In memoriam: Mons Julio César Dutari, sj
Nuestra relación fraterna creció en los afanes por la historia y por el patrimonio, pero fue para mi ocasión propicia para enriquecerme con su espiritualidad, su amor a la patria grande, su sencillez y entrega a sus fieles sobre todo a los más pobres

Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
El viernes 16 de enero falleció en la ciudad de Quito, en la residencia Maurilio Detroux de los padres jesuitas, Mons. Julio Terán Dutari, décimo tercer obispo de la diócesis de de Ibarra, bella ciudad en medio de la cordillera andina, a mitad de camino entre la capital y Tulcán en la frontera con Colombia. Tuve la dicha de visitarlo por última vez durante la celebración del Congreso Eucarístico Internacional, en compañía del Señor Nuncio Andrés Carrascosa, recientemente trasladado a la nunciatura de Portugal, del Padre Rolando Calle sj., fraterno amigo de larga data y del Secretario de la Comisión para América Latina CAL, Rodrigo Guerra y su señora esposa.
Esta crónica quiere ser para mí una manifestación de profundo agradecimiento a la amistad que nos unió, gracias al intercambio que el CELAM ofrece a los obispos del continente, y a la común afición por la historia y el patrimonio eclesiástico que nos llevó a compartir la búsqueda de uno de los personajes más importantes de los años de la Independencia, Mons. Rafael Lasso de la Vega y de la Rosa (1764-1831), nacido en Santiago de Veraguas, Panamá, perteneciente al Virreinato de la Nueva Granada, Obispo de Mérida de Maracaibo (1815-1828), trasladado a la sede de Quito (1828-1831). Mons. Julio nació en Panamá de padre ecuatoriano donde pasó la mayor parte de su vida, pero conservó lazos estrechos entre los dos países.
Nuestra relación fraterna creció en los afanes por la historia y por el patrimonio, pero fue para mi ocasión propicia para enriquecerme con su espiritualidad, su amor a la patria grande, su sencillez y entrega a sus fieles sobre todo a los más pobres. Gracias a sus gestiones pude entablar amistad con miembros de la Academia Ecuatoriana de la Historia, y de su mano, acceder por vez primera al archivo arzobispal de Quito, a otros archivos de la ciudad y al rico arte quiteño. Además, coincidimos en Roma como miembros de la Pontificia Comisión de Bienes Culturales de la Iglesia a finales del siglo pasado y comienzos del presente. Hombre sabio y de vastos conocimientos de lo humano y lo divino, exquisito en la hospitalidad me llevó a estar en su casa episcopal en Ibarra en varias ocasiones y conocer ricas experiencias pastorales en diversos lugares de su geografía.
Mons. Julio fue alumno de los Colegios San Gabriel y Loyola de Quito, regentados por los Padres Jesuitas donde surgió su vocación a seguir las huellas de San Ignacio en la Compañía de Jesús. Licenciado en Humanidades y en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, doctorándose en filosofía en la Universidad de Munich, Alemania. Al regresar a su país, la vocación docente la ejerció en la Universidad Católica de Quito como docente en varias de las ramas filosóficas y teológicas, siendo posteriormente decano y rector de la misma universidad. Sus escritos abarcan el amplio espectro filosófico y teológico, con la visión holística en las ciencias humanas, la antropología, el arte y la religiosidad popular.
En 1995 fue nombrado obispo Auxiliar de Quito y en el 2004 trasladado a la sede de Ibarra hasta cumplir la edad reglamentaria del código de derecho canónico. Siendo Obispo Emérito de Ibarra, el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Administrador Apostólico Sede Vacante de la Diócesis de Santo Domingo en Ecuador. Siguió desarrollando sus dotes de investigador, de predicador y confesor hasta que las fuerzas físicas flaquearon y recibió los cuidados de sus hermanos jesuitas en la amplia casa de reposo de los sacerdotes mayores.
Su trayectoria es prez que enaltece el episcopado de su patria y de la patria grande latinoamericana. He tenido la dicha de haber abrevado en el pozo de su espiritualidad y ciencia. Conservo con primor varios de sus escritos y me precio de haber aprendido de su sabiduría que me llevó a adentrarme en la rica herencia cultural católica del Ecuador. Descanse en paz a sus noventa y dos años en los que dio lo mejor de sí para bien de la Iglesia, de su pueblo más sencillo dejando huella perenne que invita a imitarlo ad maiorem Dei gloriam.-
17-1-26




