El cometa Halley podría cambiar de nombre: fue descubierto por un monje inglés 600 años antes
El protagonista de esta revisión es Eilmer de Malmesbury, un benedictino del siglo XI

La imagen del cometa Halley cruzando el cielo en la noche del 13 al 14 de marzo de 1986 sigue grabada en la memoria de quienes lo vieron: un cuerpo brillante, con una larga cola visible desde la Tierra, que regresaba tras 76 años de ausencia.
Su órbita elíptica lo convierte en uno de los pocos fenómenos astronómicos que una persona puede contemplar más de una vez en la vida. Desde hace siglos, su nombre honra al astrónomo inglés Edmond Halley, quien en 1705 demostró que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran el mismo objeto y predijo su retorno para 1758.
La hazaña del monje volador
Sin embargo, una nueva investigación plantea una pregunta incómoda: ¿y si Halley no fue el primero en descubrir la periodicidad del cometa? ¿Y si un monje medieval ya había intuido su regreso seis siglos antes, sin telescopios ni matemáticas newtonianas? Medios como National Geographic o La Vanguardia se hacen eco de este hecho.
El protagonista de esta revisión histórica es Eilmer de Malmesbury, un benedictino del siglo XI conocido tanto por su curiosidad intelectual como por su temerario intento de volar con alas mecánicas, hazaña que le valió el apodo de el monje volador.
Según las crónicas de Guillermo de Malmesbury, escritas hacia 1125, Eilmer observó un cometa en 1066 y afirmó que ya lo había visto antes, en el año 989.
En una época en la que los cometas eran considerados presagios de muerte, guerras o hambrunas, Eilmer fue más allá de la superstición: reconoció que aquel fenómeno no era aislado, sino recurrente. Su intuición, registrada en manuscritos medievales, podría ser el primer testimonio conocido de la periodicidad del cometa Halley.
La aparición del cometa en 1066 fue documentada durante más de dos meses por astrónomos chinos y quedó inmortalizada en el Tapiz de Bayeux, donde se representa como un mal augurio durante el breve reinado de Harold Godwinson, justo antes de la conquista normanda.
Los creadores del tapiz no buscaban precisión astronómica, sino conectar el fenómeno celeste con la muerte del rey Eduardo el Confesor y la coronación de Harold, en un contexto político convulso.
¿Debería cambiar de nombre?
El estudio reciente revela que, en los siglos cercanos a 1066, el cometa fue observado al menos cinco veces y asociado en la tradición oral con la muerte de reyes o grandes calamidades. Incluso se menciona un cometa previo a la muerte del arzobispo Sigerico en 995, aunque podría tratarse de una exageración o una “noticia falsa” medieval destinada a infundir temor religioso.
Los investigadores Simon Portegies Zwart y Bob Lewis sostienen que Eilmer anticipó en más de 600 años el descubrimiento atribuido a Halley. Aunque el monje carecía de herramientas matemáticas, su observación doble —989 y 1066— constituye un registro temprano de la periodicidad del cometa.
Por ello, algunos expertos proponen que el cometa debería llevar también su nombre, o al menos reconocer su contribución histórica. No sería un gesto menor: significaría rescatar del olvido a un personaje que, además de estudiar el cielo, intentó comprenderlo con una mentalidad sorprendentemente científica para su época.-





