Iglesia Venezolana

Pueblo Profético

El cristiano, la Iglesia, están llamados a ser profetas en el mundo, reveladores del plan de comunión de Dios. Y el CPV subraya que el anuncio es en verdad profético cuando es situado, en tiempo y lugar concretos. Circunstanciado. No es simple locución en el aire

Mons Ovidio Pérez Morales: 

Este artículo inicia una nueva serie sobre el Concilio Plenario de Venezuela en el vigésimo aniversario de su solemne clausura y la promulgación de sus documentos, que tuvo lugar el 7 de octubre de 2006. En el transcurso del presente año se hará un recorrido por sus resultados, desarrollando algunos puntos de particular importancia y actualidad.

Esta ocasión es buena para recordar que acontecimientos como el CPV producen una cantera de reflexiones y decisiones, que conservan su utilidad más allá del tiempo de su realización, requiriendo, obviamente las obvias actualizaciones que los cambios van exigiendo en el peregrinar de la Iglesia.

Comenzamos esta nueva serie con una afirmación que el primer documento conciliar contiene en su Introducción: “La Iglesia recibe de Jesús, Verbo de Dios encarnado, su condición profética, sacerdotal y real. Tanto su misma identidad como su misión constitutiva exigen a la Iglesia encarnarse en la realidad para comunicar la Palabra de Dios, haciéndose así profeta de Dios. Porque ser profeta es hablar en nombre Dios” PPEV).

Una tríada que encontramos tanto en la Sagrada Escritura como en la Teología y la Pastoral es la de profecía-sacerdocio-realeza. Se aplica por excelencia a Jesucristo el Señor y de modo derivado, participativo, a su Pueblo, con especificaciones correspondientes también a los varios sectores eclesiales. La profecía caracteriza a la primera de las dimensiones de la pastoral pero en una u otra forma concierne a las otras tareas de la evangelización.

El profetizar incluye predicción del futuro, pero no se identifica con ella. La comunicación de la buena nueva incluye una variada gama de elementos e implica una multiplicidad de expresiones. Es una comunicación multiforme. Aún el silencio puede en un momento determinado ser sumamente expresivo; y un gesto encerrar más significación que una palabra. El hablar de y en nombre de Dios ha de entenderse, pues, en una variada gama de formas.

Cristo, Verbo Encarnado, exige al Pueblo de Dios, que es su Cuerpo, profetizar en el mundo, en la historia. Verbalizar su mensaje, testimoniar su verdad. La evangelización, la comunicación de la Buena Nueva, es y ha de ser multiforme. El martirio, el servicio caritativo, la catequesis formal son profecías concretas. Y hay que estar atentos a no caer en la logomaquia. San Pablo lo advierte en 1 Cor 13, 1: palabras como puro sonido, sin substancia. Se dice que una vez salió Francisco a predicar por un pueblo y lo hizo sin decir una palabra. No pocas veces hablamos mucho, sin decir algo.

El cristiano, la Iglesia, están llamados a ser profetas en el mundo, reveladores del plan de comunión de Dios. Y el CPV subraya que el anuncio es en verdad profético cuando es situado, en tiempo y lugar concretos. Circunstanciado. No es simple locución en el aire.  –

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