Lecturas recomendadas

Difícil, pero necesario

Lo peor que nos puede pasar a los venezolanos es que nos dejemos dominar por el resentimiento y el deseo de venganza de los atropellos sufridos en las dos últimas décadas. Si prevalecieran, sería peor el remedio que la enfermedad. Por eso los obispos nos exhortan a combatir el mal reinante con el bien

P. Luis Ugalde, sj:

Venezuela está en la difícil encrucijada donde millones tienen que decidir entre el exilio doloroso en búsqueda de oportunidades o de logros en nuestra propia tierra, superando la pobreza actual. Venimos de tres décadas de ofertas y propuestas de cambio frustradas, a un país perplejo ante su pobreza generalizada y futuro incierto. En el último cuarto de siglo hemos pasado de la “revolución” prometida a la depresión hundida, con una brutal caída del ingreso per cápita y miles de jóvenes que ponen su esperanza de futuro más fuera del país que dentro. Duro invierno que se alarga, y una primavera de emprendimientos variados que no llega.

No podemos estar mucho tiempo en esta quieta perplejidad. Los venezolanos necesitamos sentir el renacer del hervidero de iniciativas y de inversiones, focos de atracción de trabajo y de capital…Estamos en el final de una frustrada “revolución” cuyas consignas altisonantes resultan vacías para quienes sobreviven en medio de la pobreza.

A comienzos de febrero, medio centenar de obispos venezolanos realizó en la Conferencia Episcopal, su encuentro nacional para luego compartir con nosotros sus reflexiones, orientaciones cristianas y esperanzas encabezadas significativamente con la promesa del profeta Isaías “despertará tu luz como la aurora” (Is.58,8).

Pero esta esperanza no ignora la dura realidad del país y el sufrimiento de millones: “La vida de los venezolanos ha estado caracterizada en los últimos años por el empobrecimiento generalizado”, que se caracteriza por “la falta de oportunidades de trabajos justamente remunerados», corrupción generalizada e impune”, “las violaciones de derechos humanos y ciudadanos…”. Esto ha traído, entre otras cosas, “el deterioro alarmante en la calidad de vida de todos (n.4).

El problema está claro, pues la gran mayoría lo vivimos en carne propia. Lo difícil es revertir este derrumbe y emprender decididamente el nuevo camino.

“La Iglesia en Venezuela, a través de las parroquias, centros educativos y de salud, Cáritas y otros servicios pastorales, renueva hoy su compromiso con la promoción del bien común, sobre todo de los más pobres y necesitados… (n.6).

Animados en este compromiso por “el ejemplo de san José Gregorio Hernández y santa Carmen Rendiles, al igual que las beatas María de San José y Candelaria de San José que, en su época trabajaron incansablemente por el bien colectivo de una Venezuela sumida en la violencia, empobrecida, azotada por las enfermedades, llena de

injusticias y de libertades conculcadas” (n.7).

Lo peor que nos puede pasar a los venezolanos es que nos dejemos dominar por el resentimiento y el deseo de venganza de los atropellos sufridos en las dos últimas décadas. Si prevalecieran, sería peor el remedio que la enfermedad. Por eso los obispos nos exhortan a combatir el mal reinante con el bien: “Esto exige de todos los venezolanos procesos de reencuentro, reconocimiento mutuo, perdón y reconciliación, purificación de la memoria, en la verdad y en la justicia, con la firme voluntad de respetar la dignidad de las personas y el continuo ejercicio de la fraternidad” (n. 9). Todo un reto necesario para el renacer venezolano. Ello exige de cada uno de nosotros superar la rabia, el deseo de venganza, y “promover espacios de diálogo que conduzcan a un gran acuerdo nacional sobre el futuro que queremos construir” (n.18).

 

Este renacer profundo exige de cada uno de nosotros oración y conversión, para cambiar y reconocer y afirmar al hermano, como nos enseñó Jesús de Nazareth. Nos necesitamos unos a otros “para juntos encontrar el progreso de nuestra patria por caminos de libertad, justicia y paz” (n.22).-

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