Opinión

Para una agenda nacional

Los venezolanos tenemos mucho qué hacer. No es menor ni pequeña la tarea que como pueblo tenemos por delante

Ramón Guillermo Aveledo:

Los venezolanos tenemos mucho qué hacer. No es menor ni pequeña la tarea que como pueblo tenemos por delante. En esa perspectiva, el bienio electoral que empieza con la elección presidencial de 2024 tiene papel clave pero en ningún caso único, sino más bien propiciador de procesos que son complejos y complementarios, en los planos de la institucionalidad pública, sus relaciones con la institucionalidad social, así como de políticas públicas cuya estabilidad, esencial para que den resultados, requiere participación de muchos y muy diversos actores, porque las decisiones oficiales no pueden seguir ajenas al conocimiento, la experiencia y los estudios venezolanos, ni pretender una autarquía “endógena” de ecos franquistas, ignorante de los hallazgos y debates que tienen lugar en el planeta.

Lejano como soy de todo populismo, digo “como pueblo”, pudiendo decir como sociedad, por decir todos. Opto por la voz del himno “Gloria al bravo pueblo”, de pueblo como sujeto civil y político que es concepto básico de la democracia, subrayado en reciente artículo por Monseñor Pérez Morales, titular de la soberanía según nuestra Constitución y otras, como la norteamericana, cuyo Preámbulo se inicia con “Nosotros, el pueblo…” El pueblo que como ciudadanía, es convocado a las jornadas electorales, pero que cada día ha de ser el protagonista de su historia.

Si la economía creciera 4% como dice la CEPAL, medio punto más como estima el FMI e incluso ocho, como anticipa el gobierno, hay que tener presente que lo hace desde niveles muy magros, pues su tamaño es bastante más pequeño que en 2013. La capacidad nacional de producir bienes y servicios requiere crecer a otro ritmo, pues hemos caído muy bajo. Para que haya nuevas oportunidades de trabajo, para un impulso de crecimiento serio, como el que hace falta, hay que atender con urgencia la situación de servicios como agua y electricidad, pues con una economía en cierto movimiento, en su defectuosa situación actual colapsarían, como ya se nota en algunas regiones donde ha habido alguna inversión considerable en nuestro cuadro presente.

Dominar la inflación que sigue siendo muy alta. Hoy nos supera Argentina en la región pero nuestra inflación es trece veces la colombiana que es la tercera, y la de nuestros vecinos es una economía que salvo en la pandemia, tiene dos décadas creciendo. Nuestro caso es el inverso en la última década y media. Inflación e inestabilidad monetaria restringen radicalmente el crédito. Las indeseables sanciones no generaron esta situación, pero es obvio que la acentúan y complican sus posibilidades de solución.

Esa economía menguada ha mantenido a una elevada proporción de los venezolanos en niveles de pobreza o los ha empujado a la emigración. Mala alimentación y mala salud, con servicios sanitarios muy debilitados, son datos protuberantes de nuestro entorno.

En ese cuadro y de cara al futuro, preocupa especialmente la educación. El debilitamiento multicausal de la profesión docente y la pérdida de estímulo para ir a la escuela en los niños y jóvenes que además deben ayudar a sostener la casa, el deterioro de la infraestructura educativa con servicios irregulares. La situación de la universidad pública que mantiene abiertas sus puertas con heroísmo, con recursos que son una exigua proporción de sus gastos mínimos de funcionamiento. La igualdad de oportunidades y la cohesión social venezolanas quedan en entredicho, con ellos el progreso de la sociedad, inseparablemente unido al conocimiento.

La tarea es, como se ve, ingente.

Por imperfecta que sea y muy probablemente será, una elección presidencial que produzca a diferencia de las anteriores, un resultado aceptable nacional e internacionalmente, legitimaría la puerta de entrada a una normalización de la vida venezolana que haga creíbles, aquí y afuera nuestras posibilidades de recuperación y fortaleciera la objetivamente debilitada confianza en el país. Las señales que da el cronograma anunciado no son auspiciosas, pero tampoco creo que si hay dirección política acertada, éstas sean irreversibles o produzcan per se daño irreparable.

Por encima de maniobras, empujones y deliberadas tentaciones para meternos en la calle ciega que ha habido y habrá, creo firmemente que por ningún motivo, deberíamos perder la oportunidad de empezar la que nos da 2024.-

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