Bernardo Moncada Cárdenas:
Sobre el documento Venite ad me de la Santa Sede
El último documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me, es una invitación a volver a lo esencial de la transmisión de la fe cristiana. Una invitación a acoger, pero también a salir al encuentro.
Ciertamente, mientras la Iglesia católica, con aproximadamente 1.400 millones de bautizados, sigue congregando a la mayor comunidad de fieles del mundo cristiano, y las comparecencias de los papas durante sus viajes apostólicos muestran multitudes prometedoras, las iglesias de muchos países europeos parecen quedarse solas, mientras seminarios y conventos cierran sus puertas ante la disminución de las vocaciones. La vitalidad de las manifestaciones multitudinarias no puede ocultar, en resumen, la crisis que atraviesa la transmisión de la fe.
Por otra parte, la sagrada liturgia se ve desafiada por impulsos populistas que, a partir de percepciones fatalistas —muchas veces inducidas por voces ajenas al culto— y de un evidente desconocimiento de la sobrecogedora novedad de la Eucaristía, introducen innovaciones extravagantes. Con la pretensión de acercar la celebración a la sensibilidad contemporánea, pueden terminar desdibujando su sentido y alejando a los fieles hacia formas de cristianismo más inclinadas a lo emocional y al activismo.
En efecto, Venite ad me retoma una advertencia que el papa Francisco formuló en Evangelii gaudium: «Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe».
El documento del Dicasterio examina después la eficacia de la presencia católica en una cultura nueva, profundamente permeada y moldeada por las tecnologías digitales. Su diagnóstico no es precisamente optimista. Propone un abordaje más inteligente, capaz de leer los signos de los tiempos, y una actitud proactiva, menos autorreferente. Por una parte, invita a que los laicos hagan de los medios de comunicación y las redes sociales espacios de testimonio; por otra, llama a reanimar las expresiones de religiosidad popular, con toda su riqueza y vistosidad: recuperar tradiciones como las Paraduras del Niño en los Andes, las parrandas navideñas del centro del país y los cultos marianos regionales.
En este contexto adquiere especial importancia lo anotado sobre la liturgia. Vanos son los intentos de insuflarle un atractivo popular mediante recursos externos ni de hacer concesiones al gusto del momento. Se trata de recuperar su capacidad de introducir al creyente en el misterio que celebra. El documento advierte sobre la necesidad de «superar una visión reduccionista que la considere un mero marco ritual de la vida eclesial. La liturgia, de hecho, es ante todo una experiencia de fe, incluso antes que una enseñanza, ya que permite al fiel participar en gestos, palabras, silencios y símbolos, haciendo una experiencia viva del misterio de Cristo.»
La función litúrgica no es erigirse como vehículo exclusivo de transmisión de la fe, tarea que no puede quedar, por tanto, como responsabilidad exclusiva del clero o de las estructuras eclesiásticas. Compromete a toda la comunidad, comenzando por las familias y continuando en el testimonio cotidiano de los fieles. La Eucaristía recobra así su profundidad y su fuerza central de atracción, no por artificios que pretendan hacerla más llamativa, sino porque Cristo sigue siendo el centro vivo de la celebración.
Otro aspecto relevante es la relación de la Iglesia con la cultura y el arte. Desde el siglo pasado, los pontífices han realizado esfuerzos por restablecer el diálogo con la pintura, la escultura, la música, el teatro y las demás expresiones artísticas. Una relación que fue esencial para la historia del anuncio cristiano y para el enriquecimiento de la cultura artística occidental y la cual, en tiempos recientes, se ha transformado en antagonismo. El católico de a pie puede escandalizarse a priori ante una obra contemporánea; el creador artístico, por su parte, no pocas veces parece militar en un discurso de la provocación y la rabia, asumiendo el antiteísmo como pose, más que como una auténtica posición crítica. Venite ad me invita a superar esos prejuicios y a recuperar el diálogo entre fe, cultura y belleza. Se trata de reconocer que, lejos de esta falsa disyuntiva, ambas realidades pueden encontrarse y enriquecerse mutuamente.
Las muchas consideraciones del documento no pretenden cerrar el debate, sino estimular una reflexión eclesial y un compromiso pastoral ante los desafíos de nuestro tiempo.
En su conclusión, el Dicasterio llama a centrar el culto y la vida de fe, en la presencia viva de Cristo. Propone una evangelización más arraigada en el kerygma —el anuncio esencial del Evangelio— que en reflexiones teológicas desligadas de la experiencia o en enseñanzas moralizantes. Lo expresa con claridad: «Se trata, sencillamente, de un llamamiento a los fieles para que vuelvan al corazón del patrimonio de la fe cristiana: el kerygma …, atrayendo hacia la experiencia de un encuentro personal y comunitario con Cristo vivo».
Exhorta a revisar con realismo nuestro modo de ser y actuar como católicos para cumplir la misión a la que hemos sido convocados. Ese mundo del que a veces parecemos alejarnos, escandalizados, clama sin saberlo por nuestra tarea, incluso con angustia y de maneras muchas veces violentas.
El título remite a las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Pero algo precede a esa invitación: no somos quienes tomamos primero la iniciativa. Cristo sale a nuestro encuentro, nos busca y nos atrae. Como recuerda el propio documento, quien lo busca es porque ya ha sido alcanzado por Él. Antes de nuestro «venid», está su presencia; antes de nuestra respuesta, su amor. Ahí comienza todo.-


