El corazón cuaresmal

Bernardo Moncada Cárdenas:
«Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.» Salmo 50:12
«Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.» Proverbios 4:23
Para la cultura moderna, la palabra “corazón” tiene un sentido cardiológico; el corazón funciona como órgano garante de la oxigenación de la sangre en los pulmones y la distribución de sangre oxigenada y nutrientes a todo el organismo, además de regular el ritmo de latidos.
Podemos, sin embargo, comprender también al corazón como espacio de nuestras memorias, nuestros afectos compartidos y generador de identidad a lo largo de nuestra vida.
Nuestro corazón puede verse como un núcleo afectivo. Según descubrió J. Andrew Armour, el corazón humano alberga un sistema nervioso propio compuesto por aproximadamente 40.000 neuronas. Estas células permiten al corazón una forma de conciencia, recordar, aprender y sentir, interactuando constantemente con el cerebro. Fisiológica y neurológicamente, el corazón entiende.
La Biblia es más radical: el corazón encarna el centro de la personalidad, abarcando la mente, las emociones, la voluntad y la moralidad, no solo es órgano físico. Es el lugar donde residen los pensamientos, intenciones y decisiones. La Biblia enfatiza protegerlo, ya que es la fuente de la vida y donde Dios examina la verdadera condición humana.
La Cuaresma, más que un tiempo de autocastigo y dieta forzosa, es un tiempo para entrenar el corazón, un tiempo para aprender a recibir y respetar el amor de Dios; para reflejarlo y ser “ciudades del corazón”, para quienes nos rodean, y para quienes encontramos en el trayecto de la vida.
Dos Pontífices han escrito en tiempos recientes sobre ese amor solícito: el Papa Francisco, con su encíclica «Dilexit nos» («Nos amó», octubre 2024) y León XIV, con su exhortación «Dilexi te» («Te he amado», 9 de octubre de 2025).
El Papa Francisco nos recordó que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene el poder de “iluminar el camino de la renovación eclesial, pero también de decir algo significativo a un mundo que parece haber perdido el corazón”. Fue su cuarta encíclica, presentando el amor comunitario y divino del Sagrado Corazón de Jesús como guia para renovar la fe en un mundo indiferente. En Dilexit Nos, observa cómo nuestro actual estilo de vida, frenético, y nuestro obsesivo consumismo, nos impiden escuchar al corazón.
La encíclica nos habla al corazón, recordándonos que es en el corazón de Cristo donde «realmente llegamos a conocernos y aprendemos a amar» (30). Somos llamados a ser, «en medio de la devastación causada por el mal», colaboradores del Corazón de Jesús «para restaurar la bondad y la belleza en nuestro mundo» (182), frente a los peligros del individualismo que impide tener un verdadero encuentro con el prójimo.
Dilexi te, la reciente exhortación del Papa León, evoca el título de la encíclica de Francisco, Dilexit Nos y se dirige a «todos los cristianos sobre el amor a los pobres». Firmado en la fiesta de San Francisco de Asís, transmite la lección que San Francisco aprendió y encarnó personalmente: que un amor preferencial por los marginados puede renovar tanto a la Iglesia como a la sociedad.
Como Cristo mismo, pobre y hoy visible en todos los pobres, debemos -exhorta León- estar especialmente atentos a los más marginados de nuestra sociedad y escuchar la sabiduría que solo ellos pueden ofrecer, en una preferencia que «nunca implica exclusividad o discriminación hacia otros grupos, algo que sería imposible para Dios… Queriendo inaugurar un reino de justicia, fraternidad y solidaridad» (16). Llama a afrontar la creciente desigualdad, la globalización de la indiferencia.
Y el Tiempo de la Cuaresma vigoriza, con su liturgia eucarística, y su llamado a practicar caridad, ayuno y oración, un trabajo sobre nuestro corazón. Sus gestos no son mortificación sin sentido; son esfuerzos para adiestrar el corazón en su exigencia de solidaridad humana: «cuanto más vivimos esta exigencia y este deber, más nos realizamos a nosotros mismos. Al entregarnos a los demás, experimentamos que nos vamos completando» (L. Giussani).
La Cuaresma no es privación forzada, ceremonias automatizadas, ni gestos de condescendencia. Es cultivo de nuestra humanidad. Y, en este momento de inesperado e incomprendido cambio histórico, entrenar el corazón se hace más oportuno que nunca.-




