Opinión

Orden imperial

La poca eficiencia de los organismos internacionales y las cuotas de poder de ciertos países y bloques han sumido al mundo en situaciones delicadas

Elías Farache:

 

Hasta hace unas cuantas décadas, menos de las que en verdad nos parece la distancia y el tiempo, este planeta Tierra que habitamos era regido por imperios. Imperios que se repartían el mundo, que se dominaban unos a otros, que se sucedían o se suplantaban. Gracias a su poderío militar, se imponían sobre vastas regiones y poblaciones dominándolas, dictando pautas de conductas sociales, costumbres y formas de vida. A veces tenían políticas y acciones positivas, que permitían el desarrollo, la prosperidad. Otras, las más lamentables, significaron dominación y horror a los sometidos.

 

Los imperios constituyeron una forma de imponerse los más fuertes sobre los más débiles. No siempre los más capaces sobre los menos capaces en aras del progreso humano. Se recuerda con más tristeza aquellas dominaciones que causaron despojos, humillaciones y una legalización unilateral de la injusticia. Hubo en la historia de la humanidad procesos de colonizaciones y otros de invasiones. Aunque a veces se confunden unas y otras, existe una diferencia sustancial entre ellas. También el común denominador de la imposición y el dominio.

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, la creación y auge de organismos internaciones como la Organización de las Naciones Unidas y sus antecesoras en la misión, parecieron tener un relativo éxito en regular las relaciones entre los pueblos, las naciones, los países, las regiones. Por varias causas que son complejas y hasta difíciles de señalar y explicar, el mecanismo de interacción entre los países ha tenido fallas muy lamentables. Es así como, en pleno siglo XX, con una ciencia de avances impresionantes en todos los aspectos, se tuvieron dos guerras mundiales devastadoras, y muchos conflictos puntuales y regionales que no fueron impedidos, que duraron mucho tiempo y cobraron muchas víctimas. Algunos sobrevivieron hasta el siglo XXI y nuestros días, otros nacieron ya en este siglo.

 

La poca eficiencia de los organismos internacionales y las cuotas de poder de ciertos países y bloques han sumido al mundo en situaciones delicadas. Guerras, conflictos, destrucción. La justicia y el bienestar de los pueblos y personas son conceptos que todos parecen reconocer y aceptar, pero no se aplican con el rigor con el cual se profesan en la teoría. Las posturas interesadas, agendas ocultas y no tan ocultas, las rencillas políticas, territoriales, religiosas y otras tantas, dictan la pauta de los acontecimientos. El imperio desaparecido como ente regulador, injusto y temible por naturaleza y definición, llega a extrañarse e invocarse para imponer ese orden que no parece viable por la concertación de todos los actores. Pareciera que se invoca la figura de un dictador, como en la Roma que cedía el poder a esta figura en casos de emergencia, o como la triste evocación que se hace en algunos países latinoamericanos cuando se corrompe el sistema democrático y hay quienes añoran a dictadores que, olvidando su eventual crueldad y origen ilegal, sí se recuerdan por establecer orden y cierta convivencia.

 

En los últimos meses, el mundo que vivimos vive varias guerras. El país más poderoso del mundo se ufana de haber puesto fin a ocho guerras y haber salvado vidas con ello. Se atribuye una acción y un éxito que debió ser de los organismos internaciones, de la acción conjunta de las potencias poderosas y sensatas. Al no existir eficiencia en las organizaciones internacionales, al no combinarse la sensatez con la fortaleza de algunos poderosos países, parece resurgir un espíritu imperial en la América de nuestros días.

 

El presidente de los Estados Unidos de América y el país mismo, tienen una responsabilidad acorde con su importancia y poderío global. Con asombro, redescubrimos que existe en el coloso del norte una predisposición y también una facilidad imperial. No en vano se denomina a Nueva York la capital del Estado Imperial y, a su icónico rascacielos, el Edificio del Estado Imperial. También con asombro vemos que acuden a los predios del mandatario estadounidense unos y otros, para dirimir conflictos, pedir ayuda, gestionar intervenciones, resolver problemas cuando no causar otros también.

 

Luego de siglos de tratar de establecer mecanismos de control y regulación de las relaciones entre países, de asegurar a las poblaciones de todos los países que sus derechos fueran respetados, pareciera que se busca conseguir los nobles objetivos de paz y seguridad, tranquilidad y progreso ya no a través de una acción conjunta y sensata, sino acudiendo a la autoridad que se deriva del imperio de turno. Un imperio al cual se le debe exigir un grado de cordura y benevolencia que resulta tan necesario como difícil de alcanzar.

 

De vuelta brusca a un orden imperial, nos queda esperar que prive en todos el sentido común. Un sentido que resulta escaso por demás. El orden imperial corre siempre el riesgo de provocar el desorden global.-

Elías Farache S.

28 de diciembre de 2025

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