Cristina de Suecia, la reina ambigua que nació protestante y fue tan libre que murió católica
Se cumple el cuarto centenario del nacimiento de una soberana diferente, que consideraba sus deberes (entre ellos, el matrimonio) como incompatible con la libertad

Alicia Vallina/El Mundo, España:
La historia de la reina Cristina de Suecia es, quizá, una de las más fascinantes de la monarquía europea moderna. Única heredera al trono tras el fallecimiento de su padre, Gustavo II Adolfo, durante la Guerra de los Treinta Años, renunció a gobernar, abdicando de modo consciente y casi provocador.
Nacida el 8 de diciembre de 1626 en Estocolmo, jamás encajó en los rígidos moldes de la sociedad sueca de su tiempo. Detestaba las labores cortesanas tradicionales y desde niña se interesó por las Artes, la Historia, la Teología, la Astronomía o la Filosofía, lo que hizo que se convirtiera en alguien peligroso y libre que no gustaba en los círculos monárquicos. Cristina, de fuerte temperamento y actitud inquieta, destacó siempre por ser una gran apasionada de la lectura y una mujer curiosa e inteligente que prefería evitar el uso de cualquier tipo de maquillaje y vestir ropa cómoda, especialmente pantalones y botas, antes que los lujosos e incómodos vestidos que la corte sueca imponía. Gustaba de realizar actividades vinculadas al género masculino como el montar a caballo, cazar o practicar esgrima y era una apasionada de los idiomas, ya que sus biógrafos cuentan que hablaba con fluidez no solo el sueco sino también el alemán, francés, holandés, italiano, latín, griego y hasta español (acentuándose su conocimiento por las relaciones diplomáticas y de amistad establecidas con el rey Felipe IV).
Tras su coronación, un 17 de octubre de 1650 en la catedral de San Nicolás de Estocolmo, ocurrida sin haber cumplido aún los 24 años, Cristina nombró como su sucesor al trono a su primo Carlos Gustavo. El poder le asfixiaba y a esto se sumaba el hecho que, en una monarquía absolutista del siglo XVII, una reina soltera resultaba ser una anomalía peligrosa. La corte insistía en que debía casarse y asegurar un heredero para lograr la estabilidad del reino, pero Cristina siempre respondía con evasivas y hasta llegó a declarar que el matrimonio era incompatible con su idea de libertad. Para ella reinar era un modo de renunciar a su vida y por eso organizó premeditadamente un plan que desencadenara en la abdicación. Se rodeó de confidentes y religiosos católicos, entre ellos el general español Antonio Pimentel, además de un buen número de intelectuales y artistas heterodoxos junto a los que afianzó, aún más, su concepción de monarca desafiante.
De este modo, en 1654, Cristina abdicó deliberadamente al trono en una ceremonia formal en el castillo de Upsala en la que, casi de modo teatral, se despojó de los símbolos de poder (corona, cetro y manto) en beneficio de su primo. Sin mirar atrás, estableció un acuerdo económico para su manutención con carácter vitalicio y abandonó Suecia voluntariamente para comenzar una nueva vida. Este gesto resultó escandaloso para la época, pues abdicar voluntariamente en pleno poder, sin crisis militar ni revueltas, era casi inaudito.
Tras pasar por Amberes, Bruselas y Flandes, bajo la protección de Felipe IV tomó de nuevo una decisión crucial para su vida: convertirse al catolicismo después de haber sido la dirigente de uno de los bastiones más importantes del protestantismo. La decisión fue aceptada por el papa Inocencio X antes de morir y por su sucesor,
Alejandro VII, hasta que terminó por hacerse oficial en noviembre de 1655. El escandalo fue mayúsculo. Cristina se instaló en Roma definitivamente. Había cambiado de religión, de idioma, de corte, de rol. Se convirtió entonces en una figura cultural de primer orden, protectora de artistas, filósofos y músicos, vistiendo a veces como un hombre y manteniendo una identidad deliberadamente inclasificable.
Cuenta la historiografía que mantuvo vínculos emocionales profundos con mujeres, especialmente con su dama de compañía Ebba Sparre, a quien llegó a escribirle cartas en las que se dirigía a ella como «mi bella», «mi consuelo» o «el objeto de mi amor». ¿Implicaron esas expresiones que entre ambas hubiera una relación algo más que amistosa? En realidad, no lo sabemos, lo que sí tenemos claro es que se buscaban y deseaban disfrutar de una cercanía constante. Todo esto alimentó la idea de que Cristina era una mujer que desviaba el deseo fuera de los cauces aceptables, por lo que fue descrita en su época como «viril», «andrógina» o «monstruosa».
Cristina se forjó en Roma una imagen como coleccionista y mecenas moderna, no con la idea de glorificarse, sino de crear un espacio de pensamiento y de debate intelectual. Su colección de arte fue una de las más extraordinarias de Europa y estaba compuesta por obras de Rafael, Tiziano, Correggio, Veronés, Guido Reni, Carracci, además de por innumerables dibujos, esculturas, grabados, monedas antiguas, manuscritos raros y libros prohibidos. De hecho, fue una coleccionista nada al uso, ya que se dejó llevar por su gusto y conocimiento, resultando su formación un todo coherente. Fundó la Academia Real en Roma y fue una apasionada de la arqueología, llegando a reunir una excelente colección de esculturas antiguas que serían adquiridas por Felipe V e Isabel de Farnesio en 1724 por 50.000 escudos romanos y entre las que se encuentran el conjunto de musas que hoy podemos contemplar en el salón oval remodelado por Moneo en el Museo del Prado. Por otra parte, llegó a escribir una Autobiografía que dejó inconclusa, compuesta por nueve capítulos en los que relataba episodios de su niñez y anécdotas personales.
Ya en su lecho de muerte, dictó testamento nombrando al cardenal italiano Decio Azzolino como su heredero universal. En él también indicaba que deseaba ser amortajada y sepultada en el Panteón de Agripa sin ningún tipo de boato. El 19 de abril de 1689, a los 62 años, exhaló su último aliento y fue enterrada bajo la Basílica de San Pedro (una de las cuatro únicas mujeres de la historia que descansan ahí) en un funeral de Estado organizado por Azzolino y el papa Inocencio XI, que no cumplieron su voluntad de ser enterrada con humildad y sencillez.
La reina Cristina de Suecia se convirtió, muy pronto, en algo más que un personaje histórico: pasó a ser un mito moderno, especialmente atractivo para el cine y la literatura porque encarnaba una combinación apasionante de poder, renuncia, ambigüedad sexual, inteligencia, exilio y escándalo. De este modo, fue Greta Garbo quien protagonizó en el cine, en un film de 1933 que poco se ajusta a la realidad histórica, al personaje de la gran reina sueca, consolidando su imagen como la de una figura andrógina, melancólica y libre, muy en consonancia con la identidad pública esquiva de la Garbo, que también se fusionaba con el propio personaje de la monarca.
La vida de nuestra protagonista también fue revisada en la contemporaneidad en la película The Girl King, de 2015, dirigida por el finlandés Mika Kaurismäki, en la que se muestra de modo más explícito su relación con Ebba Sparre y su papel como mujer atrapada en una vida que no deseaba, en diálogo directo con sensibilidades actuales.
En definitiva, la reina Cristina de Suecia fue una mujer de identidad ambigua que renunció al trono de Suecia para vivir su libertad, y que convirtió su vida en una obra consciente, abierta, provocadora y profundamente excepcional para su tiempo.-
Pie de foto: Greta Garbo caracterizada de Cristina de Suecia.
20 febrero 2026




