Trabajos especiales

Las viejas parrandas

Las visitas no eran planificadas, sino que obedecían a la ocurrencia del momento (...) Cuando, finalmente, entraban a la casa, montaban la gran parranda con sus aguinaldos

Eleazar López:

En los viejos barrios caraqueños solían organizarse parrandas espontáneas, que iban
a las casas a elogiar al dueño con sus villancicos, a cambio de recibir su aguinaldo y
el correspondiente roncito. Las visitas no eran planificadas, sino que obedecían a la
ocurrencia del momento. En esos grupos resaltaba una farola, que era una verada
cuya punta sostenía una voluminosa estrella, dentro de la cual había una vela
encendida. Quien la llevaba no podía rascarse, porque entonces podía perder la
estabilidad y la farola, incendiarse. En la vestimenta de los hombres se destacaba el
pañuelo rojo, que todos llevaban en el cuello.

En contraste había parrandas más organizadas, que eran comparsas de unas diez
parejas, cuya vestimenta era más elaborada. Los hombres llevaban liqui-liqui con el
mismo pañuelo rojo o azul, al cuello; las mujeres vestían con fustanes de zaraza, de
colores chillones, blusa vaporosa, sombreros de cogollo y lazo de cinta entretejida a la
cabellera. En ambos casos, las comparsas llevaban alpargatas.

El organizador seleccionaba entre sus amigos a las personas a quienes iban a
cantarle en diciembre, por lo que los ensayos de sus aguinaldos y rutinas comenzaban
en noviembre. Acordada la posterior visita con los diferentes anfitriones, éstos debían
comprometerse a poner la bebida y la comida, quedando a cargo de sus vecinos el
aporte de sillas, bancos y taburetes, vasos y cubiertos. En esos casos, porque eran
casas humildes, y algunas que no lo eran tanto —hablamos del siglo diecinueve—, a
nadie le exigían manteles (que por supuesto no tenían) y, por eso, la mesa la recubrían
con hojas de plátano.

Cuando la visita era acordada, los dueños de las casas fingían estar durmiendo, y
la gran “sorpresa”, al verse invadidos por los parranderos. Siguiendo la corriente,
entonces estos cantaban, antes de pasar:
Ábrannos la puerta/¡Qué puerta tan dura!/¿Dónde está la llave/de la cerradura.

Cuando, finalmente, entraban a la casa, montaban la gran parranda con sus
aguinaldos. Esos aguinaldos no han cambiado y tienen la impronta africana del rítmico
merengue criollo, contraria a la española, la cual caracteriza a los villancicos derivados
de la contradanza, que son más antiguos pues ésos vinieron con los Conquistadores,
por ello resultan éstas de ser coplas, si bien sencillas, como en el Romancero español.
Los solistas de las parrandas improvisaban algunas de sus letras, sobre todo las
inventadas o adaptadas en el momento, para complacer al anfitrión y benefactor, o
para dedicarle algo a uno de los presentes.

Esa costumbre era la misma que empleaban los joroperos, quienes lanzaban halagos (o pullas) a los presentes en sus fiestas. Como versificadores de recursos, los cantantes no pasaban trabajo buscando
la ritma de un verso, lo cual podía resultar en referencias absurdas, como una que
decía (refiriéndose al presidente de Venezuela entre 1888 y 1890):
Esa señorita/vestida de azul/parece un retrato/de Rojas Paúl.-

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