre no se dirige a Dios, sino que dobla la rodilla ante la obra de sus manos.
Daniel enseña que el olvido del Dios verdadero, la apostasía de la verdad, tiene sus efectos secundarios. La política ocupa el lugar de Dios y decide qué es bueno y qué es malo. Hoy acariciamos las últimas consecuencias de aquel drama iniciado con la tentación diabólica sobre Adán y Eva: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5).
El desvarío de la ideología llega a enfrentarse al propio orden de la realidad, justificando el asesinato de niños inocentes aún no nacidos o promoviendo la ideología de género, plagada de ideas contraintuitivas e irracionales como «un hombre está embarazado» o la propia idea de «género fluido».
Ser fiel implica mantener un cristianismo con denominación de origen, que no se deja contaminar por el relativismo. Os pongo un ejemplo: si hoy día rechazamos los productos alimenticios adulterados y exigimos la trazabilidad de los mismos, ¿por qué voy a preferir un cristianismo adulterado? La verdad no admite edulcorantes.
Pero Daniel no se detiene en el diagnóstico de los ídolos y los imperios. Su gran novedad, leída desde la fe cristiana, está en el horizonte de una soberanía que no pertenece a las bestias, sino al «Hijo del hombre».
—El libro de Daniel es tan importante, y captar su significado tan urgente, que el mismo Jesús fue condenado a muerte por citar a Daniel y aplicarse este pasaje a sí mismo. No entender Daniel implica no tener claro en qué consiste el meollo de la obra mesiánica de Cristo.
Por sorprendente que parezca, Daniel es el único de los profetas que habló explícitamente de la muerte del Mesías (Dn 9, 26). Además, presenta a Cristo como aquel capaz de terminar con el imperio o dominio descontrolado del mal sobre la historia.
Por fuerte y estridente que parezca la melodía del mal en la historia, por apabullante que hoy día sea su victoria, tiene los días contados. El mensaje de Daniel es una inyección de esperanza. Nos habla de que el imperio del mal es puro atrezo y el demonio un meme cuyo chiringuito se hundirá más pronto que tarde.
—Lo que más impresionó a los primeros cristianos de Daniel es que no sólo predijo los acontecimientos futuros, cosa que también hicieron el resto de profetas, sino que además los fechó. Pensad que Daniel vivió cinco siglos antes de Cristo y el arcángel Gabriel se le apareció para decirle que, en unos quinientos años aproximadamente, aparecería el Mesías.
Esta es la razón por la que los judíos, durante todo el siglo I, mantuvieron un clima de expectación mesiánica descomunal. Daniel predijo también que el Mesías daría su vida y que, poco después, el general romano Tito destruiría el Templo de Jerusalén.
Daniel es el mayor spoiler de la historia de la humanidad. Vio pasar por delante de sus ojos los quinientos años de historia que le sucedieron. Nos habla del imperio persa, del griego —incluidas las victorias de Alejandro Magno— y de la llegada de los romanos. Él mismo dijo que en los días del cuarto reino, el romano, nacería el Mesías. Increíble.
Como puedes ver, la fascinación que suscita este libro es incomparable. Y lo que es más inquietante: también vio nuestra época. Pero, para saber lo que dijo, te remito al libro.
La última palabra de Daniel no es una cronología para satisfacer la curiosidad sobre el futuro. El libro termina abriendo una esperanza más radical: la victoria de Dios sobre la muerte y la promesa de resurrección.
—Ya en Daniel se vaticina la futura resurrección universal de todos los difuntos que confesamos cada domingo en el Credo. Si pensamos un poco, la filosofía moderna, con el darwinismo, intentó convencernos de que el hombre es pura biología, igual que los otros animales, sólo que un poco más evolucionado.
La filosofía contemporánea, con el transhumanismo, ha dado un paso más: el hombre es como una máquina. Antes se nos redujo a materia viva; ahora, a materia inerte.
Para el cristianismo es todo lo contrario: el hombre es hijo de Dios. El cristianismo te devuelve la dignidad perdida. Nos recuerda que estamos llamados a un fin sobrenatural: participar de la misma vida divina. Dios nos invita a entrar en comunión de vida y amor con Él. No conozco un relato más apasionante.


