Mons Raúl Biord en la Misa de la Esperanza: «La esperanza no es pasividad y resignación»
A la base de toda esperanza está la conciencia de una situación muy difícil que nos paraliza y parece empujarnos a desesperar: una enfermedad, una amenaza real, un estado de ánimo de negatividad, el sentirse perdido, que no hay soluciones ni salidas. La esperanza no es evasión de estos problemas. Todo lo contrario, nos ayuda a resolverlos, porque nos sitúa en la realidad y nos da fuerza para superar las adversidades

MISA DE LA ESPERANZA
29 de noviembre de 2025

Mons. Raul Biord Castillo
Arzobispo de Caracas
El 6 de enero abrimos el Año Jubilar en la catedral de Caracas. Ha sido un año verdaderamente santo lleno de tantas bendiciones: la apertura de 12 templos jubilares con lindas celebraciones encabezadas por la cruz jubilar, la peregrinación del Nazareno de San Pablo que en sus 350 años visitó todos nuestros arciprestazgos, la preparación de las canonizaciones de nuestros dos primeros santos, las fiestas de la santidad. Hoy la iglesia que peregrina en Caracas se reúne en esta bella iglesia de la Chiquinquirá en una concelebración diocesana de todos los sacerdotes, unidos a los diáconos, religiosas, seminaristas y fieles, para celebrar la bondad de Dios en la misa de la esperanza, y el jubileo de las comunicaciones. Cada arciprestazgo organizará antes del 28 de diciembre su clausura arciprestal.
El Papa Francisco en la bula de convocatoria nos pedía que el Jubileo fuera, para todos, ocasión de reavivar la esperanza cristiana, que nunca engaña ni defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios. Se trata de una esperanza que vive en medio de tribulaciones, sufrimientos y amenazas, que exige fe y paciencia, y que nos hace capaz de percibir una luz en medio de tanta oscuridad.
La primera lectura tomada del profeta Isaías nos invita a poner la confianza en Dios. Así dice el Señor: “No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si tienes que atravesar las aguas, yo estoy contigo, y, en los ríos, no te ahogarás. Si tienes que pasar por el fuego, no te quemarás. Porque yo soy el Señor tu Dios, tu salvador. Dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado, y yo te amo”. Es así Dios nos ama personalmente, nos quiere, nos acompaña, y nos ofrece su salvación. Es capaz de trazar caminos en el mar, hacer brotar ríos en las tierras áridas y abrir senderos en el desierto. Hoy el Señor nos repite: “Estoy haciendo algo nuevo: ya está en marcha, ¿no lo notan?”. Le pedimos a Dios que abra nuestros ojos para que podamos contemplar los signos de la presencia de su Reino, nos dé consuelo en el sufrimiento y fuerza para caminar hacia Él que viene a nuestro encuentro. Con el salmista, repetimos jubilosos: “que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente”. Son los mejores frutos esperados del Año Santo: la paz y la justicia.
La segunda lectura tomada de la carta del apóstol Santiago nos invita a esperar con la paciencia del agricultor, a fortalecer nuestros corazones, a tomar como modelo de resistencia y paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor y anunciaron la liberación del pueblo.
Qué bella coincidencia que el Papa León estos días esté en Nicea, celebrando con el patriarca Bartolomé y con representantes de las diferentes iglesias, los 1700 años de la definición del credo que nos une a todos los cristianos: católicos, ortodoxos y evangélicos. Partiendo de la conciencia de que estamos unidos en el mismo credo, dijo el Papa ayer, “todos estamos invitados a superar el escándalo de las divisiones que, lamentablemente, aún existen y a alimentar el deseo de la unidad por la que el Señor Jesús oró y dio su vida. Cuanto más nos reconciliemos, más podremos los cristianos dar testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es una proclamación de esperanza para todos, un mensaje de paz y fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones”. Más allá de las divisiones es necesario un camino paciente de encuentro, entretejido de perdón por las ofensas y divisiones, que se abre a un abrazo de reconciliación entre hermanos, hijos del mismo Padre. La confesión de una misma fe nos une a todos y nos impulsa hacia adelante en la esperanza.
Como dice el evangelio, no basta la confesión de la fe, decir: “Señor, Señor”, hace falta poner en práctica las palabras de Jesús, como aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Y la roca firme es Dios que quiere que todos los hombres tengamos una vida en abundancia, una vida plena, lleguemos al conocimiento de la verdad y obtengamos su salvación.

Gracias a los comunicadores sociales que durante este año se han hecho portavoces de buenas noticias, como el arcángel Gabriel que anunció la llegada del Enmanuel. Gracias porque en este año jubilar han difundido las buenas noticias, han acompañado al Nazareno, han seguido con particular atención el proceso de aprobación, preparación y celebración de las canonizaciones. Gracias por estar aquí. Que Dios los bendiga a ustedes y a sus familias, porque necesitamos hombres y mujeres comprometidos comunicar esperanza.
Hace 35 años, dediqué buena parte de mi trabajo de grado en filosofía a Gabriel Marcel, un hombre que no siendo cristiano llegó a nuestra fe, y nos dejó en sus diarios bellos mensajes sobre la esperanza, que quiero dejarlos como recuerdo y compromiso de este jubileo. Cito algunos de sus pensamientos:
A la base de toda esperanza está la conciencia de una situación muy difícil que nos paraliza y parece empujarnos a desesperar: una enfermedad, una amenaza real, un estado de ánimo de negatividad, el sentirse perdido, que no hay soluciones ni salidas. La esperanza no es evasión de estos problemas. Todo lo contrario, nos ayuda a resolverlos, porque nos sitúa en la realidad y nos da fuerza para superar las adversidades.
La esperanza no es un simple deseo, que siempre es egocéntrico y tiende hacia la posesión, a las alegrías que me va a dar, a los servicios que me va a prestar. La ambición, en el fondo es egoísmo, avaricia, codicia e interés. La esperanza, por el contrario, nunca es solo para mí y para mi grupo, “esperar es siempre esperar para nosotros” y “esperar por nosotros”.
La esperanza no es solo previsión del futuro o anticipación de acontecimientos, esto sería fatalismo: una suerte de aceptación de lo imprevisible. Tampoco es pasividad y resignación. No es una espera entumecida, paralizada o inmovilizada. Es algo que tiende a la acción, tiene que ver con lo que yo hago o decido hacer para cambiar la situación, porque nunca podré acostumbrarme a lo que está mal o a lo que no debe ser. Por eso, la esperanza está siempre inseparablemente unida a la profecía.
La esperanza nunca podrá ser un optimismo ingenuo, un sentimiento vago de que las cosas se van a arreglar, pues estos serían simplemente “darle largas a las cosas esperando que se arreglen por sí solas”. No es solo una ilusión, la esperanza trasciende la imaginación hacia horizontes inimaginables.
La esperanza pertenece a la esfera espiritual, es una virtud teologal, es decir, se recibe de Dios y tiende hacia Dios. Como decía san Agustín: “inquieto está mi corazón, hasta que no descanse en ti, Señor”. Por eso la esperanza es constitutiva de la existencia, en otras palabras, el hombre es esperanza radical. Las raíces de la esperanza son la disponibilidad, la humildad y la paciencia, el sueño y la creatividad, por eso la libertad nunca se rinde.
La esperanza es un don de Dios, una gracia que actúa como una fuerza interior. Vivir en esperanza es obtener la fuerza para permanecer fiel en las horas de oscuridad, de oponerse a lo que impide una inspiración creativa, de rebelarnos ante lo que no debe ser. Quien tiene esperanza no trata solo de contar con sus propias fuerzas, hace un compromiso sin medidas, confía no en algo, sino en Alguien que te puede salvar, el buen Dios en quien depositamos una confianza infinita.
La esperanza es un impulso, un salto. Esperar es dar crédito a la realidad esperada y esto nos da valor y fuerza para superar las contrariedades y dificultades. Esperar, es “asegurarme desde adentro”, darme una seguridad íntima que, no obstante, las apariencias y amenazas de peligro, la situación intolerable que estoy viviendo no puede ser definitiva, ella tiene una salida.
Concluyo con estas bellas palabras de Marcel: “La falta de esperanza es separación y perpetua división, la esperanza por el contrario apuesta siempre a la reunión, a la reconciliación, a la paz, es una memoria del futuro. En este sentido, la esperanza desarrolla la afirmación de eternidad. La muerte, la enfermedad, la prisión, el exilio, el conflicto no son otra cosa que un trampolín hacia algo más allá: La esperanza implica siempre un salto, es esperanza de resurrección, esperanza de vida”. Hoy celebramos juntos la conclusión del Año Jubilar. Hemos sido y somos peregrinos de la esperanza, con la frente en alto, con la confianza en Dios y la bendición de la Virgen María, a seguir sembrando semillas de esperanza y viviendo la santidad en las cosas de cada día.–



