Iglesia Venezolana

Camino de Damasco

 

Mons Ovidio Pérez Morales:

El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.

El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.

Conversión de Pablo en el camino a Damasco - Albert Jacobsz. Cuyp |  FeelTheArt

Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos, cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores. El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal. La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre todo, don divino.

Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal, está invitado a progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.

La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos. Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.

Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes, persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.

Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos, creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos y atornillar obligantes compromisos.

Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3, 25).

Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor.-

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