“Calma y cordura”
La situación política actual de Venezuela puede describirse como un proceso de transición complejo y todavía abierto, en el que confluyen múltiples tensiones internas y externas. No se trata de un simple cambio de gobierno, sino de un camino difícil para redefinir reglas, instituciones y formas de convivencia política después de años de crisis económica, social y de legitimidad

Bernardo Moncada Cárdenas:
Transición significa paso o cambio de un estado, situación, etapa o lugar a otro. Se usa cuando algo no ocurre de golpe, sino de manera progresiva. Por ejemplo, la transición de la niñez a la adultez, una transición política. Viene del latín: transitio, transitionis, que significa “paso, cruce”, deriva del verbo transire: trans- (“más allá”) ire (“ir”).
La situación política actual de Venezuela puede describirse como un proceso de transición complejo y todavía abierto, en el que confluyen múltiples tensiones internas y externas. No se trata de un simple cambio de gobierno, sino de un camino difícil para redefinir reglas, instituciones y formas de convivencia política después de años de crisis económica, social y de legitimidad.
Uno de los principales obstáculos en este proceso es el inmediatismo de algunos sectores, tanto políticos como sociales. Ante una realidad marcada por la urgencia —escasez, diáspora, deterioro de servicios—, es comprensible el deseo de soluciones rápidas. Sin embargo, la transición política no funciona como un interruptor que se enciende de un día para otro, la premura puede convertirse en un factor desestabilizador cuando se traduce en acciones precipitadas, estrategias de corto plazo, expectativas absurdas en un contexto tan complejo.
El personalismo y el caudillismo que, por otra parte, exhiben sin pudor algunos dirigentes de un polo y del otro, percibiendo con irritación el avance de un camino que no es el que se obstinaron en promover, se asoma como el mayor peligro de ese progresivo “ir más allá”.
A esto se suma la profunda incompatibilidad de intereses entre actores que responden a ideologías opuestas. En Venezuela, estas diferencias no solo se expresan en modelos económicos distintos, sino también en visiones contrapuestas sobre la acción política, el papel del Estado, la soberanía, la democracia y la legitimidad del poder.
Estas diferencias profundas dificultan los acuerdos mínimos necesarios para avanzar en reformas institucionales, garantías electorales o mecanismos de convivencia democrática. Más que una simple disputa entre gobierno y oposición, el país enfrenta una fragmentación de visiones que atraviesa partidos, movimientos sociales y actores económicos.
Como tercer factor clave aparece el actor externo, particularmente el gobierno de Estados Unidos, cuyos intereses estratégicos, económicos y geopolíticos impactan de manera directa en el proceso venezolano. Esta participación externa, ahora incidiendo directamente a través de la pretensión de tutelar el proceso, añade otra capa de complejidad, pudiendo debilitar las posibilidades de una solución ampliamente consensuada entre venezolanos.
En conjunto, la transición política en Venezuela enfrenta el reto de equilibrar urgencia y realismo, reducir la confrontación ideológica extrema y gestionar la influencia externa sin perder autonomía en la toma de decisiones. Que el pueblo entienda la transición como un proceso, y no como un desenlace inmediato, no dejándose seducir por llamados fanáticos a la turbulencia suicida, es un paso fundamental para abrir espacios de diálogo que permitan avanzar hacia una estabilidad política sostenible.
Venezuela enfrenta así varias amenazas: el inmediatismo sin consideración por la complejidad ideológica genera violencia política, la rigidez ideológica sin espacios para negociación genera parálisis, y la intervención externa, sin importar cuán benevolentes sean sus intenciones proclamadas, introduce variables que ningún actor interno puede controlar completamente, generando recelo e incentivos malignos para todas las partes.
La posibilidad misma de una transición política ordenada, consensuada y soberana puede alejarse cada vez más, desperdiciando lastimosamente una oportunidad histórica e imprevista.
“Calma y cordura”, pidió aquel artífice de historia que fue Eleazar López Contreras. La transición política venezolana no debería ser resuelta por la presión, la prisa ni la imposición externa. Solo será genuina cuando logremos, a pesar de nuestras profundas diferencias, y heridas, recuperar el control de nuestro propio destino político.
¿Seremos los venezolanos, especialmente cierta dirigencia, capaces de establecer espacios efectivos de diálogo que trasciendan el inmediatismo, acompañar la disposición de sectores a reconocer la legitimidad de diferencias ideológicas profundas sin convertirlas en impedimentos absolutos, y postergar ambiciones por el bien de la nación? «Si así lo hiciereis, que Dios y la Patria os lo premien, y, si no, os lo demanden».-




