Opinión

Del líder al caudillo y la maldición de Hubris

José Ignacio Moreno León:

En las últimas décadas los procesos de democratización han marcado un avance significativo en diversas regiones. No obstante, en America Latina estos logros siguen siendo frágiles debido a la persistente debilidad de la cultura cívica y la ausencia de liderazgos políticos comprometidos con la eficiencia, la rendición de cuentas y la transparencia en el ejercicio del poder. Esa carencia ha favorecido la recurrencia del caudillismo, el populismo y la corrupción, prácticas que erosionan la legitimidad del sistema político, obstaculizan el desarrollo y ponen en riesgo la estabilidad de las instituciones democráticas.

En el contexto de esas tendencias Venezuela se juega la recuperación de su democracia en un escenario adverso que no admite improvisaciones: requiere liderazgo real e inteligencia política.

Las reflexiones que siguen surgen de la necesidad de reconocer que la consolidación democrática no depende únicamente de normas formales o procesos electorales, sino del fortalecimiento de un liderazgo político responsable, ético y con vocación institucional. En este sentido, resulta imprescindible enfrentar las tentaciones caudillistas, promover la formación política de los ciudadanos y fortalecer, a través de la educación cívica, el capital social como base indispensable para una democracia efectiva, participativa y sostenible.

La conducta de los dirigentes políticos suele verse afectada por distorsiones derivadas del ejercicio inadecuado del poder. Así, el líder político —cuya influencia se funda en la legitimidad, la confianza, la honestidad, la competencia y los valores— puede involucionar hacia el caudillo cuando sustituye el proyecto por su ego y transforma la autoridad en dominio personal.

El líder posee una visión clara, apertura al diálogo y capacidad de autocrítica. Acepta límites, rinde cuentas y entiende que el proyecto colectivo está por encima de su figura.

El caudillo, en cambio, concentra el poder, decide de manera unilateral, promueve el culto a su personalidad y desprecia tanto a los expertos como a las instituciones. Necesita enemigos para legitimarse y lealtades personales para sostenerse.

La fuente del poder marca la diferencia:

* En el líder, es la confianza y la legitimidad.
* En el caudillo, el carisma personal y la coerción.

En el sistema caudillista, el caudillo no gobierna: encarna. La crítica se convierte en traición, la lealtad reemplaza a la competencia, y el relato suplanta a la realidad. No es casual que el caudillismo sea una vía frecuente de acceso al poder para el populismo.

Diversos estudios han analizado el caudillismo como una verdadera patología de la política. El psiquiatra Manuel Ángel Franco, del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca, y el neurólogo británico David Owen han descrito un patrón de comportamiento asociado al ejercicio prolongado del poder, caracterizado por la pérdida de moderación, el desprecio por los límites y una percepción grandiosa de la propia misión histórica. A este cuadro lo denominaron “síndrome de Hubris”, en referencia a la mitología griega, donde la diosa Hubris simbolizaba la insolencia y la desmesura, conductas consideradas deshonrosas y socialmente censuradas.

En la tradición griega, esta falta de moderación solía manifestarse en héroes que, tras alcanzar la gloria —especialmente en el ámbito bélico—, infringían las normas de convivencia y desafiaban los límites impuestos por la comunidad y los dioses. En política, el resultado suele ser menos épico y bastante más costoso, en términos económicos y de violacion de derechos humanos.

El caudillismo, acompañado por el síndrome de Hubris, constituye uno de los males recurrentes de la vida política en América Latina. Está profundamente vinculado a una cultura personalista que facilita que los jefes de Estado adopten posturas cuasi monárquicas y autoritarias, debilitando las instituciones y erosionando la democracia.

Frente a esta realidad, resulta imprescindible fortalecer la educación cívica como estrategia central para construir una democracia de ciudadanos capaces de elegir con criterio y de sancionar a quienes traicionan la confianza recibida. Esa es la barrera más eficaz contra el caudillismo y el populismo.

Juan Bautista Alberdi lo advirtió con crudeza y lucidez en el siglo XIX: “La ignorancia no discierne: busca un tribuno (líder) pero toma un tirano (caudillo). La miseria no delibera: se vende.”

America Latina sufre las miserias del subdesarrollo por el déficit de líderes y la abundancia de caudillos. Nada que agregar. Dos siglos después, el diagnóstico sigue vigente… y la factura sigue llegando.-

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