Seis valores para evaluar transiciones
Ir al fondo del problema es siempre mejor que analizarlo solamente desde las emociones y los deseos

Dagoberto Valdés Hernández, desde Cuba:
Los acontecimientos del 3 de enero de 2026 en Venezuela han conmocionado al mundo y han levantado un polifacético debate. Los hechos están aún muy recientes y el proceso está en pleno desarrollo. Para un mejor análisis sería bueno esperar y observar el desenvolvimiento y los resultados. Sin embargo, deseo compartir una visión ética que pudiera servirnos para conformar, a partir de estos principios y valores, unos criterios de juicio para ir evaluando el desarrollo de los acontecimientos en el hermano pueblo de Venezuela, y quizás, tal vez, pudieran servir de instrumentos para futuros acontecimientos.
Ir al fondo del problema es siempre mejor que analizarlo solamente desde las emociones y los deseos. Emoción sin razón, desconcierta y da tumbos, según me guste o no. Razones o ideologías, sin corazón, despersonalizan y dogmatizan. Quedarnos en la superficie de los hechos puede traernos confusión, errores y precipitaciones. Analizar los acontecimientos solo de forma pragmática, sin principios y valores trascendentes y permanentes, puede conducir al cinismo deshumanizado. Y, por el contrario, quedarnos solo en un análisis de principios y valores universales sin tener en cuenta la realidad, lo necesario y lo posible, pudiera conducirnos a un idealismo ilusorio, errático y desencarnado. Sería bueno, entonces, encontrar un equilibrio entre ética y pragmatismo para que, ni el cinismo de una “realpolitik” radical, ni el idealismo moralista, nos conduzcan a los extremos en el análisis de la realidad. Así podremos hacer una valoración serena y una actuación juiciosa.
Propuestas
Para un análisis equilibrado de los acontecimientos en Venezuela, y también los que ocurren o pudieran ocurrir en otras latitudes, propongo mirar la realidad tal cual se presenta y luego valorarla con estos instrumentos éticos. Se trata de tres binomios complementarios entre sí: dignidad y derechos humanos, libertad y responsabilidad, solidaridad y paz. Veamos:
Dignidad y derechos
Considero que hay un valor supremo y universal: “la dignidad plena del hombre”, de la que emanan todos los derechos humanos para todos. Este binomio inseparable debería servirnos para evaluar todo lo que ocurre. ¿Se estaban respetando la dignidad plena y los derechos humanos de todos los venezolanos? ¿Se respetan ahora? ¿Qué hacer para que se respeten en el presente y en el futuro? Ningún sistema político, ninguna ideología, ninguna actuación humana es ética, ni es legítima, si desconoce, viola y reprime la dignidad y los derechos de todos los seres humanos. Siendo este el valor fundamental no se puede invocar ningún modelo sociopolítico, económico o ideológico a costa de reprimir, torturar y matar. Cada cual puede evaluar el caso de Venezuela, o el de Ucrania, o el de Irán, o el de Cuba, a partir de este valor primordial.
Libertad y responsabilidad
Otro binomio útil para el ejercicio del criterio sería la libertad y la responsabilidad, inseparables entre sí. En efecto, una situación de tránsito hacia la libertad no puede prescindir de la necesaria seguridad de los ciudadanos, del orden de la sociedad, y de la responsabilidad de las autoridades para proteger a los ciudadanos y salvaguardar la convivencia pacífica. Libertad sin autoridad es anarquía y caos en medio del vacío de poder. Por eso hay que ver quién ejerce el poder, qué forma de ejercer el poder asumiría y por cuánto tiempo se ejerce el poder para conducir ordenada y pacíficamente los procesos de transición hacia una democracia de calidad.
Libertad sin orden y normas sociales es vivir en la ley de la selva y en peligro continuo de enfrentamientos entre civiles o militares en medio del desorden y la anarquía. Por eso, desde el inicio de la transición es necesario que las autoridades transicionales, que generalmente no son las de la plena democracia, dicten normas provisionales hasta que el pueblo soberano cree y apruebe una Constitución estable y respetuosa de la dignidad y el derecho.
Por otra parte, la responsabilidad de cada ciudadano en cuidar la dignidad y los derechos de todos, en cuidar el orden y la seguridad ciudadana de todos, es indispensable para la transición. Pero no basta la responsabilidad de cada ciudadano, es necesaria también la responsabilidad de las autoridades civiles, del Estado en transición. Se le ha llamado “el deber de proteger” a cada persona, su dignidad y derechos. Cuando los Estados no pueden, o no quieren, asumir esta grave responsabilidad de cuidar a los ciudadanos o, por el contrario, provocan crisis humanitarias, hasta la Iglesia, aprueba y defiende la llamada “intervención humanitaria”. Así lo expresó el Papa Benedicto XVI en la Asamblea General de la ONU:
“Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también las consecuencias de las crisis humanitarias ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales. La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tienen por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación a la soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real. Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de los medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática y prestando atención y estímulo también a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación” (ONU, 18 abril 2008).
Por eso, de poco vale lamentar cuando llega el conflicto. Los primeros y más grandes responsables son aquellos que se negaron a ceder el poder, que manipularon los diálogos, que no buscaron la reconciliación con justicia. Por eso, una vez más, me gustaría recordar aquel pensamiento que escribí como titular de un editorial de la extinta revista Vitral:
“Quien cierra el paso al cambio en paz, abre la puerta a la violencia” (Vitral. Editorial No. 55, año X, mayo-junio de 2003).
Considero que esta opinión mantiene hoy toda su vigencia, incluso reviste ribetes de urgencia terminal. Ese criterio puede servir para evaluar las causas de lo que ha pasado en Venezuela o en otros países, y, sobre todo, para evitar a tiempo que ocurra en el nuestro. Pensemos, evaluemos y propongamos una transición pacífica, ordenada y auténtica hacia una libertad y responsabilidad democrática. Una transición ética y pragmática en la que todos participemos y evitemos lo que después lamentaremos (Cf. XII Informe del Centro de Estudios Convivencia sobre la transición en Cuba, en www.centroconvivencia.org)
La solidaridad y la paz
El tercer binomio es el de la solidaridad y la paz. A este respecto, podemos constatar que hay un doble rasero para medir la solidaridad entre las naciones. Si se interviene en una guerra fratricida a miles de kilómetros en África durante más de diez años, es internacionalismo solidario. Si se invade un país vecino como es el caso de Rusia a Ucrania, es una “operación militar especial”, incluso con participación de cubanos. Pero si ocurre por parte de naciones que están consideradas enemigas, entonces es grosera invasión, violación de la soberanía e intromisión en los asuntos internos. Ninguna invasión es deseable. Pero no es ético el doble rasero para clasificar solidaridades “buenas” porque se avienen a una ideología o interés geoestratégico, y solidaridades “malas”, porque impiden la expansión de sistemas autoritarios, populistas o totalitarios.
La paz verdadera es aquella que se construye sobre estos binomios. No hay paz con violación de la dignidad y los derechos humanos. Y si lo aparenta, es la paz de los sepulcros. No hay paz sin libertad. Y si lo pareciera, es la paz de las prisiones y la represión sistemática. No hay paz posible sin responsabilidad ciudadana de no polarizar, de no delatar, de prestarse para reprimir, de golpear y matar al compatriota. Ni hay paz sin responsabilidad del “deber primario de proteger” del Estado. El Estado que no protege sin paternalismo, si no es garante de la dignidad, de los derechos, de la libertad de los ciudadanos, abre la puerta a la violencia. Viola la paz que es siempre fruto de la justicia y de la solidaridad. No se puede declarar a una región como “zona de paz” por decreto mientras se están promoviendo los enfrentamientos entre ciudadanos y naciones por razones ideológicas, políticas y geoestratégicas. No es coherente invocar la paz cuando se ha actuado, durante décadas, contra las bases de la paz. Esas bases son, como hemos resumido: primero que todo, la dignidad y los derechos humanos, la libertad, la responsabilidad, la justicia, la solidaridad y la paz.
En resumen:
La paz siempre es lo mejor, la violencia es lo peor. El respeto a la soberanía del ciudadano sobre la soberanía de los Estados es lo mejor. La violencia de Estado sobre la libertad y los derechos de los ciudadanos es lo peor. Pero a veces, por el empecinamiento de los hombres, lo mejor y lo posible no se encuentran. Por eso:
Las personas deben estar, y ser respetadas y promovidas, por encima de la política, de los mapas geoestratégicos, de las ideologías y del Estado. En consecuencia, si la política, las ideologías y el Estado hacen sufrir a las personas, es necesario agotar todos los medios pacíficos, todos los medios diplomáticos, hasta que no quede otra forma de salvar el derecho humanitario y soberano de los ciudadanos.
Cada cual podrá hacer, serena y coherentemente, su discernimiento y valoración en cada caso, sin el cinismo del pragmatismo deshumanizado, ni el angelismo ingenuo o separado de la realidad. Lo posible: un pragmatismo ético sin relativismo moral.
Deberíamos aprender que las transiciones son procesos, van paso a paso, una etapa detrás de la otra. No se pueden quemar etapas. Hay que tener paciencia, inteligencia y eficacia para lograr el objetivo: una transición pacífica a la democracia. Moraleja también para el pueblo cubano.
Es lo que deseamos para el hermano pueblo de Venezuela. Él es y debe ser el único dueño de su destino. Con la solidaridad de muchos.-
Lunes, 5 de enero de 2026




