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¿Deberíamos tenerle miedo a China?

El expansionismo chino marca la quiebra del universalismo occidental, pero no elimina la necesidad que el mundo tiene de catolicidad

Nuestros medios de comunicación han cubierto debidamente el centenario del Partido Comunista de China; el cual, además, se ha asegurado de que el acontecimiento no pase desapercibido.

Celebraciones fastuosas han facilitado una ocasión de propaganda desenfrenada, apuntando tanto a los ciudadanos como al resto del mundo. ¿Hay que dejarse impresionar?

El primer comentario que cabe hacer es que el partido no ha seguido siendo el mismo, en el sentido de que sus fundamentos marxista-leninistas se han vuelto formales. El horizonte ya no es el triunfo mundial del socialismo, y la «dictadura del proletariado» nunca ha sido más que unas pandillas desgarrándose entre sí.

Cuando Mao asumió el poder tras una guerra civil en 1949 y prosiguió con las «purgas» según la tradición estalinista, arrastró al país a unas políticas desastrosas: el «Gran Salto Adelante» (1958-1960) y luego la “Revolución cultural” (iniciada en 1966), que produjeron, ambas, decenas de millones de muertos.

Más tarde, a partir de la década de 1980, se estableció un “socialismo de mercado” o un “capitalismo de Estado”. El principio es el de reforzar el control del Partido sobre la población a través de dos medios de un comunismo poco ortodoxo.

Por un lado, autorizar e incluso fomentar iniciativas económicas privadas, lo cual implica una elevación del PIB y una mejora del nivel de vida que compensa la falta de libertades de opinión y de expresión.

Por otro, el desarrollo del patriotismo – y, con ello, la disciplina y la obediencia –, haciendo de China una potencia mundial respetada e incluso temida. El aparato represivo es, además, perfeccionado sin cesar y sigue siendo de los más eficaces.

Un neoimperialismo poscolonial

El expansionismo chino no del tipo de la conquista militar (del estilo al nazi); ni de la satelización de países vecinos (al estilo moscovita); ni de la exportación de una ideología revolucionaria (del tipo trotskista-izquierdista).

El modo es más bien de estilo business: se ofrecen sobre todo servicios financieros y tecnológicos, bajo forma de inversiones y de cooperación. Este, hasta cierto punto, es el modelo del «neoimperialismo», ya sea al estilo estadounidense o la forma en que los europeos se esfuerzan por seguir siendo influyentes en sus antiguas colonias.

La diferencia es que los chinos no intentan «sinizar» y no condicionan, como intentan hacer (al menos en teoría) los occidentales, su ayuda (no siempre desinteresada) con respecto a normas morales, humanitarias, democráticas, etc.

Los regímenes autoritarios, incluso tiránicos, no parecen incomodar a los dueños de Pekín. Ellos mismos no tienen escrúpulos con los tibetanos, los uigures, los hongkoneses … y suponen una amenaza para sus conciudadanos independientes de Taiwán.

En realidad, no es más que un ejemplo de algo que parecía condenado a desaparecer a finales del siglo XX: pandillas más o menos mafiosas logran muy bien, a través de métodos represivos, gobernar a personas sin su consentimiento e incluso contra sus protestas.

Se ve también en Venezuela, en Corea del Norte, en Bielorrusia, en muchos países de África, de Oriente Medio (donde la “primavera árabe” de 2011 tiene para rato) y del sudeste asiático.

Rusia (que había suscitado tantas esperanzas tras la caída del comunismo) y Turquía (que se “deseculariza”) están bajo la férula de autócratas que no toleran ninguna oposición.

En la era de la “posverdad”

Seguramente se trata del fin de la ilusión, alimentada a finales del siglo XX, de una «globalización feliz«. Es el regreso de los nacionalismos, de los particularismos, de los egoísmos desvergonzados y de la renuncia a los «valores» comunes.

Así lo demuestran las diferencias en materia de derechos humanos, la impotencia de la ONU; la prioridad dada a los intereses locales e inmediatos en la lucha contra el cambio climático; o la pandemia que azota desde finales de 2019.

Al mismo tiempo que ya solamente se lucha por las cuotas de mercado, es la era de la «posverdad»; donde tenemos por cierto aquello que queremos creer y donde los miedos son más contagiosos que nunca. Cada uno barre para la puerta que le conviene.

Dicho de otra forma, ha fracasado la ambición que tenían los países más ricos de imponer en todas partes su modelo racional de pensamiento y de vida; donde se supone que la prosperidad y la libertad se generan mutuamente y de forma virtuosa.

No hay lugar para la sorpresa ante el colapso de esta quimera. El creciente peso de China a nivel internacional y la resistencia del islam a la «modernidad» no son la causa de ello, sino las confirmaciones.

Una civilización que no asume su historia, cuyo progreso conduce a desastres ecológicos y que considera que nada es más urgente que promover los derechos de las minorías sexuales, difícilmente puede reclamar una admiración unánime.

Y la prueba está desde hace tiempo en que la democracia no se impone irresistiblemente y como algo natural; ya que los ejércitos y las fuerzas policiales saben cómo hacer vanas la oposición y la disidencia, ya sea cuando se manifiesten en la calle, en Internet o a través de los medios sociales.

La catolicidad antes que el universalismo

Este fracaso del universalismo occidental no tiene, por supuesto, nada de divertido. Ciertamente, indica la necesidad de una identidad singular a nivel de los pueblos y el rechazo —si no la imposibilidad— de una uniformización en un molde dominante.

Sin embargo, señala también una multipolarización inestable entre bloques económico-culturales rivales que están, en buena parte, controlados por déspotas. Es la unidad de la raza humana la que está amenazada. 

La realidad de las interdependencias inspira solidaridades  que son solo en apariencia gratuitas y, por tanto, facultativas. Porque descansa sobre una necesidad mucho más profunda, la de algo que no tiene mejor nombre que «catolicidad».

Ser católico no es solamente pertenecer a la Iglesia romana. Es, primero, saber que todos los seres humanos son hermanos porque están llamados a convertirse en hijos del único Padre de los cielos.

Después, es discernir que esta filiación no significa una indiferenciación: siempre se es católico muchas otras cosas, según el lugar y el momento en que se vive. Por lo tanto, ser católico es precisamente inscribirse en el tiempo, en una Historia que abre una esperanza.

Es, en fin, aprender de Cristo y verificar en el día a día que la vida ofrecida no se toma, sino que se recibe en la medida en que se coloca a disposición del Donante para ser transmitida y compartida con Él.

En un momento en el que el universalismo del Occidente secularizado se está agotando y el mundo entero se está convirtiendo en una batalla campal sin ideales, la catolicidad tiene futuro.-

Jean Duchesne – publicado el 05/08/21-Aleteia.org

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