La economía rusa ha entrado en la zona de la muerte
Alexandra Prokopenko se pregunta cuánto tiempo más podrá la economía rusa seguir metabolizando su propio tejido muscular

La guerra de Rusia contra Ucrania entra en su quinto año y la economía que la sostiene se ha transformado de maneras que serán difíciles —quizás imposibles— de revertir sin otra crisis. Los occidentales siguen esperando a que la economía rusa se derrumbe. Eso no sucederá. Pero tampoco se recuperará. Ha entrado en lo que los alpinistas llaman «la zona de la muerte»: la altitud superior a 8.000 metros en la que el cuerpo humano se consume a sí mismo más rápido de lo que puede repararse.
La economía rusa está atrapada en lo que podría describirse un equilibrio negativo: se mantiene unida mientras destruye gradualmente su propia capacidad futura. Los ingresos por exportaciones están cayendo y la debilidad económica significa que las brechas presupuestarias no pueden cubrirse con más ingresos fiscales. La economía creció solo un 1% en 2025. La previsión para este año es peor.
En los últimos cuatro años, la economía rusa se ha bifurcado en dos sistemas metabólicos claramente diferenciados. El primero comprende las industrias militares y las relacionadas con el sector militar: los órganos vitales que reciben un flujo sanguíneo prioritario. Estos sectores están creciendo, contratando e invirtiendo. Tienen acceso prioritario a mano de obra, capital e importaciones. El segundo sistema contiene todo lo demás: empresas privadas, pequeñas empresas e industrias de consumo. Estas son las extremidades que quedan relegadas al frío. El conjunto del sector manufacturero ruso ha experimentado un fuerte crecimiento del 18,3% en los últimos tres años. Sin embargo, todo ese crecimiento —y más— ha venido del sector militar. La fabricación relacionada con la defensa se expandió lo suficiente por sí sola como para impulsar en un 20% las cifras principales, lo que significa que la industria civil se ha reducido en el mismo periodo.
La característica más peligrosa de esta nueva estructura es el combustible que consume. La economía rusa se sustenta ahora en lo que se podría llamar «rentas militares»: transferencias presupuestarias a empresas de defensa que generan salarios y actividad económica. Funcionalmente, esto se asemeja a la bonanza petrolera de la década de 2000. Sin embargo, hay una diferencia crítica. Las rentas del petróleo provenían de fuera del sistema: los extranjeros pagaban por un activo negociable y el dinero circulaba por la economía con efectos multiplicadores reales. Las rentas militares suponen una redistribución interna orientada a activos destinados a la destrucción. El cuerpo está metabolizando su propio tejido muscular para obtener energía.
Esto no es un descenso económico cíclico que la política monetaria o fiscal pueda resolver. Una recesión es como la fatiga: descansas y te recuperas. La condición de Rusia es como sufrir un mal de altura extremo: cuanto más tiempo se permanezca, peor, independientemente del descanso.
Planteemos la aritmética del descenso para el Kremlin. El sector de defensa de Rusia actualmente representa alrededor del 8% del PIB. Desmovilizar sin caer en una crisis requeriría que se cumplieran cinco condiciones simultáneamente: garantías de seguridad creíbles que satisfagan las percepciones de amenaza del Kremlin —lo cual a su vez determinará en qué medida reconstruye sus capacidades militares—; desmovilización masiva con programas efectivos de reconversión profesional; al menos un alivio parcial de las sanciones para el acceso a la tecnología; una revolución en la adquisición de defensa que priorice la eficiencia sobre la absorción presupuestaria; y un ecosistema saludable para pequeñas y medianas empresas capaz de absorber recursos reasignados y de impulsar la innovación. La probabilidad de que los cinco converjan es casi nula.
La condición de Rusia es como sufrir un mal de altura extremo: cuanto más tiempo se permanezca, peor
Mientras tanto, el oxígeno fiscal se está agotando. El déficit presupuestario se ha ampliado rápidamente hasta los 5,6 billones de rublos (73.000 millones de dólares), o el 2,6% del PIB correspondiente a 2025, convirtiéndose en el mayor desde la pandemia. Este año los pagos de intereses de la deuda pública serán mayores que el gasto total en educación y sanidad juntos.
Los precios del petróleo están aumentando la presión. Con un crudo Urals, la principal variedad de Rusia, que en este momento se negocia con un descuento del 25-30% con respecto al Brent, los ingresos por exportaciones de Rusia se dirigen hacia su nivel más bajo desde 2020. Los ingresos presupuestarios por petróleo y gas cayeron a la mitad en enero, en términos interanuales, quedando en algo menos de 400.000 millones de rublos.
Sin embargo, la debilidad de los precios de la energía no es principalmente un asunto ruso: es reflejo de la ralentización deflacionaria de China, el estancamiento de Europa y las guerras comerciales de Estados Unidos. La escasez de aire en las alturas es un problema global. Rusia la sufre de forma desproporcionada, pero otros petroestados también la padecen.
Este contexto global crea una estructura de incentivos perversa. La teoría económica convencional sugiere que el deterioro de las condiciones debería empujar al Kremlin hacia la mesa de negociación para poner fin a la guerra. En ese caso, veríamos a un actor racional que se enfrenta a costes crecientes y busca una salida. Sin embargo, Vladimir Putin no solo sigue su propio medidor de oxígeno, sino que también se fija en los de los demás escaladores.
Para el Kremlin, evitar la degradación económica requiere, como mínimo, poner fin a la guerra
Esto es lo que ve Putin: Europa afronta su propia crisis estructural, está fragmentada políticamente y es incapaz de ponerse de acuerdo en cuestiones estratégicas, entre las que se encuentra Rusia; Ucrania está agotada y depende de un respaldo occidental que fluctúa con cada ciclo electoral; y nos encontramos en una economía global en la que muchos partícipes tienen dificultad para respirar, lo cual augura una crisis provocada por la elevada deuda y la instrumentalización del comercio. Si sus rivales también se están debilitando —y si cree que puede resistir el sufrimiento más tiempo que ellos—, la lógica se invierte. La presión económica que normalmente debería favorecer la búsqueda de un acuerdo fortalece, en cambio, la lógica de la persistencia.
Hay una capa aún más profunda. Entre las élites rusas, no solo en el Kremlin, existe una convicción casi universal de que, independientemente de cómo termine esta guerra, el objetivo final de Occidente es la contención estratégica permanente de Rusia, y no solo como castigo por Ucrania, sino también para limitar el potencial de desarrollo ruso de manera permanente. Esta creencia se ha vuelto difícil de desmentir. Los responsables políticos occidentales discuten abiertamente sus planes para contener a Rusia. Cuatro años de confrontación han generado rigidez institucional en ambas partes.
Si ambos bandos esperan una confrontación permanente, actúan en consecuencia, y la confrontación se convierte en el único resultado estable. La preferencia revelada de Rusia —continuar la guerra pese a los crecientes costes— resulta racional ante estas expectativas. Tiene sentido continuar luchando y esperar que algo cambie: que la coalición occidental se fracture, que Ucrania se agote, que las prioridades de Donald Trump cambien.
Rusia probablemente pueda seguir librando la guerra en un futuro previsible. Sin embargo, ningún alpinista puede sobrevivir indefinidamente en la zona de la muerte, y no todos los alpinistas que intentan el descenso sobreviven. Para el Kremlin, evitar la degradación económica requiere, como mínimo, poner fin a la guerra. Eso por sí solo no garantiza la recuperación.
Sin embargo, cada año adicional a esta altitud aumenta el riesgo sistémico: de crisis fiscal, de colapso institucional, de daño tan grave que ninguna política de posguerra pueda repararlo. La pregunta que deben hacerse los responsables políticos occidentales es qué tipo de Rusia surgirá cuando finalmente comience el descenso, y si alguien tiene un plan para lo que viene después.-




