
Rosalía Moros de Borregales:
“Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí.” Marcos 10:47.
El drama del deseo humano
Vivimos en un mundo que nos empuja constantemente a desear. Un día creemos saber lo que queremos; al siguiente, ese anhelo se ha evaporado. Alcanzamos algo que parecía imprescindible… y pronto descubrimos que el vacío sigue intacto. A veces el deseo se convierte en una escalera interminable. Así como un escalón conduce al siguiente, un deseo sigue a otro hasta convertirse en ambición. Contrariamente a nuestro pensamiento, pareciera que no ascendemos sino que nos sentimos como en caída libre en un inmenso vacío incapaz de ser llenado.
Algunos nunca notan la caída. Otros despiertan cuando ya están hundidos. Y muchos, con una consciencia más aguda, buscan algo que los complete realmente; pero no saben dónde encontrarlo. Esta es la pregunta que atraviesa a nuestra generación: ¿Sabemos realmente qué queremos? ¿Sabemos a quién acudir?
Bartimeo: Un hombre que sí sabía
Cuentan los evangelios que a la salida de una ciudad llamada Jericó, un hombre ciego estaba sentado junto al camino mendigando. Su nombre era Bartimeo, no sabemos mucho de su pasado, solo sabemos que era ciego y que, muy probablemente, debido a su ceguera había llegado a la mendicidad. No tenía prestigio, no tenía posición, no tenía visión; sin embargo, tenía algo que muchos no poseen, tenía claridad interior. Había escuchado de Jesús y de los muchos milagros que había hecho en medio de las multitudes que le seguían. Entonces, cuando oyó que Jesús llegó a Jericó, no le llamó como muchos lo hacían, Jesús de Nazaret, sino que, conociendo las Sagradas escrituras con respecto al Mesías, lo llamó ¡Hijo de David! Pues, Bartimeo entendió fácilmente que solo quien viene de Dios, según el linaje de David, como había sido prometido, era capaz de llevar a cabo las sanidades que Jesús hacía. Era un hombre con ceguera física; pero, su ceguera no le impidió reconocer al Rey.
La fe que clama
Mientras Jesús iba pasando cerca de él, Bartimeo comenzó a llamar a gritos a Jesús. Muchos lo reprendieron para que callara. Siempre hay gente que critica e incomoda al que clama con urgencia; pero Bartimeo no se amilanó y gritaba con más fuerza. Su fe no fue una fe silenciosa, callada, socialmente aceptada; fue una fe desesperada por la presencia de Dios. Una fe que gritó, que clamó desde el fondo de su alma. Entonces, todos los que allí estaban fueron testigos de algo conmovedor. En medio del camino hacia Jerusalén, en medio del trayecto hacia la cruz, Jesús se detuvo por aquel hombre que clamaba, aquel hombre que no estaba dispuesto a perder su oportunidad: ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!
¿Qué quieres que te haga?
Entonces Jesús al escucharlo, se detuvo y mandó a que lo trajeran a él, y alguno de los que estaban allí, lo tomó y le dijo: ¡Ten confianza! ¡Jesús te llama! Vino pues Bartimeo ante Jesús, y Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Entonces Bartimeo, absolutamente seguro de lo que quería, le respondió: Maestro, que recobre la vista. Y Jesús le dijo. ¡Vete, tu fe te ha salvado!
Jesús pregunta, no porque no sepa lo que quiere Bartimeo, Jesús pregunta porque la fe debe expresarse. Bartimeo sabía exactamente lo que quería, sabía lo que necesitaba, lo que su alma anhelaba. Y más aún, sabía que se encontraba ante el dador de toda buena dádiva, ante el Hijo del Padre de las luces, de quien proviene todo el bien, textualmente: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Santiago 1:17. Bartimeo dijo con absoluta claridad: “Maestro, que recobre la vista.” Qué contraste con nosotros. Cuántas veces pedimos sin saber lo que realmente necesitamos. Cuántas veces deseamos sin discernimiento. Bartimeo tenía oscuridad en los ojos, pero tenía luz en el alma.
La fe que es valiente
La Biblia nos dice que el reino de los cielos lo arrebatan los valientes. Y vaya que fue valiente este hombre Bartimeo. Se imaginan todo el esfuerzo que tuvo que haber hecho para ser tomado en cuenta en un lugar donde había una multitud y él estaba mendigando. Seguramente, Bartimeo ya estaba acostumbrado a ser rechazado; no obstante, como sabía que se trataba de Jesús, y sabía que Jesús era la fuente, entonces no dejó pasar su oportunidad.
La fe que sigue después del milagro
La historia termina diciendo que al instante Bartimeo recobró la vista y seguía a Jesús por el camino. Este es uno de los detalles más hermoso de esta historia. Bartimeo no volvió a su antiguo lugar de mendigo. No se quedó celebrando el milagro. Siguió a Jesús. La fe verdadera no solo busca el milagro, la fe verdadera sigue al Hacedor de milagros.
El carácter de Cristo
Una vez más un rostro de la fe es develado ante nosotros. La fe no es única, uniformada, con la misma cara para todos. Así como cada ser humano posee una unicidad dada por el Creador, también hay millones de rostros para la fe. Y ante la fe de todos, el carácter único de Cristo también se devela ante nosotros, nos muestra a Jesús empático con nuestra necesidad, un Jesús que escucha nuestro clamor, que nos restaura y siempre nos dignifica.
Quizá hoy entendamos que la vista de nuestra alma se encuentra nublada. Quizá hoy podemos hacernos esta pregunta personal: ¿Sabes realmente qué quieres? ¿Sabes a quién pedírselo? Jesús sigue pasando a tu lado por el camino de tu vida. Y hoy te pregunta lo mismo que le preguntó a Bartimeo: ¿Qué quieres que te haga? Ojalá que tú y yo no vacilemos en contestar: _Maestro, que recobre la vista.-
Rosalía Moros de Borregales
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