Lecturas recomendadas

¿Acaso el Cielo es aburrido?

 

Rafael María de Balbín:

La Carta a los Hebreos  nos presenta conjuntamente la fe y la esperanza: “Es la fe la sustancia de las cosas que se esperan, argumento de las que no aparecen”. Santo Tomás afirma que por la fe tenemos ya en germen lo que esperamos.

La misma Carta a los Hebreos (10, 34).  se refiere a los cristianos que sufrieron con entereza y alegría la privación de los bienes materiales a causa de la persecución por su fe: “Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes”. La sustancia o apoyo era espiritual, no los bienes materiales.

En el rito del Bautismo se pregunta: “-¿qué pedís a la Iglesia? Y se responde: -La fe. –Y ¿qué te da la fe: -la vida eterna”. Porque la fe es la sustancia de la esperanza.

Pero ¿de verdad queremos vivir eternamente? ¿No es eso monótono? ¿No es más de lo mismo? La vida eterna lleva consigo una alegre novedad, porque supera y eleva exponencialmente las posibilidades humanas, tal como afirma San Ambrosio: La inmortalidad es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia. Lo que anhelamos es la plenitud, la felicidad, no una simple repetición de mediocridades.

“No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta verdadera vida y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados”  (SAN AGUSTÍN. Cfr. Ep. 130 Ad Probam 14, 25-15, 28). Está en pie la promesa de Cristo a sus discípulos, que se sentían inseguros y preocupados: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría”  (Juan 16, 22).

¿Es individualista la esperanza cristiana? La respuesta es claramente que no. La salvación no es egoísta, puramente individual, como si todo consistiese en salvar mi alma. La esperanza tiene un ámbito solidario, comunitario. El cristiano está llamado al amor hacia los demás, reflejo del amor a Dios. Somos Pueblo de Dios, en camino hacia la Jerusalén Celestial. La vida bienaventurada, más allá de la vida presente, será una felicidad compartida, y depende de cómo nos hemos empeñado en esta vida en un trabajo solidario y generoso en beneficio de nuestros hermanos.

Es verdad que sólo el hombre es persona. La sociedad no lo es. Esta última tiene solamente un carácter relacional. “Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido «heredero», recibe «talentos» que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar”  (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 1880).

Cada sociedad se orienta hacia un determinado fin, y en razón de él tiene su peculiar organización. Pero la relevancia y el tamaño de las sociedades no debiera hacernos perder la perspectiva personalista: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales  es  y debe ser la persona humana” (Conc. VATICANO II. Const. Gaudium et spes, n. 25).  A la vez que nos damos cuenta del destino común: no hay un solo caminante, sino muchos caminantes, que se ayudan unos otros.-

(rbalbin19@gmail.com)

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