Lecturas recomendadas

Persona y amor

Rafael María de Balbin:

Ahí tenemos la raíz de la moral: “El origen de toda moralidad está en comprenderse como «alguien delante de Dios», y a partir de ahí ajustar sus actos según el amoroso querer de Dios, tal como viene expresado por el ser de todo lo que es y el dinamismo de toda naturaleza real, que señala su propio fin como «ley natural». Moralidad metafísica y personal, que está en las antípodas del abstracto moralismo juridicista y también de la caótica e irracional «moral de situación» (que son la versión moral del racionalismo esencialista y del empirismo existencialista, respectivamente, ignorantes uno y otro de la metafísica del acto de ser)” (P.65).

La grandeza del ser personal se manifiesta en el amor: “La persona debe actuar según su ser. Si su ser personal viene dado por ese acto de ser, amorosamente puesto en relación personal a Dios, su obrar libre tiene que consistir, para ser bueno, en un acto de amorosa relación personal con Dios, en un acto de amistad, que es la esencia de la oración: «un tratar de amistad con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa). El acto de la persona humana es verdaderamente un acto personal cuando es radicalmente un acto de Amor a Dios, al Amor que desde toda la eternidad y hacia la eternidad lo requiere. Cuando ese acto se haga total, explícito y definitivo, eterno, el hombre habrá alcanzado su fin. La persona estará cumplida, en Dios, como «alguien delante de Dios y para siempre»” (P.66).

Esto nos permite una síntesis universal, que culmina en personas amantes: “La reducción al fundamento de todo el universo es una reductio ad amorem: todo se reduce a amor, a amor puro, infinitamente amoroso y liberal. Pero el término de una creación por amor sólo puede ser la participación de ese amor: poner en el ser seres amorosos, amantes, capaces de amar, seres libres. De ahí que lo querido por Dios en la creación, directamente y por sí, sean sólo las personas (angélicas y humanas) . Todo el resto del universo —con todas sus galaxias y con todas las adiciones cuantitativas o extensivas que aún se puedan descubrir— no es más que el hábitat del hombre, el «jardín de delicias» del Génesis.

Y no se diga que es excesivo ese jardín, porque precisamente es propio del amor el derroche, la generosidad. La totalidad del cosmos material se mueve según finalidades prefijadas e inclinaciones unívocamente determinadas por Dios mismo en la naturaleza de las cosas, no estando Él mismo movido o inclinado o dirigido por nada. De ahí que cuanto una naturaleza es más semejante a Dios, tanto menos está inclinada por otro, y más está hecha para moverse a sí misma. Así la naturaleza intelectual, aparte de las inclinaciones que tiene en común con las otras naturalezas, «tiene potestad sobre su propia inclinación, de manera que no le sea necesario ser inclinada por lo apetecible aprehendido, sino que pueda ser inclinada o no, y así su misma inclinación no le es determinada por otro, sino por sí misma» ”(P-69).

El amor, si es verdadero y completo, implica correspondencia entre amante y amado. “Dios obra por amor, pone el amor, y quiere sólo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad (habría, pues, que revisar la tesis tradicional del fin de la creación, precisar mejor el tema de la «gloria de Dios»). Y de ese amor de amistad sólo la libertad es capaz. Así, al Deus caritas est del Evangelista San Juan , hay que añadir: el hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa. Pero sólo se es amor si se quiere, si se quiere en libertad. De ahí que el hombre, por su operación, sea causa sui, que es la definición aristotélica de la libertad, aunque allí no bien precisada aún” (P.69).

El amor implica libertad, autodecisión. “«La voluntad es dueña de su acto, y en ella misma está el querer y el no querer. Lo que no ocurriría si no tuviese la potestad de moverse a sí misma a querer» . Y es en esta voluntad libre donde se da la perfecta razón de causalidad, porque es ella la que pone el fin de todo acto, y el fin es causa causarum , causa de la causalidad de todas las causas. Se hace imprescindible investigar la naturaleza profunda de la actividad voluntaria, «bajo el aspecto —entrevisto por el pensamiento antiguo (estoicos…) y afirmado por la Escritura— de que el hombre ha sido hecho a imagen de Dios, y esta imagen se da sobre todo en la voluntad que es por excelencia causa sui en nominativo, o sea, actividad originaria y originante» .

Así lo afirma Santo Tomás, siguiendo al Damasceno: el hombre, como imagen de Dios, es principio de sus obras, como libre, gozando de arbitrio y potestad sobre sus obras . Puesto el ser, creada la persona, la libertad se presenta en él como «inicio» absoluto, como originalidad radical, como creatividad participada. En consecuencia, el hombre se hace, se pone a sí mismo como hombre, cuando en uso de su libertad ama a Dios sobre todas las cosas, cuando ama a Dios como Dios, cuando ama el Amor libre que le hace ser como amor, cuando libremente ama a Aquel que libremente le hace libre, capaz de amar, cuando intencionalmente se identifica con su fin porque quiere, y es así lo que está hecho para ser” (P.70).

En un sugestivo pasaje de su Diario , Kierkegaard sostiene que la existencia de seres libres, de los hombres, postula necesariamente la existencia de Dios (sería una vía para esa prueba, seguramente reductible a la IV de Santo Tomás). Sólo la Omnipotencia puede producir seres libres. Cuanto más perfecta es una causa, tanto más autónomos son sus efectos, más les participa su propia perfección, también causal: así los padres que de tal modo educan a sus hijos, que les hacen capaces de valerse por sí mismos; así el maestro que no sólo hace discípulos, sino maestros.

Todo defecto de causalidad genera dependencia (en toda relación afectiva y educativa esto habría de tenerse muy en cuenta). Por eso sólo la Omnipotencia puede crear, de la nada poner seres que son en sí mismos y de alguna manera por sí mismos, y no como algo del Ser que los causa. Sólo la Omnipotencia puede crear seres libres, independientes en su hacer, causa sui. El filósofo danés lo razona también mostrando que sólo la Omnipotencia puede dar sin perder, sin necesidad de recuperarse luego con la propiedad de lo dado; por tanto realmente dando, regalando.

La teología católica ha sostenido siempre que la creación no origina en Dios ninguna relación real a la criatura: en Dios es excedencia trascendente, no determinación ni previa ni consecuente. Se entiende así también la afirmación del Fundador del Opus Dei de que el apostolado es sobreabundancia de «vida para adentro» , y el verdadero apostolado —toda acción de dar— no puede ser otra cosa: ni depender ni generar dependencia.

Así, sólo Dios puede libremente crear seres libres. Y sólo en la medida en que se participa de la perfección divina se puede dar libertad. P. 70.-