¿Cómo era el sacramento de la penitencia en los primeros siglos?
Este sacramento no se vivía como hoy lo conocemos; tuvieron que pasar varios siglos para que la confesión fuera accesible para todos

l sacramento de la confesión, en los primeros años de la Iglesia primitiva, no era como lo conocemos actualmente. Cuando se instituyó (cf. Santiago 5,16; 1 Juan 1,9), no existía todavía una forma plenamente definida sobre cómo debía celebrarse ni sobre quién debía otorgar el perdón sacramental.
Por ello, en sus inicios, este sacramento se reservó principalmente para pecados considerados graves, como la apostasía, el homicidio o el adulterio. No se trataba de faltas cotidianas, sino de pecados que rompían la comunión con la Iglesia. Esta es la razón por la cual el proceso penitencial era particularmente rígido en sus primeros siglos.
En muchos casos, las personas acudían a la penitencia una sola vez en la vida. Esto se debía a que, al tratarse de faltas graves, la penitencia impuesta podía extenderse durante décadas.
Además, era común que la penitencia tuviera un carácter público. No necesariamente se conocía el pecado que se cometió, pero sí era evidente que la persona se encontraba en un estado de penitencia, porque se notaba con las prácticas concretas de reparación.
Un cambio en el sacramento
Este sistema presentaba una dificultad evidente: el alma seguía expuesta al pecado y no existía una forma accesible de reconciliación, lo que llevaba a una acumulación de faltas sin una reparación inmediata. Con el paso del tiempo, esta realidad fue notada por algunos monjes irlandeses entre los siglos VI y VII, quienes comenzaron a introducir la práctica de la confesión privada y repetible.
Estos cambios en el sacramento, de convertirlo más personal y continuo, permitieron que las personas pudieran acudir con mayor frecuencia a la confesión. Aunque no eliminó la penitencia, sí transformó su modo de aplicación, haciéndola más compatible con la vida cotidiana.
A partir de los cambios que se fueron realizando poco a poco en la Iglesia, comenzaron a surgir en la Edad Media los llamados manuales penitenciales. Estos manuscritos son pruebas históricas del modo en que se buscó organizar y regular la práctica penitencial.
En ellos contenían escritos los distintos tipos de faltas o pecados que la persona podría cometer, diferencias según la condición de quien cometía (laico, religioso, personas solteras o casadas), la duración de cada penitencia, así como las acciones de reparación: el ayuno, la abstinencia sexual, la exclusión temporal de la comunión, peregrinaciones, entre otras.
Aunque estas regulaciones se consideraban como una guía para los confesores, no se puede afirmar, que se aplicaban exactamente como se escribía en el manual. Por la razón de que dependía del lugar donde se aplicara, el sacerdote confesor y la persona que lo realizaba.
El concilio de Letrán
Para este momento, el sacramento de la penitencia comenzaba a tomar una forma más uniforme en la Iglesia. Sin embargo, un suceso que marcó un antes y un después fue el IV Concilio de Letrán, celebrado en 1215. Según la Encyclopaedia Britannica:
“A finales del siglo XI, solo los pecadores notorios se reconciliaban el Jueves Santo. A menudo, los culpables de pecados graves y mortales posponían la penitencia hasta la llegada de la muerte. Para corregir este abuso, el IV Concilio de Letrán (1215) estableció la regla de que todo cristiano debía confesarse con un sacerdote al menos una vez al año”.
Este decreto surgió como respuesta a que muchos fieles seguían retrasando la penitencia durante gran parte de su vida, ya fuera por la dureza del proceso o por la vergüenza social. Con el tiempo, estas regulaciones incentivaron a algunos fieles que se habían alejado a regresar a la Iglesia.
Más adelante, esta norma quedó establecida también en el Código de Derecho Canónico, que establece la obligación mínima de confesar los pecados graves al menos una vez al año (CIC, 989):
“Todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año”.
Hoy, gracias a los cambios que han surgido en el sistema penitencial, este sacramento se presenta como un camino accesible de reconciliación. Esta cercanía permite a los católicos redescubrir el regalo de la confesión y acercarse a ella como una oportunidad para fortalecer su vida de fe.-
Yohana Rodríguez – publicado el 03/01/26-Aleteia.org




