Entrevistas

Fr. Ielpo: «La Cruz de Liébana y el Santo Sepulcro dicen que el dolor no tiene la última palabra»

Luis Javier Moxó Soto/ReL:

El Custodio de Tierra Santa ve en el hermanamiento de Liébana y el Santo Sepulcro un signo de comunión y esperanza: «La Cruz cristiana está siempre iluminada por la Resurrección»

Tras participar en el Meeting de Rímini, donde alertó de la fatiga y el sufrimiento de las comunidades cristianas de Tierra Santa, Fr. Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa, explica el alcance del hermanamiento de Santo Toribio de Liébana con el Santo Sepulcro. Reivindica las escuelas franciscanas como un lugar de futuro para familias cristianas y musulmanas, pide a los peregrinos que vuelvan para escuchar las heridas de quienes viven allí y recuerda que los cristianos locales custodian los lugares del Evangelio «en nombre de toda la cristiandad».

Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa

Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa

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—El hermanamiento une el santuario que custodia el Lignum Crucis a la basílica que conserva la memoria de la muerte y la resurrección de Cristo. ¿Qué luz puede ofrecer hoy este vínculo entre la Cruz de Liébana y el Santo Sepulcro a una Iglesia que contempla con dolor lo que está viviendo Tierra Santa?

—Creo que este hermanamiento nos recuerda ante todo una verdad fundamental: la Iglesia de Jerusalén no es una Iglesia aislada. Es la Iglesia Madre, la Iglesia desde la cual el anuncio de la Resurrección partió para llegar hasta los confines de la tierra. Por eso, cada Iglesia particular, incluso a miles de kilómetros de distancia, conserva un profundo vínculo espiritual con Jerusalén.

En un momento tan doloroso para Tierra Santa, saber que una comunidad cristiana lejana reza por nosotros, piensa en nosotros y desea compartir concretamente nuestras fatigas genera esperanza. Significa no sentirse solos. Y creo que esto es muy importante hoy, porque una de las mayores tentaciones, cuando el conflicto se prolonga y parece no tener solución, es precisamente el aislamiento y el desánimo.

Pero el hermanamiento no es una relación en un único sentido. Es también una ocasión de oración recíproca. La Iglesia de Jerusalén necesita a las Iglesias del mundo, pero también tiene un don que ofrecerles: el testimonio de una fe que sigue viva en los lugares de la Pasión y de la Resurrección, incluso en medio de la prueba.

La Cruz custodiada en Liébana y el Sepulcro vacío custodiado en Jerusalén nos dicen juntos que el dolor no tiene la última palabra. La Cruz cristiana está siempre iluminada por la Resurrección.

El hermanamiento, subraya el franciscano, no se plantea como una relación de ayuda en un solo sentido, sino como una comunión de oración y testimonio entre dos Iglesias unidas por la Cruz y la Resurrección.

—El Santo Sepulcro es, para muchos peregrinos, el lugar más intenso y conmovedor de la cristiandad. Para usted, que lo custodia en un tiempo tan difícil, ¿qué momento, rostro o gesto vivido allí le ha confirmado recientemente que la esperanza cristiana no es una idea, sino una realidad?

—Más que en un episodio concreto, pienso en tantos rostros que he encontrado durante estos meses. Pero hay una frase que se me ha quedado especialmente grabada. Un hombre, hablando de la situación que estamos viviendo, me dijo: «Lo que más necesitamos es hacer experiencia de una comunidad».

Me impresionó mucho porque no me habló, ante todo, de ayudas económicas, de seguridad o de soluciones políticas. Me habló de la necesidad de no estar solos, de pertenecer a alguien, de poder compartir la vida.

Creo que aquí hay algo profundamente cristiano. La esperanza no es una idea abstracta ni tampoco un optimismo ingenuo. Se hace concreta cuando alguien cuida de otro, cuando una familia recibe apoyo, cuando un joven encuentra una posibilidad para su futuro, cuando alguien decide permanecer junto a quien sufre.

En estos meses he visto muchísimos gestos de este tipo. He visto una gran generosidad, a menudo silenciosa, hacia las familias más golpeadas. Y también he visto iniciativas nacidas desde abajo: pequeños encuentros entre personas pertenecientes a culturas, pueblos y religiones distintas que, pese a todo, siguen buscándose, hablando y rechazando la lógica según la cual el otro debe convertirse necesariamente en un enemigo.

Son signos pequeños, ciertamente. Pero el Evangelio nos ha enseñado a no despreciar los pequeños signos. También la Resurrección comenzó en el silencio de una tumba. Y quizá hoy la esperanza en Tierra Santa crece precisamente así: a través de hombres y mujeres que, casi sin hacer ruido, continúan escogiendo la fraternidad en lugar del odio.

La conversación desciende entonces desde el significado de los santuarios a la vida cotidiana de las comunidades que los rodean: familias, jóvenes y obras educativas que sostienen la presencia cristiana.

—Los franciscanos no custodian solamente iglesias y lugares de memoria: acompañan parroquias, escuelas, familias y jóvenes. Si pudiera dar a conocer a los fieles españoles una realidad concreta de esta presencia cristiana que merezca mayor atención, ¿cuál elegiría y por qué?

—Quisiera recordar, ante todo, que la Custodia de Tierra Santa no está presente solamente en Israel y Palestina. Nuestra misión comprende también Jordania, Líbano, Siria, Chipre y Rodas. Y, pensando precisamente en Siria, quisiera señalar una realidad muy concreta: la escuela.

El domingo 20 de septiembre inauguraré una escuela en el valle del Orontes, en Siria, que vuelve a abrir después de unos quince años. Puede parecer simplemente la reapertura de un edificio escolar, pero en realidad significa mucho más. Cuando en un pueblo reabre una escuela, algunas familias encuentran el valor de volver a sus casas, porque saben que sus hijos podrán estudiar e imaginar allí un futuro. Una escuela puede convertirse en la razón por la que una comunidad vuelve a vivir.

Esto vale para Siria, pero vale también para Tierra Santa. Nuestras escuelas no son solo lugares de instrucción. Son lugares en los que cristianos y musulmanes crecen juntos, aprenden a conocerse, comparten la misma aula, los mismos profesores, los mismos problemas y los mismos sueños. En una tierra marcada por la división, educar significa preparar una posibilidad distinta para el futuro.

Por eso considero hoy la educación una de las formas más importantes de nuestra presencia. Custodiar los Lugares Santos es esencial para nuestra vocación, pero custodiar las piedras de la memoria cristiana significa también cuidar las piedras vivas: las personas que continúan habitando esta tierra. Y una escuela es una de las maneras más concretas de decirle a una familia: vale la pena quedarse; vuestros hijos tienen futuro aquí.

La reapertura de la escuela en el valle del Orontes ilustra una prioridad de la Custodia: mantener abiertas posibilidades reales de arraigo allí donde la guerra y la precariedad empujan a las familias a marcharse.

—En las circunstancias actuales, ¿qué significa para una familia cristiana de Jerusalén, Belén o Cisjordania saber que, a miles de kilómetros, una comunidad como la de Santo Toribio de Liébana reza por ella y desea sostenerla?

—Volvemos de nuevo al tema de la comunidad y de la comunión. La comunión cristiana comienza ciertamente en el lugar en el que vivimos: en la familia, la parroquia, la fraternidad o la diócesis. Pero, por su propia naturaleza, no puede detenerse ahí. Se ensancha, supera las fronteras y alcanza a personas que quizá nunca conoceremos personalmente, pero a las que reconocemos como hermanos y hermanas.

Para una familia cristiana de Jerusalén, Belén o Cisjordania, saber que en Santo Toribio alguien pronuncia su nombre en la oración significa saber que pertenece a una familia más grande. Y hoy esto es especialmente importante. La disminución de la presencia cristiana en Tierra Santa no es solamente un problema local: concierne a toda la Iglesia.

Los cristianos que permanecen aquí no custodian estos lugares solamente para sí mismos. En cierto modo, los custodian en nombre de toda la cristiandad. Su presencia mantiene vivo el vínculo entre los lugares del Evangelio y la comunidad cristiana que continúa habitándolos.

Sentir que otros cristianos comparten esta responsabilidad puede dar una razón más para quedarse, sobre todo en los momentos en los que partir parece la opción más sencilla o incluso la única posible. Decirle a una familia «estamos con vosotros» significa también decirle: «Vuestra presencia aquí es valiosa también para nosotros».

Para Fr. Ielpo, la futura recuperación de las peregrinaciones exigirá algo más que volver a los itinerarios tradicionales: una disposición a conocer la realidad humana y eclesial que vive hoy Tierra Santa.

—Mirando al futuro, ¿qué le gustaría que cambiase en la relación de los católicos españoles con Tierra Santa gracias a este hermanamiento: su modo de rezar, de peregrinar o de sentirse responsables de la vida de los cristianos que la habitan?

—Creo que, después del 7 de octubre de 2023, nuestra relación con Tierra Santa ha cambiado inevitablemente. Han cambiado profundamente las relaciones entre las personas que la habitan y creo que debe cambiar también nuestro modo de mirar esta tierra, de rezar por ella e incluso de realizar la peregrinación.

Cuando los peregrinos vuelvan en gran número —y esperamos que pueda ocurrir pronto—, no podrán limitarse a retomar la peregrinación como si no hubiera sucedido nada. Tendrán que venir también a escuchar: a escuchar el dolor de las personas, sus miedos, las heridas dejadas por la guerra, pero también su deseo de seguir viviendo juntos y de construir un futuro distinto.

La peregrinación cristiana, por lo demás, no es turismo religioso. Significa entrar en el misterio de Cristo. Y hoy venir a Tierra Santa significa inevitablemente confrontarse con el misterio del dolor, del mal, de la injusticia, de la violencia y de la muerte. Pero precisamente aquí el cristiano posee una clave de lectura extraordinaria: la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.

El Santo Sepulcro reúne todo esto. En el mismo lugar custodiamos el Calvario y la tumba vacía. No podemos borrar el Viernes Santo para llegar más deprisa a la Pascua; pero también sabemos que el Viernes Santo no es el final de la historia.

Me gustaría, por tanto, que este hermanamiento ayudase a los católicos españoles a sentir Tierra Santa no simplemente como la tierra de lugares que visitar, sino como una realidad eclesial de la que son corresponsables. Rezar por Tierra Santa, volver allí como peregrinos y sostener a las comunidades cristianas que la habitan son tres dimensiones de una misma comunión.

Y quizá la peregrinación del futuro deba ser precisamente esto: no solo ir a ver los lugares de Jesús, sino dejarse encontrar por Cristo en la historia concreta de los hombres y mujeres que continúan viviendo hoy en su tierra.-

/ReL