El carnaval del Obispo
El buen Obispo, previa consulta con las fuerzas vivas de la ciudad, concibió el proyecto de sustituir el juego del carnaval con el rezo del rosario. Barrida y mesa limpia

Eleazar López C. :
“Voy a acabar con esta barbarie, que se llama aquí carnaval: voy a traer al
buen camino a estas mis ovejas descarriadas, que viven en medio del pecado;
voy a tornarlas a la vida del cristiano por medio de oraciones que les hagan
dignas del Rey nuestro señor y de Dios, dispensador de todo bienestar”
(Racional del Edicto del 14 de febrero de 1759).
El carnaval civilizado de Guzmán Blanco (con flores, disfraces y desfiles de
coches), detuvo el incivilizado que venía de tiempos remotos, que eran tres
días de una desenfrenada jugadera de agua y un amenazante todo-se-vale,
cuando Caracas tenía que “cerrar puertas y ventanas, la autoridad las fuentes
públicas y la familia que esconderse para evitar el ser víctima de la turba
invasora” (Arístides Rojas).
Eso era así hasta que Diego Antonio Diez Madroñero fue nombrado Obispo
de Caracas y Venezuela en 1759. Entonces, Caracas no tenía “jardines ni
paseos ni alumbrado ni médicos, ni boticas ni modistas, ni cosas que se le
pareciera, ni carretas ni coches” y, mucho menos, civilismo; porque los
caraqueños constituían “una sociedad bárbara que desconocía por completo
la cultura de las diversiones públicas” (ibídem).
Aparte de los juegos con agua, lo que llamó más la atención al nuevo prelado
fueron “los retozos y bailecitos populares, los tocamientos y morisquetas de
los sexos, los juegos de la gallina ciega, la perica, el escondite y el pica-pico.
Que se lancen balas, si quieren, decía el Obispo; pero que no se acerquen,
pues no convienen los jueguitos de manos entre ambos sexos, los bailecitos y
las zambullidas en las pilas con amapuches incluidos.
¿Qué hacer?
Contratacar.
Entonces el buen Obispo, previa consulta con las fuerzas vivas de la ciudad,
concibió el proyecto de sustituir el juego del carnaval con el rezo del rosario.
Barrida y mesa limpia.
Resultó que la Resolución de carnaval se extendió pues, además de trocar
los festejos populares en interminables procesiones religiosas, Diez
Madroñero decidió convertir a Caracas en un convento.
Por disposición suya, los ocho barrios existentes tomaron sus nombres de
los templos que había en ellos: N.S. de las Mercedes, el de Candelaria, el de
Santa Rosalía; y así las “obras evangélicas” del devoto prelado le dio nombre
de santos a las calles de la ciudad, con amplias referencias al martirologio, tal
y como todavía lo evidencian la colina de El Calvario y las calles con nombres
de cruces y santos.
Además de imponer el toque obligatorio del Angelus tres veces al día, el
recordado Obispo de paso obligó a que los caraqueños colocaran la figura de
algún santo patrocinante en los zaguanes de sus casas, lo cual pudo verse en
la Caracas de los techos rojos del centro de la ciudad hasta muy entrada la
década de 1940.
En el tiempo histórico, todo eso duró poco.
Quedaron muchos cambios en la toponimia de la ciudad, pero en lo
referente al Edicto carnavalesco de 1759, éste se cumplió estrictamente
durante sus diez años; pero ido el Obispo en 1679, las procesiones y rezos se
fueron quedando atrás y, poco a poco, los caraqueños volvieron a sus
andadas.-




