Opinión

Teatro del absurdo

El espectáculo de la Asamblea General de las Naciones Unidas la semana pasada, es algo que llama poderosamente la atención

Elías Farache:

La realidad de nuestros días está muchas veces fuera de toda lógica. Los valores de justicia y ética se invierten con frecuencia. Los malos triunfan, los buenos sufren. La mentira se sobrepone a la verdad. En tiempos pasados, la falta de medios de comunicación y la no inmediatez de la noticia quizás pudieran haberse tomado como alguna excusa. En nuestros días, la culpabilidad y la complicidad van de la mano y sincronizadas.

 

El espectáculo de la Asamblea General de las Naciones Unidas la semana pasada, es algo que llama poderosamente la atención. Es verdad que ya van varios años y varias ocasiones de intervenciones deplorables y conductas inexcusables. Este año se sabía de antemano que no sería la excepción. Los discursos del presidente de los Estados Unidos de América y del primer ministro de Israel prometían mucho, no precisamente para buenos resultados, y cumplieron con las expectativas.

 

El discurso de Donald Trump fue como decir algo precisamente en el último lugar en que hubiera o mereciese ser dicho. Una denuncia implacable a la institución, tanto en su actuación general como en detalles tan puntuales como la escalera mecánica, ascensores y teleprompter. Que el principal miembro del organismo tenga esta percepción ya deja mucho que pensar y sospechar acerca de la utilidad que pueda tener el mismo.

 

La intervención del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, el viernes 26 de septiembre en horas de la mañana, parecía una demostración masiva de irrespeto y desconocimiento a las mismas bases de la ONU. Muchos de los participantes se salieron cuando Netanyahu empezaba a hablar. Una salida ruidosa y provocadora. El representante de un país en conflicto, de un conflicto que atenta a la paz de una región y del mundo, en el presunto foro de naciones creado para buscar la paz y la convivencia antes que el enfrentamiento, hubiera sido mejor oírlo que simular ignorarlo en protesta por las acciones que lleva a cabo en circunstancias conocidas por todos. Condenadas por muy pocos, avaladas por muchos, ignoradas por otros.

 

El discurso de Netanyahu, como todos los suyos, fue muy bueno. Esto es algo en lo que quienes quieren y quienes adversan al polémico primer ministro no tienen diferencias. Netanyahu es un orador de primera, con una estructuración de presentación impecable. Paradójicamente, en la majestuosa sala de la Asamblea General, no estaban los oídos presentes. A decenas de miles de kilómetros, unos altavoces desplegados en Gaza pretendieron que su intervención fuese oída en el sufrido enclave donde también se encuentran cincuenta secuestrados, unos vivos y otros muertos.

 

La soledad del recinto donde dirigió su mensaje el primer ministro de Israel es un hecho y un simbolismo muy real de la situación que siempre ha tenido Israel y también el pueblo judío, desde su incepción. Abraham, el patriarca fundador del pueblo de Israel, el mismo que legó a la humanidad el concepto del Di-s único, era llamado el “hebreo”. El termino hebreo significa del otro lado. Porque Abraham estaba del otro lado de la humanidad circundante. Mientras la mayoría profesaba la idolatría y el paganismo, Abraham se situaba del otro lado. El Israel de hoy en día está también del otro lado de una mayoría, en una soledad que resulta muy dolorosa.

 

Mientras la guerra en Gaza no termina y la razón principal de esto es la no liberación de rehenes ni deposición del régimen de Hamas, varios países que conforman parte de la élite de las Naciones Unidas, proceden a condenar a Israel por la campaña militar que lleva a cabo y a reconocer a un estado palestino. Este reconocimiento no pasa por exigir la liberación de los secuestrados, vivos y muertos. Tampoco pasa por exigir de manera vehemente que el estado reconocido y existente de hecho desde antes en dos enclaves, separados y enfrentados, condene el secuestro de los israelíes, gestione y logre su liberación, desplace a Hamas del gobierno y lo desarme.

 

Realmente resulta muy difícil entender qué se quiere de Israel objetivamente. ¿Renunciar a sus ciudadanos secuestrados? ¿Permitir a Hamas seguir en Gaza como gobierno? ¿Aceptar de buena gana la decisión de gobiernos como los de Francia, España, Gran Bretaña, Canadá y otros, como si fuera que solucionan el problema? ¿Renunciar a la pretensión hecha realidad de que exista un estado judío? ¿Hacerse la vista gorda en cuanto a la realidad de que sus vecinos no reconocen su existencia ni el derecho a la misma?

 

Cuando se escriben estas líneas, el presidente de los Estados Unidos espera al primer ministro de Israel en la Casa Blanca. Según anuncia, algo muy grande está por ocurrir. Un plan para que cese la guerra en Gaza y sean devueltos todos los secuestrados. Sin entrar en los detalles de ese plan, por desconocidos, y sin hacer elucubraciones inútiles, todas las personas de bien quieren que esto suceda. Paz, regreso de los rehenes, cese al fuego. Pero no es la primera vez que el optimismo de Donald Trump nos embarga en un principio y frustra a la postre. Una y otra vez, una y otra semana, la Casa Blanca nos anuncia futuras buenas noticias. Y estas, lamentablemente, no se concretan.

 

Netanyahu en camino a Washington, los rehenes en Gaza escondidos y desaparecidos, las familias de los secuestrados desesperadas. Las Naciones Unidas sin escaleras mecánicas ni teleprompter. Pedro Sánchez lamentando no tener armas atómicas. Macron tratando de obligar a Israel a poner la otra mejilla, cual si fuera la suya propia a Brigitte. Israel dividido en cuánto a la mejor manera de actuar. No vale la pena seguir enumerando.

 

Un verdadero teatro del absurdo. Solo que no es teatro…es la realidad de nuestros días.-

 

Elías Farache S.

28 de septiembre de 2025

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