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Carta al presidente Daniel Ortega: «Vaya a ver al obispo Rolando; admire su fidelidad y su valentía»

La Corte Interamericana de los Derechos Humanos acaba de ordenarle la liberación del obispo Rolando Álvarez

«Sospecho que un factor que puede contribuir hoy a esos errores suyos es aquello que tantos disparates nos hace cometer: el miedo oculto. Tiene usted ya 77 años, su gobierno no puede durar mucho. Y usted, con todo el poder que tiene ahora, no deja de preguntarse qué puede pasar después. Usted sabe mejor que yo cómo murió Somoza»

 

«Y en algún momento recordará usted cómo ha manchado y desacreditado aquel sandinismo ilusionado y noble de 1979, cuando se gritaba que “los ojos del mundo están puestos en Nicaragua” y se cantaba que “nuestro pueblo es el dueño de su historia»

 

«La humanidad ha tenido ya suficientes Nerones, suficientes Calígulas y suficientes Somozas como para que usted solo aspire a ser uno más en esa lista»

 

Quizás haya oído  usted aquella frase de Jesús de Nazaret: “en el cielo hay más alegría por un pecador convertido que por 99 justos que dicen no necesitar conversión”.

 

Mi querido señor presidente y hermano:

Le sigo llamando hermano porque, a pesar de la maldad y crueldad de algunos de sus actos, creo que sigue usted siendo mejor que sus conductas.

La Corte Interamericana de los Derechos Humanos acaba de ordenarle la liberación del obispo Rolando Álvarez, por razones de mera humanidad y salud. Si desoye usted esa orden se desautoriza mundialmente mucho más de lo que ya está.

Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo

Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo EFE

Vamos a suponer que usted, mediante su dictadura política cree estar defendiendo una causa justa y trabajando por ella. Pero la vida me ha dado una lección que no me canso hoy de repetir: se hace más daño a una buena causa defendiéndola mal desde dentro que atacándola desde fuera. Es lo que otra vez llamé “la sinrazón de nuestra razón”. Y los humanos somos tan ciegos que no percibimos eso cuando nos afecta a nosotros.

Si salimos un momento de la querida Nicaragüita, verá usted hasta qué punto está ocurriendo hoy en todo el mundo eso que le digo: las izquierdas no se dan cuenta de que el crecimiento actual de la extrema derecha (que tanto les extraña) lo han generado en buena parte ellas mismas por lo mal que defendieron la razón que tenían. Y a esa reacción ultraderechista le pasará lo mismo: durará poco por lo mal que están defendiendo la (poca o mucha) razón que tengan.

Siempre una reacción totalmente individualista como si la revolución fuera “yo”, el socialismo fuera “yo”, la democracia fuera “yo” o el sandinismo fuera “yo”. En esta Cataluña desde la que le escribo hay un refrán que viene a decir: “hay tantos sombreros como cabezas”. Y esto no tiene importancia cuando se trata de los sombreros, pero es muy serio cuando se trata de las grandes causas y metas de la vida: porque es simplemente la fuente de todas las dictaduras.

Daniel Ortega y Rosario Murillo

Daniel Ortega y Rosario Murillo

Sospecho que un factor que puede contribuir hoy a esos errores suyos es aquello que tantos disparates nos hace cometer: el miedo ocultoTiene usted ya 77 años, su gobierno no puede durar mucho. Y usted, con todo el poder que tiene ahora, no deja de preguntarse qué puede pasar después. Usted sabe mejor que yo cómo murió Somoza. Y en algún momento recordará usted cómo ha manchado y desacreditado aquel sandinismo ilusionado y noble de 1979, cuando se gritaba que “los ojos del mundo están puestos en Nicaragua” y se cantaba que “nuestro pueblo es el dueño de su historia”. A lo mejor hasta habrá llegado a sus oídos que alguna vez se ha cantado ahora en voz baja por Nicaragua que “nuestro Ortega es el dueño de mi historia”…

Todas estas cosas terminan por estallar en algún momento, como ha mostrado mil veces la historia. Son verdades que asustan; y hoy todavía más: porque la cultura hoy dominante ha llegado a creer que el sufrimiento del verdugo es la verdadera reconstrucción de la víctima. Sin darse cuenta de que ese principio, en vez de reconstruir a la víctima, la degrada todavía más.

Todo eso ha de haber pasado alguna vez por su cabeza: la humanidad ha tenido ya suficientes Nerones, suficientes Calígulas y suficientes Somozas como para que usted solo aspire a ser uno más en esa lista. La reacción espontánea entonces es rechazarlo rápidamente. Pero con eso no se eliminan estas verdades. Y volverán una y otra vez, aumentando su miedo inconsciente o inconfesado. Yo solo quisiera decirle: hermano Daniel, está usted todavía a tiempo de arrepentirse.

Rolando Álvarez, el obispo que permanece detenido e incomunicado

Rolando Álvarez, el obispo que permanece detenido e incomunicado

Si usted me pidiera un consejo le diría: vaya a ver al obispo Rolando; admire su fidelidad y su valentía al decidir no marcharse de Nicaragua, por mucho que eso le molestara a usted. Intenten hablar (no sé si también a través de algunos mediadores) a ver a qué acuerdos se puede llegar. Pídale perdón por lo mal que le ha tratado, sin olvidar que Rolando es ahora también un símbolo que incluye a otros miles de víctimas. Y si él le perdona, esa será su mejor defensa.

Para facilitar eso intente mirar a Rolando como un ser humano y no cómo un eclesiástico. A mí ahora me importan poco las críticas y objeciones que usted pueda tener o esgrimir contra la Iglesia: puedo asegurarle que (fuera del señor Jesús) nadie sabe mejor que los cristianos lo malos cristianos que somos los cristianos. Quizá también nadie sabe mejor que nosotros lo que significa sentirte plenamente acogido siendo como eres: eso es quizá lo único que da ganas de cambiar de veras. Y usted quizás haya oído aquella frase de Jesús de Nazaret: “en el cielo hay más alegría por un pecador convertido que por 99 justos que dicen no necesitar conversión”.

Ánimo pues. La orden de Corte Interamericana de los Derechos Humanos puede ser una oportunidad para facilitarle a usted un camino que evite el que sus cosas terminen de la peor manera posible. 77 años son muchos y ya no cabe esa excusa de que el final está muy lejos.

Solo puedo terminar expresándole mi temor: si no hace usted caso de estas pobres (pero fraternas) palabras, creo que se arrepentirá algún día. Solo le pido que piense usted un buen rato, muy seriamente, en todo lo que he intentado decirle.-

 José I. González Faus/RD

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