Sacerdote propone una mirada integral frente a la “peligrosa estafa” del transhumanismo en un nuevo libro

El sacerdote español Ricardo Mejía Fernández acaba de publicar Transhumanismo integral (Ediciones Encuentro, Madrid 2025) una reflexión que busca reformular esta corriente de pensamiento y acción biotecnológica, como “una ampliación tecnológica del humanismo tradicional”.
El transhumanismo “es un movimiento cultural e intelectual que afirma la posibilidad y necesidad de mejorar la condición humana, basándose en el uso de la razón aplicada bajo un marco ético sustentado en los derechos humanos y en los ideales de la Ilustración y el Humanismo”, según definición de la Asociación Transhumanista.
En el prólogo, el Arzobispo de Burgos (España), Mons. Mario Iceta, subraya que Mejía se aproxima a la realidad de la propuesta transhumanista más generalizada desde “una mirada desideologizada a lo real”, como el niño del cuento de Hans Christian Andersen en el que dice sin complejos que el Rey está desnudo.
El prelado resume el fundamento de la tesis planteada por Mejía al afirmar que “la técnica es una forma humana de amar, y el amor es la forma humana de emplear la técnica”.
Como filósofo de la ciencia y de la tecnología, el P. Mejía ha cosechado en su corta vida (cumplirá 38 años el próximo 15 de abril) un amplísimo reconocimiento internacional, del que destaca su elección en 2021 como académico de la Sociedad Internacional para la Ciencia y la Religión con sede en la Universidad de Cambridge (Reino Unido).
Preguntado por ACI Prensa, no duda en definir la propuesta transhumanista mayoritaria como una “peligrosa estafa” y, al mismo tiempo, recuerda que “una intervención técnica, por el simple hecho de no ser natural, no basta para que la descalifiquemos como inmoral”.
Por ello, propugna un enfoque acorde con el magisterio eclesiástico, la “tecnofilia crítica” para abordar la cuestión, ya que “la técnica se encuentra ya en el plan de la Creación”. Así, su propuesta de un transhumanismo integral busca colaborar con el “deseo abismal” que habita en lo más profundo del ser humano y está relacionado con su religiosidad específica.
ACI Prensa: ¿Hay un transhumanismo malo y otro bueno?
P. Ricardo Mejía Fernández: El transhumanismo en su forma mayoritaria (transitiva e incluso substitutiva), en la medida en que persigue mejorar a la persona sólo desde lo biotecnológico alterando sus límites específicos, es de todo punto contrario a una ética de la persona.
Mi propuesta es una crítica contundente al transhumanismo que se conoce hasta hoy, el cual carece de una fundamentación antropológica, metafísica y ética mínimamente aceptable.
Sin embargo, incluso estos transhumanistas quieren dar cumplimiento a un deseo infinito de plenitud, aquello que hace siglos se llamaba, como tanto se comentó en Santo Tomás de Aquino, el desiderium naturale videndi Deum.
Su error consiste en cómo proponen que será colmado este deseo abismal del hombre: no con una realidad acorde con esta abismalidad, sino con aquellos dispositivos, técnicas e intervenciones provisionales de las tecnociencias.
Dar esta respuesta es estafar al hombre debido a que conciben a la persona simplemente como un complejo mecanismo material, al que se le junta una extraña capacidad mental fruto de este mecanismo.
El lugar que ocupaba la religión será ocupado ahora por las tecnociencias. ¿Puede revisarse críticamente este transhumanismo y su extremación posthumanista, reconociendo sus elementos de verdad? Es lo que he realizado en mi obra.
ACI Prensa: Usted utiliza el concepto de «transhumanismo integral». ¿En qué consiste la «mejora integral» que propone en diversos campos: biológico, social o espiritual?
P. Mejía: Los transhumanismos discurren hasta ahora sin reconocer su parcialidad, con un peligro claro hacia la persona: haciéndola dependiente de una presunta salvación exclusivamente aumentadora de nuestros aspectos más semejantes a un hardware, la cual le concederán más pronto que tarde las nuevas antropotecnias.
También alienan al ser humano en las promesas futuras que están todavía por manifestarse gracias a estas disciplinas. Afortunadamente el transhumanismo no es un movimiento cerrado y monolítico, lo cual me permite reformularlo.
El término “transhumanismo integral” significa, de un lado, una ampliación tecnológica del humanismo tradicional, así como el reconocimiento de que la persona puede ser, también y no solo mediante los avances de las nuevas tecnologías, auxiliada, robustecida y ensanchada, sin perjuicio de la comunidad humana ni del ecosistema, en todo aquello que no ponga en peligro su esencia, su dignidad y su centralidad.
Esto no se trata de un “buenismo”, pues la mejora integral ha de depender del bien moral integral, es decir, la mejora, entre las que se encuentran en las tecnociencias, ha de depender de un personalismo ético integral.
Es muy cuestionable, y por ello me inspiro en el humanismo integral de J. Maritain sin incurrir en su virtualismo, un bien del individuo totalmente al margen del bien de su comunidad y del planeta.
ACI Prensa: ¿Es posible un transhumanismo sin eugenesia, descarte del débil o desnaturalización del ser humano?
P. Mejía: La eugenesia entendida como eliminación de la vida humana no deseada es una aberración, como señala el Papa Francisco contra la “cultura del descarte”, pero no así el robustecimiento técnico de la vida personal sin menoscabarla, ni tampoco suprimirla. Esto último no está condenado por el Magisterio de la Iglesia.
A esto yo lo llamo, inspirándome en una primera etapa silenciada en el científico inglés Francis Galton, una viticultura tanto del cuidado como de la mejora de la persona en relación con la comunidad y con el medio ambiente. No se puede mejorar sin cuidar.
Así mismo, una intervención técnica, por el simple hecho de no ser natural, no basta para que la descalifiquemos como inmoral: ¿es inmoral llevar gafas, un añadido artificial en el cuerpo para corregir la visión? ¿O un marcapasos? Obviamente no.
Los transhumanistas mayoritarios a los que se opone mi transhumanismo integral entienden la técnica desde una desaforada razón instrumental: si es técnicamente posible es técnicamente factible modificar, no ya sólo determinados aspectos del hombre, sino la misma esencia del hombre.
Pienso que es un imposible metafísico modificar dicha esencia, aunque hoy se pueden hacer múltiples ediciones genéticas que modifican radicalmente nuestro cuerpo; lo cual sí genera preocupación en la bioética y otros ámbitos, sin renunciar por ello a una mirada esperanzada con respecto de su tratamiento desde un enfoque ético integral.
Esto lo resalta Mons. Mario Iceta, arzobispo de Burgos, en su extraordinario prólogo a mi obra.
ACI Prensa: Si es posible una mirada esperanzada sobre la propuesta transhumanista, ¿cuáles son los elementos positivos que aprecia?
P. Mejía: Por mucho que nos empeñemos en un humanismo iletrado con respecto de las tecnociencias aplicadas al hombre, estas muy probablemente seguirán creciendo. Y es que las biotecnologías son una especialidad cada vez más presente en las universidades y que estudian un mayor número de nuestros jóvenes estudiantes; muchos de ellos católicos.
¿Cómo pretender articular un discurso ético sobre la persona ignorando que hoy y en el futuro se podrá intervenir cada vez más en nuestro cuerpo y en nuestra mente con estas tecnociencias? El transhumanismo integral, lejos de una tecnofobia que al final dé carta de ciudadanía a estas tecnociencias al no abordar su problemática de frente o al obviarla, busca incorporarlas en un enfoque crítico que responda a las exigencias éticas.
La postura más compatible con el Magisterio eclesiástico sería la de una tecnofilia crítica en la que se puedan incorporar aquellas intervenciones de la ciencia y la tecnología que permitan y fortalezcan una vida humana desarrollada en medidas crecientes, e incluso ampliada en aspectos a los que nuestra especie no llegue evolutivamente, sin que ello suponga suprimir a la persona humana, particularmente en un estadio embrionario o de dependencia, ni tampoco subordinarla a un determinismo tecnológico.
ACI Prensa: ¿Qué debemos temer de la propuesta transhumanista más extendida, que parece una enmienda al misterio de la Creación?
P. Mejía: El transhumanismo mayoritario es, como he señalado, una peligrosa estafa. Digo que es peligrosa porque no depende solo de una vaga promesa, sino que propone que, mientras advenga el transhumano o el posthumano definitivo, se puede y se debe intervenir tecnológicamente en el ser humano traspasando las barreras genéticas y personales.
Según ellos, nada puede ser más normativo, o estar por encima, que la misma experimentación tecnocientífica. Así se nos promete ser más que humanos en un futuro incierto y, de mientras, se nos invita a hacer cualquier cosa con nuestro cuerpo en un experimentalismo sin límites.
En mi obra afirmo que este transhumanismo deforma al hombre (el hombre hace experimentos en función de una deliberación que concierne a la moral, aunque no lo sepa) y deforma la técnica ya que la única forma de ejercer esta capacidad es contraponiéndola al propio hombre.
Llamo a esto una deformación, la “molokiana”, en referencia al demonio Molok, que pedía que se le inmolase la vida humana más pura para ofrecer en un futuro unas mejores prerrogativas.
Pero la técnica se encuentra ya en el plan de la Creación justo en el momento en que Dios pide a Adán y Eva, según la bella narración del Génesis, cuidar y servir el jardín del Edén sin dañarlo, ni dañar a sus cuidadores. Cuidar es clave en la creación del hombre técnico pues la técnica está llamada a ser una aliada en pro del bien integral del hombre en relación con sus congéneres y la Tierra.
ACI Prensa: ¿Existe una relación entre el impulso de ese transhumanismo y la secularización de Occidente?
P. Mejía: Esto mismo es lo que defiendo en un capítulo de mi libro. El transhumanismo mayoritario es una consecuencia de la secularización, si bien en algunos miembros de este movimiento este se presenta con claros visos de religión laicista.
Se trata a mi entender de una propuesta ultrasecularista en el plano de las tecnociencias, que nace directamente del humanismo excluyente más desatado de la Modernidad: un humanismo que excluye a Dios, al prójimo y el cuidado de la casa común.
En mi obra critico el peor de los modernismos del que brota este movimiento, así como entender al humanismo sólo como el que defiende al hombre déspota. Por eso me gusta mucho el neologismo “transhumanismo”, de modo que el prefijo “trans” lo entiendo, no como dejando atrás nuestra esencia (esto es imposible metafísicamente), sino venciendo este sesgo modernista y exclusivista de una errónea comprensión del individuo autodivinizante y que puede hacer lo que le plazca cueste lo que cueste.
Pienso, como filósofo de la ciencia y de la tecnología, como sacerdote, que se debe hacer una crítica audaz del ultrasecularismo del que muchos transhumanistas beben para pretender mejorar al hombre dando la espalda a Dios, en ese neognosticismo y neopelagianismo que enarbolan sin saberlo bien.
El transhumanismo integral, por el contrario, no puede taponar el deseo abismal del Sapiens, su religiosidad específica, con los remiendos tecnocientíficos que siempre son revisables y perfectibles. Mejorar al hombre es una empresa más amplia y más grande.-