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¿Se puede medir el axioma de la fe?

Rafael del Naranco:

Uno de los padres de la doble hélice del ADN afirmó que la base del “alma” humana, o nuestra conciencia del yo, “no es más que un producto de una reacción bioquímica en el cerebro”.

Años antes, un biólogo estadounidense, Edward O. Wilson, pronunciando una conferencia con motivo del Primer Simposio Internacional Sociedad y Cerebro en Madrid. Y allí   expresó:

“Estoy convencido de que la ciencia conseguirá establecer que el cerebro no es más que algo puramente material, descartando por completo la posibilidad de que exista eso que suele denominarse espíritu o alma”.

La cuestión se acrecienta cuando el dogma religioso en la que posamos nuestra creencia hacia una bienaventuranza protectora,   sea una hipótesis que no se pueda probar.  Ante ello, se levanta la trascendental pregunta: ¿Con qué parámetro se mide la fe?

En el “Diccionario de Pensamiento Contemporáneo”, editado por la Editorial San Pablo, se señala que la historia del problema del alma es, en realidad, la historia de la misma filosofía, y ésta comienza cuando el ser humano se interroga sobre sí mismo, lo que le lleva a preguntarse:

¿Quién soy yo?, ¿de qué estoy hecho?, ¿cuáles son mis ingredientes básicos?

Esto viene a cálculo cuando el concepto de “alma”, se nos dice en la ciencia que es una internación de células nerviosas, las que se proyectan desde la parte posterior del córtex en el cerebro.

Sin embargo, en el catecismo de la Iglesia Católica se lee una sencilla respuesta: “Nuestra alma es lo que nos da vida, es espiritual y nunca muere, y con el cuerpo forma al hombre”.

No es ésta una croniquilla filosófica, ni siquiera un pequeño reducto para el pensamiento, al ser meramente unas líneas en búsqueda de una explicación, más cuando la idea del alma es fundamental para darle un sentido a nuestra existencia subjetiva.

Aún si fuera cierto que el espíritu es una simple reacción química, y el admitir que la promesa de una vida eterna ha sido un ardid, nos llevaría a la soledad más pavorosa, y la raza humana no estará sola, sino solísima.

Fuera de esas preguntas aleatorias que conmueven nuestro aliento humano, muchos de nosotros nos aferramos a la fe de nuestros antepasados, y   nos encaminamos calmosos al encuentro del final del sendero marcado por el destino al encuentro de otra dimisión.

Lo dijo el poeta José María Gabriel y Galán:  ¡De esto que tengo de arcilla, de esto que tengo de Dios!.-

rnaranco@hotmail.com

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