Lecturas recomendadas

Fanáticos y utópicos

En la especial circunstancia que hoy vivimos, nos asombra ver tantos líderes defendiendo utopías, peleándose entre vanguardias, mientras la historia parece estar dando lugar a un significativo cambio que se rehúsan a captar

Bernardo Moncada Cárdenas:

«Detrás de toda persona cínica, hay un idealista desilusionado.» George Carlin

«¡No nos sigan profetizando la verdad! Háblennos palabras suaves, profeticen ilusiones» Isaías, 30

Desde que Tomás Moro, allá por el siglo XVI, acuñó la palabra “Utopía”, un singular atractivo se asoció con su contenido. Con ese término, que se ha hecho sinónimo de “ideal, progreso anhelado”, se enlaza en el mundo moderno la expresión vanguardia. Son términos que se nos han hecho cotidianos; para la mentalidad común, todavía creyente en la inevitabilidad del progreso, sus respectivos significados se entienden como positividad.

Santo Tomás Moro, santo patrono, por cierto, de la política, fue un hombre profundamente religioso a la vez que competente y leal servidor de la corona inglesa. Su desacuerdo con el giro tomado por Enrique VIII le valió la prisión y seguidamente la condena a morir decapitado como traidor al rey. Pero antes tuvo tiempo de escribir y publicar una visión crítica sobre los males que veía crecer en su sociedad, y lo hizo por contraste, al describir una sociedad ideal, supuestamente florecida en la isla llamada Utopía. Pero este nombre mismo ya advertía de su inexistencia: Utopía quiere decir, en griego, “Lo que no tiene lugar”, lo que no existe en sitio alguno. Utopía no es realmente una propuesta de sociedad; es siempre una contrapropuesta, un inalcanzable correctivo.

Pero el futuro va construyéndose con actos y eventos, es un engaño decir que puede vaticinarse con utopías e ilusorias “leyes de la historia”. Las vanguardias se creen sabedoras del futuro, específicamente el forzado por un puñado de luchadores políticos de acuerdo con sus caprichos, preconceptos, e intereses. Cuando mucho, movilizan fanatismos que pretenden cambiar la historia con violencia para su satisfacción.

Una primera cosa tienen, en común, Utopía y vanguardia: ambas nos aíslan de la realidad presente, como poniéndola en cuarentena, impulsando estrategias calculadas para derrotar, supuestamente, tradicionalistas y “masas ignorantes”; sobre todo, para poner realidad y actualidad en un puesto secundario, despreciándolas por transitorias.

En la especial circunstancia que hoy vivimos, nos asombra ver tantos líderes defendiendo utopías, peleándose entre vanguardias, mientras la historia parece estar dando lugar a un significativo cambio que se rehúsan a captar. Defienden utopías y vanguardismo, en una orgía de irracionalidad fanática, sin valorar la actualidad presente.

Ninguna utopía es superior a la atenta observación de la realidad. La realidad actual es el único germen de la futura, y vivimos necesidades muy concretas a ser resueltas, en lugar de dedicarnos a ladrar a la caravana que pasa.

Los fanáticos quisieran palabras suaves, que profeticen lo que ellos quisieran, en lugar de palabras reales que los lleven a una ajustada percepción de los hechos, y una respuesta eficaz, en lugar de cínicos estallidos que sólo canalizan su desencanto.

La historia sobreviene con y por la realidad, y no a pesar de ella; y Dios la diseña, pero espera que el hombre la optimice, estudiando y discerniendo, no ignorándola para imponer su caprichosa visión. Es hora ya de exigir menos utopía y menos fanatismo, es hora de exigir el bien de todos en una nación unida.-

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